Autor: Urbano, Pilar. 
   Hablaron los acusados     
 
 ABC.    25/05/1982.  Página: 38. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

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MARTES 25-5-82

NACIONAL

Hilo directo

Hablaron los acusados

Se puede ser héroe veinticuatro horas. Al aliento de una irrefrenable

convicción, el heroísmo de un día es tan brillante como fácil: la fortaleza de

acometer.

Pero hay otra prueba, más difícil y más heroica, para la fortaleza de un hombre:

es la prueba del desgaste, la fortaleza de resistir.

El aguante. Cuando el teniente coronel Tejero Molina quiso «salvarnos» a punta

de pistola ya la fuerza... jugó al heroísmo fugaz de una jornada. Sin embargo,

le ha faltado después esa «fortaleza de aguante» para estar sentado, callado,

día tras día, durante las 47 sesiones de la vista.

Como sus compañeros de infortunio. Desdeñó la Sala de Justicia. Se ausentó

obstinadamente.

Los nervios le traicionaron. Ayer, en un acto solemne, trascendido de emociones

castrenses, penosas, duras, aureoladas por el sentido del honor que allí,

respetuosamente expresaban los militares acusados, Tejero estalló con

estridencia, con gritos, con injurias... Fue la descarga eléctrica de una

sesión, colofón, que iba a ser, que será, badina de Historia

Al ponerse en pie cada general, cada jefe, cada oficial, que tenían «algo que

decir» ante el Consejo Supremo de Justicia Militar, era perceptible el nudo de

la voz, quebrada en ese oscuro callejón que sube del corazón a la garganta, de

la garganta a los labios... o al lacrimal. Muchos de ellos, brillantes

historiales al servicio de España, sabían que jamás volverían a vestir el

uniforme militar. Otros, al pronunciar sus alegatos finales, pedían justicia con

voz recia y declinaban la clemencia.

No se levantó Tejero a «asumir de pleno su responsabilidad», ni a solicitar del

Tribunal «la exculpación de los capitanes y tenientes», a quienes capciosamente

arrastró en su «gesta heroica».

No: Se levantó a injuriar al Ejército: a «gran parte de tos mandos militares,

¡mi más profundo desprecio, por su cobardía, por su traición, por su

antipatriotismo...!»

El presidente Gómez de Salazar le conminó, con energía: «Teniente coronel Tejero

¡retírese inmediatamente de la sala!» Una veintena de familiares e invitados

prorrumpieron en aplausos y aclamaciones entusiastas hacia Tejero: «¡Bravo!,

¡Sí, señor!, ¡Valiente!...», y corroboraron sus palabras con «vivas a España» y

gritos de «¡traidores!, (traidores!». Por orden presidencial, la Policía

Militar, constituida en «judicial» y «guarda de sala», procedió a la expulsión

de los «alborotadores».

Incidente ingrato y desgañitado, que privó a Tejero de emitir una última estampa

pública de serenidad, de temple..., de «fortaleza» para encarar «lo hecho, a

pecho».

Diez de los treinta y tres acusados rehusaron el derecho a la palabra final. Los

demás, adelantándose junto a la mesa de la Relataría, leyeron sus alegatos.

Miláns del Bosch, después de declarar su «apasionado amor a España» y su

creencia de que actuaba respaldado por el Rey, «por la confidencia que me

hiciera una persona de su máxima confianza», dijo aludiendo al general Armada,

describió la situación de España en 1981, como él la veía: «Sumida en la

bancarrota..., en situación límite..., que lo era antes del 23-F y lo sigue

siendo hoy, más grave que en el año treinta y seis.» «Muchos militares

pensábamos, en mil novecientos ochenta y uno, que podíamos propiciar un golpe de

timón...

Esta es la verdad de esta Causa. Lo demás son detalles...» Sí, ésa es «la verdad

de esta Causa», y ese es también el acuciante enigma indesvelado: «Muchos

militares pensábamos...» Entre tantos miles y miles de palabras, ¡cuántos

cientos de detalles, de actuaciones, de lugares, de reuniones y de nombres,

sobre todo de nombres... silenciados! «Quiero afrontar —dijo al fin— mi

responsabilidad en los hechos... Y para quienes han jugado con dos barajas y no

han querido hacerse responsables de sus cargas, ¡vaya mi mayor desprecio!...

En idénticas circunstancias, yo volvería a actuar de la misma manera.»

El general Armada decepcionó fas expectativas con que -se aguardaba su

alocución: «No puedo aportar nada.

No quiero hacer alegato alguno en defensa propia. Nada tengo que aclarar y nada

tengo que ocultar.

Pero no puedo hacerme cargo de responsabilidades que no me corresponden...» Era

una respuesta frontal a Miláns y a los demás acusados-acusadores.

También el general Torres Rojas declaró su creencia de que cumplía órdenes del

Rey. «Pido a Dios ilumine al Tribunal en la deliberación de la Justicia, y que

este sacrificio, tan enorme para todos nosotros y nuestras familias, sea el

último que haya que hacer por la unidad indisoluble de España, la prosperidad y

la paz de todos los españoles.»

Camilo Menéndez, capitán de navio, manifestó que «en todo este tiempo la Marina

"oficial" me ha tratado muy duramente..., pero la Marina "real" me ha expresado

mucho cariño. Prefiero acordarme sólo;de lo bueno».

Era uno más de los indicios, peligrosos y preocupantes, de que en los limpios

trigales de la milicia ha habido furtivos sembradores de cizaña, de la más

perniciosa cizaña que pueda haber en los Ejércitos: la quiebra de su unidad.

Sobre ese daño que apunta, habrá que aplicar, y con urgencia, la cura.

Nos va en ello mucho a todos.

«Fui al Congreso sin que nadie me engañara y sin engañar a nadie —siguió

diciendo el capitán de navio—. Y no me arrepiento de nada.»

El coronel San Martín, jefe, el 23-F, del Estado Mayor de la DAC Brúñete,

declararía: «Sé que Dios ya me ha perdonado, porque tengo la conciencia

tranquila.»

Y después reveló que «ya el seis de noviembre del ochenta, el general jefe de la

División, Juste, envió un escrito al capitán general de Madrid en el que se

decía que "los mandos de la unidad, ante la escalada terrorista, entienden que

ha llegado la hora de que el Ejército intervenga"».

Y desveló también cierto contenido de una audiencia suya ante el Rey: «Le

transmití el estado de ánimo de los cuadros de la DAC: el Ejército está

irritado.» Y una «confidencia» que le hiciera un ayudante de campo de Su

Majestad: «Que no me preocupase, que no desesperase, que pronto se resolvería la

situación.» «Es totalmemte falso que quisiéramos involucrar al Rey...», seguía

diciendo, pero era inevitable recordar que este jefe de Estado Mayor en la

madrugada del 24-F, cuando fue requerido, en confianza, para llevar un mensaje,

una orden de retirada, a Pardo Zancada, de parte del Rey, se permitió la

libertad de alterar sustancialmente el contenido del texto. Antes de decir que

no le consolaría un indulto, ni medidas de gracia, dejó sentado que «por una

confidencia supe que más gente estaba enterada e implicada... más de los que

aquí comparecemos... ¡Allá ellos y su conciencia!». Una verdad qué «sin

confidencias» sabíamos todos.

El coronel Ibáñez Inglés, de la III Región Militar, dijo que si citó al Rey en

sus declaraciones fue porque «así lo aseguró Miláns del Bosch, que nunca miente,

y así también me lo adveraron Armada y otros que vinieron a buscarme y

aconsejarme».

Y dirigiéndose al Tribunal: «Tenéis en vuestras manos el don de mi libertad,

pero reservadme el derecho a mi honor.

Lo que nunca podréis borrar, porque nunca cicatrizará, es la herida que este

proceso ha abierto en. mi

alma. Como escribió Unamuno: "Más vale el. error en. que se cree... que la

realidad en que no se cree.

Porque no es el error, sino la mentira, to que mata el alma".» Y terminó con un

«¡Viva por siempre España!»: las-mismas palabras con que finalizaba el «bando»

de Miláns.

Si el coronel Manchado, de la Guardia Civil, decía ayer que «después de toda una

vida de servicio militar me encuentro con las manos vacías», el capitán Bobis,

también de la Benemérita, evocando «el postrer juicio ante Dios», afirmó:

«Miraré entonces mis manos y las encontraré llenas: llenas de amor a España».

Mas Oliver, ayudante de campo de Miláns del Bosch el 23-F, señaló que él no fue

engañado por su capitán general: «Más bien pudo ocurrir que mi capitán general

fuera engañado.» Y recurrió también a la «confidencia» de un general de la III

Región —de quien silenció el nombre— que había sido recibido por el Rey y «nos

trajo a Valencia la noticia regia de que ´lodo se arreglaría...". Pero este

general fue propuesto como testigo y rechazado por el Tribunal.» Tanto este

teniente coronel como el comandante Pardo Zancada enfatizaron la voz al

declarar:

«No me arrepiento de nada de lo que hice.» Pardo alanceó, aunque «sin guardarles

rencor», a «los que con su conducta cambiante han hecho posible que estemos

sentados en el banquillo». Hubo un registro de especiar emoción en este

comandante, carne de líder, cuando, como si hablara consigo mismo, «consciente

de que éstas pueden ser mis últimas palabras vistiendo el uniforme del

Ejército...», se preguntó: «¿Qué podré decir a varios de mis hijos que quieren

seguir la carrera de las Armas?».

Asumió «toda la responsabilidad de las órdenes dadas a mis capitanes... de

quienes me siento orgulloso.»

Cortina, comandante del CESID, negaría toda "participación, antes y durante los

hechos que se han juzgado, y afirmaría que tampoco el CESID (Centro Superior de

Información de la Defensa) tuvo conocimiento ni participación en ello. «Y a mí

nadie me mandó, ni yo lo jugué, el papel de la provocación, la manipulación, el

control o el engaño en los sucesos del 23-F. ¡Lo rechazo categóricamente!»

El capitán Abad, de la Guardia Civil, pidió cargar con la responsabilidad suya y

de sus tenientes: «Ellos cumplieron mis órdenes»... El teniente Ramos Rueda,

aunque sus compañeros declinaban el uso del alegato, pidió hablar:

«El 23-F hice lo que en mis veintiséis años de vida en la Guardia Civil: se me

ordenó un servicio y, en posición de saludo, dije: "A sus órdenes, mi capitán.

¿Cuándo y dónde?" Todo estaba clarísimo.

Mis dudas7 empezaron el día 24... Tenía ocho folios para leer hoy aquí, pero mi

capitán me ha dicho que «¡callado estoy más guapo!»

Fue una sesión final solemnizada por una oratoria sobria, seria, sin floreos,

respetuosa y digna, reciamente castrense.

No eran cantos de cisne ni súplicas de clemencia. ¿Cómo iban a serlo? Y el

general Armada perdió la ocasión magnífica de decir estas seis esperadas

palabras: «Interpreté mal al Rey. Me equivoqué».—Pilar URBANO.

 

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