Autor: Miralles Álvarez, Jaime. 
   Los militares y el juicio     
 
 Diario 16.    19/05/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

mayo 82/Diario 16

EL EXPERTO

Jaime Miralles

El abogado y periodista Miralles señala en este artículo que conviene ir

haciendo una valoración global del juicio del 23-F y dice que el terrorismo es

tan terrorismo cuando asesina a guardias como cuando aterroriza a la población

paseando tanques por la calle. Dice, también, que los militares tienen derecho a

que no se les confunda con los golpistas y, por fin,, que la sentencia, que será

justa, castigará toda la inmensa gravedad que atentó contra el pueblo en el

Estado

Los militares y el juicio

Es natural que España entera esté siguiendo con extraordinaria atención las

sesiones del juicio oral del 23-F, pues los españoles sabemos perfectamente la

inmensa importancia que tiene su proyección en nuestras Fuerzas Armadas.

Estamos llegando al final. En el turno que aún les queda a tos defensores para

ampliar sus informes, o cuando, por última vez, inmediatamente antes de declarar

visto el juicio para sentencia, se les déla palabra a los procesados que quieran

añadir algo, es posible que se produzca algún espectáculo como los que ya se han

dado a lo largo de las sesiones hasta ahora celebradas.

Pero, esas cosas que aún faltan, difícilmente podrán modificar la valoración

global, que conviene ir haciendo, de este juicio por tantos motivos peregrino.

Nadie se engañe pensando que este proceso singular pueda producir en los

Ejércitos e! efecto de un reactivo del golpismo.

Precisamente, lo que está sucediendo en el almacén de papel del Servicio

Geográfico de Campamento, habilitado en sala de justicia, será un estímulo

vigoroso y eficaz de la disciplina militar y de la lealtad1 castrense que es

debida a la Constitución y a las instituciones democráticas, de las que es clave

y símbolo la Corona.

El nivel cultural de los Ejércitos garantiza en los militares el sentido crítico

necesario para interpretar cada una de las sesiones de este juicio oral, y para

atribuir con acierto un signo positivo o negativo, según los casos, a cada una

de las conductas que allí han tenido lugar.

Más energía

Los criterios con que ha venido dirigiendo las sesiones el Consejo Supremo de

Justicia Militar, no sé que a nadie le hayan parecido especialmente acertados en

el modo de mantener la autoridad del propio tribunal y el respeto que le es

debido.

En opinión general, habría sido incluso más conforme a Derecho un ejercicio más

firme y más enérgico de las facultades presidenciales, sobre todo, respecto a

los plantes y desplantes de los procesados, asumidos en ocasiones por algunos

defensores civiles y militares.

Pero, esa cierta dosis de laxitud o de benevolencia en la conducta presidencial,

ha servico para dejar clarísimo que la actuación de los golpistas, incluso ante

el tribunal que los está juzgando, pugna esencialmente con el más elemental

concepto de la disciplina, virtud militar que no puede faltar en la voluntad de

ningún soldado, y cuya préctica soportan los golpistas, mientras no pueden

quebrarla.

Y no parece necesaria muy extensa argumentación, para mostrar hasta qué punto

lleva grabada en su espíritu la disciplina cualquier oficial formado en nuestras

Academias Militares.

También ha quedado patente que los golpistas han mentido, hasta el extremo

inconcebible de decir que el Rey estaba implicado en su conspiración: primero,

para estimular con esa falacia a los conjurados, y, después, para tratar de

disculpar su delito, con la mentida implicación de Don Juan Carlos, que es el

jefe supremo de todos los Ejércitos, porque así lo dispone la Constitución.

Terrorismo

Por cuanto hemos visto en las sesiones del juicio oral, y por su reflejo en la

opinión pública, es indudable que, para los españoles, el terrorismo es tan

terrorismo cuando asesina a guardias, a militares o a civiles, como cuando

secuestra en el Congreso al Gobierno y a los diputados, o aterroriza a la

población paseando los tanques por la calle.

Y, el empleo del terror como instrumento de la acción política, sobre el Estado

o sobre la sociedad, no se aviene con el uniforme militar.

El 23-F España entera vio cómo algunos tuvieron el «valor» de intentar «meter a

la nación en cintura» y «reconducir» el proceso de su democratización, empleando

para ello la suasoria dialéctica de los subfusiles y de los tanques sobre

colectividades desarmadas. Y ha visto también que esos mismos hombres, una vez

situados ante el tribunal que va a juzgarlos, han tratado de eludir-sus

responsabilidades, negando hasta la evidencia de lo que todos vimos.

Todas estas verdades, es preciso decirlas ante el país en román paladino, sin

rodeos, tal como son, para que todos las vean, para que nadie las ignore o no

repare su atención en ellas. Es necesario decirlas, porque los militares tienen

derecho a que no se les confunda con los golpistas, y a que, así, España tenga

en los Ejércitos la confianza que de otro modo no podría tener. Es preciso salir

al paso de esas campañas que presentan a las Fuerzas Armadas como reducto de

golpistas agazapados ante las instituciones democráticas/a la espera de

cualquier ocasión que ellos juzguen propicia para derrocarlas. La realidad de

los Ejércitos, afortunadamente, es muy otra.

Con el fracasado golpe de Estado del 23-F, el golpismo militar jugó su última

baza de fuerza. Los militares adversarios de la democracia están todos en el

almacén de papel del Servicio Geográfico de Campamento: unos, en situación de

procesados; otros, aireando lo que ya decían en los artículos que publicaban en

la prensa antes del golpe. Pero, ésos, ya no tienen nada que hacer; salvo dar

rienda suelta a su nostalgia del poder perdido. En realidad, sus soflamas son un

lujo de la libertad de expresión.

Leales

El Ejército no dice nada en las sesiones del juicio ora! del 23-F. Los

militares, precisamente porque no son golpistas, porque son disciplinados,

porque son leales a la Constitución y a las. instituciones democráticas; porque

tienen muy claro el sentido del honor, permanecen cumpliendo su deber

calladamente.

A estas alturas, después de lo que se ha ido diciendo en e! juicio de

Campamento, no hay un solo militar que no se sienta obligado a ser leal a las

instituciones democráticas, por el honor de su uniforme, que se identifica con

el suyo propio. Después de todo lo que ha venido sucediendo en este juicio oral,

si algún día en eí futuro pretendieran unos nuevos golpistas volver a las

andadas, no encontrarían ni un solo militar que se dejara engañar con el señuelo

de otro «elefante».

Los militares tienen derecho a que el pueblo español, los civiles, los políticos

y los gobernantes, sintamos todos la plenitud de toda la confianza que merecen;

y a que comprendamos que su modo de cumplir con su deber es el silencio

conscíente, leal y disciplinado. Dejémosles permanecer silentes y en paz.

Esa es su obligación. Correlativamente, el deber de todos los ciudadanos

civiles, de los políticos y de los militares, es tener muy claro en toda

relación con los militares o con los Ejércitos que una de las mayores afrentas

es suponer en ellos cualquier tibieza, por mínima que sea, en su ferviente

entrega al cumplimiento de todas esas virtudes de disciplina y de lealtad que

brillan en los uniformes más que todas las condecoraciones.

Los Ejércitos sólo hablarán al final de este proceso, en la sentencia que ha de

dictar el Consejo Supremo de Justicia Militar. Esa sentencia, porque será justa,

castigará en justicia toda la inmensa gravedad que atentó contra el pueblo en el

Estado y que afrentó a España ante el mundo.

Los que conocemos las Fuerzas Armadas sabemos que va a ser así. Porque

Clemenceau, a pesar de todo su talento, se equivocó al decir que «la justicia

militar es a la justicia lo que la música militar es a la música».

«España vio cómo algunos tuvieron el "valor" de intentar meter en cintura a la

nación y ha visto también que esos mismos hombres han negado ante el tribunal

todo lo que vimos»

 

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