Autor: Rodríguez, Pedro. 
 Jornada de reflexión. 
 Sillas de tijera     
 
 ABC.    06/06/1982.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

20/ABC

OPINIÓN

Jornada de reflexión

Pedro RODRÍGUEZ

Sillas de tijera

El sapo

El helicóptero, jueves, mediodía, cruzó Madrid como un enorme pelícano, con las

sentencias en el buche. Voló sobre Moncloa, sobre la pasarela de! Bernabéu —bajo

(a que se plantaban tos 24 árboles del Mundial—, sobre «Antonio Maura», y enfiló

la prisión de Alcalá de Henares. Había atasco en la carretera de Barajas, y en

su coche atrapado, un ministro rastreaba, corno un cazador, inútilmente, el dial

de la radio. Sabía que Leopoldo Calvo-Sotelo había dejado de ser presidente de

UCD el domingo en Zaragoza.

El «poder militar», representado por Caruana, había sentado al poder civil en

sillas de tijera, de vieja verbena de tos años cuarenta. No era ni siquiera el

banquillo de los acusados: las hermosas sillas de terciopelo rojo con flecos que

se pusieron en Campamento para Miláns del Bosch y Tejero.

Ni siquiera las flexibles sillas anatómicas de acero canadiense de (a OTAN. Ni

los mullidos «pullman» del hemiciclo que ios tenientes del «anorak» habían

mandado cambiar por .el suelo a las seis y media de ¡a larde.

Los dos presidentes de Las Cámaras interrogaron con ia mirada al jefe de las

Fuerzas Armadas, Calvo-Sotelo. Algunos ministros formaron pina. Era mucho sapo:

desde aquellas frágiles sillas de cantina era bien fácil derribar a un Gobierno.

Sólo un partido humillado en las urnas podía recoger aquel reto. «Veremos qué

sillas le pondrán a los socialistas», dijo alguien, y el presidente del Gobierno

alzó los bajos de sus pantalones y se sentó imperturbable. Un ministro hizo el

chiste macabro, «¡si sienten», y el «poder civil» se sometió, un siglo más, a

ías circunstancias sobre la débil seguridad de aquellas tablas. Se supo entonces

quién había escrito tos textos que se leían por los altavoces, y, bueno, allí

empezó a romperse para siempre UCD. El que fue a Sevilla perdió la silla.

El helicóptero

Aterrizó, llovía, sacaron el «attaché» cargado de «considerandos» y dicen que

alguno de tos condenados maldijo como en una película barata del «farwest». El

23 de febrero de 1981. el día más largo de este medio siglo, terminaba el 3 de

junio: cuatro cientos sesenta y cinco días; ciento veintitrés años de condenas

viajando a bordo del helicóptero. «El gran golpe» no fue diseñado soto para

quedarse con i Moncloa, sino para cargarse la democracia y la Corona si la

Corona no aceptaba convertirse en prisionera del golpe. ¿Y qué pasó, qué llevó

el helicóptero del 3 de junio hasta Alcalá de Henares...? La-noticia de que el

Estado sobrevivía a «el golpe».

Que la democracia sobrevivía a un juicio donde cada cerilla que se prendía para

encender un cigarrillo parecía que iba a hacer saltar al país. Que el incito no

aceptaba, al fin, el «pro^so a la Corona» ni el «proceso a -,- democracia», y

que, encima, .s en la cárcel para más de un cuarto siglo a los dos mayores mitos

profesionales de la posguerra: Miláns del Bosch y Tejero.

Y que después de lodo eso, de la llegada del helicóptero con el mensaje, el país

se iba a ver a Rummenigge, a Arconada y a Maradona.

El sueño de una noche de 23 de febrero.

Diez minutos después de la llegada del helicóptero muchos políticos se lanzaron

sobre las sentencias con la misma inmadurez -con que un sector del Ejército

quiso manipular et juicio. Se lanzaron quienes er» el combalache del consenso

permitieron este engendro de legislación actual para delitos militares que ni es

civil ni es militar.

Los que pactaron esa monstruosidad de «tos codefensores». Algunos que tienen

guardados datos e información del 23 de febrero y permiten que «el elefante

blanco» se esté paseando por la calle.

Los que no olieron ni por el forro hace tres años que eso de la «obediencia

debida» era una aberración legal que no hacía si no empollar el huevo de

serpiente del golpismo español.

Quienes permitieron, por inhibición, que se llegase al gran cerco y a la gran

calumnia al Rey.

Fue la legislación del consenso la que obligó al Ejército a juzgarse a sí mismo.

A partir de ahí no se podía decirle: «Harán ustedes una farsa», y cuando Alfonso

Guerra pase revista, como ministro, a las Fuerzas Armadas es posible que le

pongan también sillas de tijera, aunque hará bien en no tolerarlo.

Ef 23 de febrero murió este 3 de junio, y hubiera sido fascinante, después de

tanta indignidad en los golpistas, un poco de grandeza en algunos políticos, que

a fas cinco de la tarde del jueves perseguían a los intolerables tenientes del

23-F como si fueran sus ni/evos rehenes.

No es permisible que un hombre que entra metralleta en mano a secuestrar

diputados esté ahora en la calle y en el Ejército, pero esa es «la obediencia

debida», una de las enormes lagunas de una legislación de cambalache a la que

debe retirar la grúa, mientras el señor ministro de Defensa hace endecasílabos

sin el coraje histórico de presentar su dimisión. Bueno, da igual.

Yo escribo siempre sobre ef 23-F con un tarjetón ante mí de Tejero Molina en el

que me dice: «Confío en que dentro de muy poco tenga usted que presentarme

personalmente sus disculpas.» Ya, no. Ya el golpismo se ha puesto caro para los

cabeza de serie. La democracia ha podido morir a lo largo de estos cuatrocientos

sesenta y cinco días y éste 3 de junio pudo convertirse en un golpe de Estado

jurídico. Ya, no; ya, no; ya, no.

Ya el helicóptero ha vuelto a Madrid y tos «presuntos» han dejado de ser

presuntos, y el domingo muchos españoles cogerán el video del 23-F y grabarán

encima el futuro: el primer gol de Juanito ante Honduras.

El nuevo orden

Hace, yo qué sé, dos años era impensable que una Junta electoral decidiese, en

principio, a favor del socialismo. Estamos asistiendo al fenómeno político más

hondo de los últimos veinticinco años: la institucionalización de Felipe

González. Hace cinco años como oposición alternativa.

Desde hace semanas como poder. Felipe está recibiendo tratamiento de presidente

de Gobierno.

Lo es virtualmente. Le puede pasar lo que al Barcelona: que llevaba ocho puntos

de ventaja y al final perdió la Liga, pero los poderes fácticos «huelen Felipe».

Está siendo investido día y noche, y parece como si sólo faltara el enojoso

trámite de las urnas. González y sus técnicos han hecho una operación

inteligentísima en Andalucía: han arrebatado el «copyright» de ía moderación y

han dejado al centro y a los empresarios como los jabalíes. No tiene fecha libre

para cenar Felipe, y entre él y la Moncloa sólo hay una valla: Fraga. «El «ring»

está montado» para esa pelea electoral. Lo de! medio ya no cuenta. Lo difícil es

que Fraga llegue a tiempo.

Ha perdido años intentando hacer eí centrismo, la apertura; luego se dejó

presentar como el pim-pampum de la transición y fue ef dique que contuvo la

riada de la extrema derecha que hubiera invadido todo.

Se dejó arrebatar todos sus inventos y ahora va a ser institucionalizado como la

oposición al socialismo del 63 al 87.

Ese es el «nuevo orden». Lo demás es tierra de nadie, franjas, margen,

«appartheid». Calvo-Sotelo ha entrado en trance. Remanece, dice un amigo, «como

una estatua de la isla de Pascua». Es verdad: parece el dio Rapanui, impasible,

hierático, viendo los barcos llegar. Es el mismo «otoño del patriarca» de Adolfo

Suárez, la misma agonfa, el mismo y larguísimo «22 de febrero». Es la maldición

egipcia de tos habitantes de la Moncloa: bajan las persianas, se sienten islas,

rompen los relojes y sólo confían en el tiempo. Aceptan todas las sillas de

tijera, y como dice un ministro: «¿A dónde vamos a huir políticamente? ¿A dónde

quieres que vaya Rodolfo, por ejemplo? No tenemos más remedio que esperar aquí,

a que nos cazen

Guerra y sus muchachos como conejos.» Así están los señores ministros,

acorralados, tirando dentelladas como lobos solitarios, esperando la hora fina!,

le han dicho de todo a su presidente: «Aquí no hay líder.» Hasta Rosón ofreció,

creo, su dimisión. Nada: la estatua de la isla de Pascua permanece muda, e,

inevitablemente, un golpe civil para desalojarle del poder de UCD —no de la

Moncloa, ojo— se prepara por momentos.

En realidad al Estado le preocupa más que el desembarco de! socialismo el que el

Poder viaje en un barco roto, lleno de agujeros y desmoralizado, como UCD.

Eso fue peligroso el 22 de enero y eso es peligroso ahora: el partido que

administra la responsabilidad del Estado no vale a junio del 82, en la bolsa

electoral, más de 30 escaños.

A Leopoldo Calvo-Sotelo no le pide nadie en junio del 82 lo que nadie pidió a

Suárez en enero del 81, que dimitiesen, sino todo lo contrario: que engrasaran

los ejes de la carreta. El miércoles, Madrid fue pasto del rumor.

En unas horas, al mediodía, los golpistas se hicieron con los teléfonos: «Se va

a formar un Gobierno presidido por Alvaro Lacalle.» «Los aviadores se negaron a

desfilar en Zaragoza.» Y así. Lo terrible es que muchos políticos se lo creían.

El pánico entraba en los despachos: los líderes habían sido llamados a la

Zarzuela, Carrillo estaba en el extranjero, el sueño de la derecha. Y, sobre

lodo, eso: un Gobierno cuya ilusión en la vida era llegar, como mucho, al 20 por

100, se sentaba en unas sillas de tijera. Y sin presentar recurso.

El video

Tras los visillos de «Maura» el suarismo lleva diez días aguardando. El 24 de

mayo el partido tendría que haberle ido a buscar y sacarle, como los huertanos

desolados, a la Virgen de !a Fuencisla. Como a Napoleón a Santa Elena. Nadie

fue. Los barones, casi con lágrimas en los ojos, descartaron su nombre.

La cúpula bancaria también, en cuanto a grupo político. Ya decía Pío hace

tiempo: «Sabes que has perdido cuando dejan de sonar tus teléfonos.» Suárez, que

jamás aceptaría una silla de tijera dejó de ser presidente en enero del 81 y

dejó de ser presidenciable en junio deí 82. Sus pretorianos lo han intentado

todo: un admirable artículo en «El País», una intoxicación a jóvenes periodistas

sobre «un-ultimátum-de-diez días-a-ia-Moncloa» y dos minutos de video en el

«Telediario*: allí estaba, atrapado en un círculo blanco, en su escaño, con

aquel enorme coraje del 23-F. Parecía que el largo dedo de televisión decía:

«Ecce Homo». Suárez no será «el hombre del 83». Tampoco.

UCD hubiera necesitado un patriarca, un arbitro, un Moisés. Pero no se puede

arbitrar y jugar al tiempo. Revolotea el helicóptero que ha sustituido «al

motorista», y te das cuenta que un año en democracia son como diez del viejo

régimen: apenas un video rebobinado, zzzzziuuu, a mil por hora.

 

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