Autor: Galán y Gutiérrez, Eustaquio. 
   La sentencia     
 
 El Alcázar.    22/06/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 44. 

EL ALCÁZAR / 22 junio 1982

opinión

LA SENTENCIA

O Fue por todos criticada. Todo zurriburri ha dicho cuanto se le antojó respecto

a ella. «Sentencia inaceptable», decía Diario 16 en su primera edición del

viernes día 4. «Felipe, contra la sentencia», añadía en «última edición» de ese

día. «No aplastante a la sentencia», aseguraba Diario 16en su edición del sábado

día 5. Y hasta Suárez puso en ridículo su inteligencia y su falta de preparación

jurídica con aquella tesis de que: «La sentencia no protege de manera suficiente

los derechos del pueblo español.»

Tengo un estremecedor repertorio de juicios de esta clase, incluidos los de

«personalidades».

Era todo cerril, incivil, primitivo, servil, vengativo. Y, en definitiva,

medroso e interesado.

A mí me gustaría también comentar la Sentencia. Y hacerlo a la luz de la

cuestión del nihilismo.

Porque la guerra de las Malvinas y la Sentencia son, en el momento actual, los

principales dos acontecimientos henchidos de destino para el porvenir del mundo

occidental, incluido el polvorín Israel- Líbano.

Repetidas veces dije, desde estas columnas, que yo no inventé la cuestión del

nihilismo, y que es una de las más importantes del pensamiento actual.

O De nihilismo habló intencionalmente, por primera vez, hace más de quince

siglos. San Agustín, para designar a quienes, en definitiva, negaban la

Cristiandad.

Siglos después se habló de nihilismo en sentidos diferentes. En el siglo XVIII y

en el XIX se habló de nihilismo en el plano especulativo puro de las cuestiones

gnoseológicas. Y en nuestra actual centuria se habló también de nihilismo por

algunos autores, ora en el plano de la sociología, después de la II Guerra

Mundial, para designar la situación desalentadora de la sociedad occidental, ora

en el plano de la psicología profunda para designar a un tipo de personalidad

mórbida, al negador y aniquilador de los valores normalmente aceptados.

O Pero las lucubraciones más importantes en torno al nihilismo proceden de

pensadores tan ingentes, como Nietzsche y Heidegger, que aparecen ante este

asunto corno el anverso y el reverso de la medalla.

Nietzsche, cual un pájaro extraño del pensamiento, que divisa lejanos

horizontes, anuncia, apocalíptico, que el nihilismo adviene. Y se complace en

ello, porque, aun cuando era hijo de un pastor protestante, sentía la más

radical aversión al Cristianismo, y el nihilismo que él anunciaba significaba —

así lo explicó— la descristianización de Occidente, singularmente la de Europa.

Esta profecía la formuló Nietzsche muy tempranamente. Como es sabido, Nietzsche

no escribió ni una línea desde 1889, atacado por una extraña enfermedad mental

incurable, que tan sagazmente estudió el psiquiatra alemán E. F. Podach entre

los varios autores que destacaron en el examen de la patología de Nietsche.

Murió a los 56 años.

Heidegger, en cambio, nos previene de que el nihilismo amenaza a Occidente, y de

que lo empuja hacia el ocaso, hacia la muerte. El pensamiento de Heidegger sobre

el nihilismo se formaliza después de 1950, y poco a poco se convierte en un

cuerpo imponente de doctrina, una de las más importantes contribuciones de este

pensador, aun cuando nadie le mete el diente.

O Se ha dicho que Nietzsche fue el padre del nacionalsocialismo de Hitler. Es

una opinión sostenida, sobre motivos aparentes, por ciertos antifascistas

oficiales. Es empero, una opinión insostenible, en definitiva.

Pero en aquellos en quienes —según personalmente me ha sucedido— el pensamiento

de Nietzsche causó gran impresión en nuestra juventud al conocerlo directa,

amplia y profundamente, nos produjo al final inmenso dolor el advertir que uno

de los temas que en el estudio de Nietzsche no nos habría llamado la atención en

esa época, a saber, su doctrina —que entonces creímos puramente literaria—

acerca del nihilismo, formulada en la primera mitad del último cuarto de siglo

de la pasada centuria, tuvo después una chabacana y prosaica versión

materialista en el pensamiento marxistaleninista.

Esto parece sorprendente. Pero es exacto. Nietzsche profetizó el nihilismo.

El marxismo-leninismo actuó, como uno de sus vulgarizadores y ejecutores, no el

único.

A mí mismo, q´ue he estudiado detenidamente la cuestión, me produce sorpresa

afirmar que las consignas del nihilismo, formuladas por Nietzsche en aforismos

heroicos, las puso en fórmulas de pensamiento plebeyo el marxismo-leninismo.

Pero es verdad. Puedo dedicar un artículo especial a ese tema.

O Luego, Heidegger, en su réplica a Nietzsche transplantó la cuestión del

nihilismo en el plano de la alta metafísica. A mí esta cuestión, la del

nihilismo, me llamó hace años la atención desde el punto de vista de la

filosofía política y de la filosofía de la historia.

Fui estimulado a ella por atisbos que hallé en la lectura atenta del pensador

ruso Nicolai Alexandrovich Berdiaev (1874-1948), originariamente marxista, amigo

y admirador, siendo aún joven, de Lenin, y que horrorizado luego por la figura

de éste, exiliado primero en Alemania, luego en Francia, donde murió consagrado

como un gran pensador, se dedicó años y años a analizar el comunismo soviético y

el alma del pueblo ruso.

Desde el punto de vista de la filosofía de la historia y de la filosofía

política, nihilismo es la fuerza histórica —o el conjunto de fuerzas históricas—

que se proponen la aniquilación de Occidente: borrar a Occidente de la memoria

de la humanidad como si nunca hubiese existido, no dejar rastro ni de su

existencia, ni de su cultura.

Con lo cual el problema del nihilismo sólo queda enunciado, ni siquiera

planteado. Es un fenómeno único en el marco general de la historia universal.

O Después de Nietzsche, fue —según digo— uno de los más grandes pensadores de

toda (a historia especulativa de Occidente, radicalmente denostado por los

escritores soviéticos de filosofía como símbolo del pensamiento burgués y

reaccionario (¡?), a saber, Martin Heidegger (muerto en 1976) quien se ocupó del

tema del nihilismo.

La doctrina de Heidegger en torno a esta cuestión del nihilismo nació, en

definitiva, de su crítica al pensamiento de Nietzsche.

Heidegger dedicó a Nietzsche dos imponentes volúmenes, titulados a secas

Nietzsche: más de mil páginas en total, en la apretada edición de 1961,

realizada por Neske. Y, después, Heidegger desglosó de esa obra, por así decir,

la parte especialmente referente al nihilismo, para formar un precioso volumen,

de unas trescientas páginas, editado por el propio Neske, con el título de Der

Europaische Nihilismus

(El nihilismo europeo), 1967.

O Heidegger plantea el problema del nihilismo en el plano de la

«archifilosofía», esto es, en el de la metafísica. El mismo la ha considerado

así.

En uno de sus más preciosos trabajos sobre metafísica (Der Ruckgang in den grund

der Metaphysik, o sea, «Retorno al fundamento de la Metafísica», 1949) nos dice

Heidegger, comentando unas palabras famosas de Descartes, que si la filosofía es

como un árbol cuyas raíces son la metafísica, entonces él, como metafísico, de

lo que se ocupa, más que de las raíces, es del subsuelo a cuyas expensas viven y

se desarrollan esas raíces.

Es un pasaje precioso que termina con este pensamiento: «El árbol de la

filosofía, con todas sus ramas, debe su pujanza al terreno de raíces de la

Metafísica» («Der Baum der Philosophie entrwächst demWurzelboden der

Metaphysik». El trabajo citado, que poseo en su edición original, viene recogido

en el tomo IX, de Gesamtausgabe, de Martin «Heidegger, y la cita hecha, en

página 366).

O Heidegger es así, desconcertante-mente profundo. Pienso que su filosofía tiene

—más veces de las que se puede pensar— importantes consecuencias sociales,

políticas e históricas.

Pero Heidegger trunca bruscamente su pensamiento antes de desembocar en ellas.

Considero que tenía mucha razón el genial pensador vienes Othmar Spann (1878-

1950) cuando decía que no hay verdadera filosofía social autónoma, por la

sencilla razón de que toda filosofía social depende de una filosofía primera, ni

hay tampoco filosofía pura auténtica, por elevada que sea, que no se proyecte,

debidamente proseguida en sus ideas, hasta convenirse en filosofía social.

Y esto le pasa a Heidegger. Plantea todos sus problemas en el campo de la

metafísica. Y se detiene siempre ahí.

Incluso su famosa filosofía de la existencia, que quien peor la entendió, según

Heidegger, fue Paul Sartre, está en relación inmediata con la cuestión radical

de la metafísica.

Pero Heidegger nunca saca´las consecuencias históricas, políticas y sociales de

sus planteamientos metaf ísicos.

Y esto ocurre con el problema del nihilismo, que a mí me interesa, sobre todo,

en el plano de la filosofía política y de la filosofía de la historia, aun

cuando reconozco su raigambre metafísica.

O Para Heidegger, el nihilismo, como amenaza a Occidente, tiene su origen en un

desvío o extravío ya inveterado de la metafísica. Y Heidegger se pregunta si ese

extravío, de que adolece la metafísica occidental, no será lo que desde lejos

determina fatalmente la historia mundial moderna.

Son unas líneas. Pero muy elocuentes.

Heidegger entiende —como digo— que el nihilismo arranca de un extravío que se ha

inveterado en el desarrollo de la metafísica occidental. Para ser terminante en

la exposición del pensamientode Heidegger, diré que, según él, tal extravío

consiste en que los filósofos, en vez de llegar a pensar abierta y directamente

sobre el ser puramente y sin más, se han perdido en la meditación sobre los

entes, y en que, además, según las épocas y las diferentes direcciones

especulativas, han pretendido suplantar el ser radical, con alguna manifestación

particular de los entes, ya se trate de las ideas platónicas, ya del «concepto

medieval de Dios», ya del «ego cogito» de Descartes, ya de la «conciencia

cognoscente», de Kant, ya de la «idea» del idealismo alemán, ya de la

«existencia» del existencialismo, etcétera, etcétera.

Una serie de enunciados que yo puedo proseguir así: ya de la «materia» del

materialismo, ya de «las relaciones de producción» del marxismo. Y entonces

desembocamos en el punto álgido de la cuestión.

Y esa frustración en el planteamiento de la cuestión fundamental de la

metafísica es lo que empuja a Occidente hacia el nihilismo, esto es, hacia su

aniquilación..., a menos que semejante extravío se rectifique y se subsane.

¡Pero cualquiera les explica esto a los de la OTAN, a Haig o a la señora

Thatcher, de la cual ya dijo monseñor Casaroli, secretario de Estado Vaticano,

tras una entrevista con ella, que «compadecía a su marido»!

Cuando en el curso 1977-78 mis alumnos me pidieron, antes de las vacaciones de

Navidad, que, después de las mismas, dedicásemos unas semanas al estudio de la

Constitución, que entonces se estaba elaborando, accedí a ello con sumo gusto.

Ydedicamos al tema todo lo que quedaba del curso.

Les puse de manifiesto, esto es, de forma evidente y tangible—pues manifiesto es

lo que, de tan patente como resulta, se puede tocar con las manos— que la

Constitución de 1977-78 era la Constitución del nihilismo.

Y la guerra de las Malvinas es otro brote de nihilismo, una guerra en la que,

como, en otra ocasión, dijera Rubén Darío, «al son de los cañones y los

clarines... fraternizan las Judas con los Caínes». (En su «Oda a Colón».)

O Me gustaría ahora hablar de lleno de la Sentencia y de la apabullante

colección de comentarios que en torno a la misma he coleccionado. Sobre todo, me

gustaría hacerlo, ahora que tengo el texto íntegro, primorosamente editado en un

opúsculo titulado «Un juicio para el futuro. Documento histórico.

Texto íntegro de la sentencia del 23-F», que se distribuye en los kioskos de

prensa.

Pero no debo hacerlo, al menos por ahora, en virtud de consideraciones de

cortesía, ya que un redactor jefe y colaborador de EL ALCÁZAR, bien conocido por

nuestros lectores, don Miguel Ángel García Brera, en un artículo publicado el 5

de junio bajo el título de .« Una sentencia más», nos an uncia con estas

inequívocas palabras que va a hacerlo: «Comentaré la sentencia, pero me tomo

tiempo.

La improvisación en este asunto de tanta

importancia me convertiría en un charlatán.»

Ni siquiera voy a comentar los comentarios a la Sentencia. A lo que, empero, no

puedo sacrificarme ya, es a no transcribir algunos de los pasajes de uno de los

comentarios más elocuentes que he recogido. Aparece en el ABC de Madrid del

domingo 6 de junio, página 20. Su autor, Pedro Rodríguez.

Y dice así, en algunos de sus mejores párrafos: «El helicóptero, jueves

mediodía, cruzó Madrid como un enorme pelícano con las sentencias en el buche.

Voló sobre Moncloa, sobre la pasarela del Bernabéu... sobre «Antonio Maura»,

enfiló la prisión de Alcalá de Henares.»

«Aterrizó, llovía, sacaron el "attaché", cargado de considerandos. Y dicen que

alguno de los condenados maldijo como en una película barata del farwest. "El 23

de febrero de 1981, el día más largo de este medio siglo, terminaba el 3 de

junio.»

¿Y qué paso, qué llevó el helicóptero del 3 de junio hasta Alcalá de Henares? La

noticia de que el Estado sobrevivía a "el golpe". Que la democracia sobrevivía a

un juicio donde cada cerilla que se prendía para encender un cigarrillo parecía

que iba a hacer saltar el país.» (sicl.

»Que el Ejército no aceptaba el proceso a la Corona (sic), ni el proceso a la

democracia, y que, encima metía —el Ejército— en la cárcel para más de un cuarto

de siglo a los dos mayores mitos profesionales de la postguerra, Milánsdel Bosch

y Tejero.»

Pedro Rodríguez remata así su alucinante crónica: «Ya el helicóptero ha vuelto a

Madrid, y los "presuntos" han dejado de ser "presuntos"... "Estamos asistiendo

al fenómeno político más hondo de los últimos veinticinco años: la

institucionalización de Felipe González.» «Hace cinco años, como oposición

alternativa. Desde hace semanas como poder. Felipe está recibiendo tratamiento

de presidente de Gobierno. Lo es virtualmente.»

»No tiene fecha libre para cenar, Felipe, y entre él y la Moncloa sólo hay una

valla (sic) Fraga.» «Lo difícil es que Fraga llegue a tiempo. Ha perdido años

intentando hacer el centrismo, la apertura. Luego se dejó presentar como el pim-

pam-pum de la transición, y fue el dique que contuvo la riada de la extrema

derecha que hubiera invadido todo... y ahora va a ser institucionalizado como la

oposición a´l socialismo del 83 al 87.» Hasta aquí la transcripción.

Esto es estremecedor. Se anuncia un «nuevo orden»: es uno de los subtítulos del

artículo de Pedro Rodríguez.- La consigna del «nuevo orden», viene, ahora, del

Este.

Quienes primero hablaron de un nuevo orden fueron los escritores políticos

«nazis».

Le llamaban «NeveOrdnung Europas», nuevo orden para Europa; era el que el Tercer

Reich quería extender a toda Europa.

Luego hablaron de «nuevo orden económico intercontinental», en 1974, los cursis

de la ONU, dándose cuenta de que no hay paz posible en el mundo sin bienestar de

los pueblos. Le llamaron «New International EconomiqueDeal».

Ahora hablan de nuevo orden desde el Kremlin. Designa esta expresión la llamada

«democracia popular», esto es, la «dictadura del proletariado», que es otro

nombre de la misma cosa.

El «Gauletier» para España, como se diría en terminología «nazi», el jefe

regional, es Felipe González.

Pero, ¿qué manipulación es esa que hizo que Fraga actuase como dique que contuvo

la riada de la derecha que hubiera invadido todo? ¡Oh, la «democracia secreta»,

respecto de la cual es sólo una apariencia externa la democracia de la

Constitución, lo mismo que el consenso de los restaurantes de cinco tenedores

era el noúmeno de lo que ocurría en el Parlamento! ¿Vamos a consentir todo esto?

 

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