Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El país ideal     
 
 ABC.    05/10/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 27. 

V.EL PAÍS IDEAL

UNO está obligado a definirse sobre cómo concibe el país ideal, incluso si su realismo le hace ver como

poco probable el que llegue algún día a realizarse. Hay que marcarse una meta, e incluso apuntar por

encima de ella, porque las trayectorias políticas como las balísticas tienden a bajar por el peso de la

gravedad social.

Allá voy. Lo hago consciente de la dificultad del propósito, a la vez de que este planteamiento, hecho por

una mente realista, propende siempre a desencantar a los extremistas, a los utópicos y a no pocos jóvenes.

Mi modelo no es, en primer lugar, Jauja. No creo que, en ningún tiempo y lugar, se puedan atar los perros

con longanizas. Se pueden mejorar las cosas, pero siempre a través del trabajo, del esfuerzo y del ahorro.

Se pueden aumentar los gastos sociales, pero subiendo los impuestos; se puede distribuir más a todos,

pero a costa de la inversión, es decir, a base de repartir menos mañana. Lo que no se puede es complacer

a todo el mundo a la vez.

El país ideal será siempre un país de hombres y de mujeres de carne y hueso; con virtudes y defectos, y

donde las cosas van siempre algo peor de lo que sería imaginable en teoría.

Mi modelo tampoco es Esparta. Y conste que hay algo de mi naturaleza que me hubiera permitido ser un

espartano: lo mismo en cuanto a la disciplina, que al laconismo en el hablar, que al vivir moderado en

cuanto a consumo. Reconozco que es un buen sistema para la guerra y para movilizar rápidamente una

sociedad atrasada; dicho esto, ni la vieja Esparta, ni la Rusia actual me atraen especialmente.

Aunque la prefiero a Esparta, tampoco Atenas es mi modelo. La cultura, la filosofía, las artes, me parecen

cosas importantes; pero, como ya observó Platón, el arte por el arte puede llegar a ser una cosa muy

peligrosa. La democracia es también una buena cosa, pero, llevada a las últimas consecuencias, puede

condenar a Sócrates, enviar al ostracismo a los ciudadanos de más categoría, y someter al sorteo los

mandos de general y de almirante.

Mi modelo es Roma, en un sentido muy amplio. Los romanos eran grandes realistas; eran ingenieros

excelentes, capaces de construir calzadas que aún se reconocen, y puentes por los que aún se circula; eran

buenos militares, con soluciones prácticas para toda clase de terrenos y de maniobras; tenían una

Constitución política mixta en la que aplicaban lo mejor de la Monarquía (un ejecutivo fuerte), de la

aristocracia (un Senado fuerte y sabio) y de la democracia (unos comicios que se fueron adaptando, como

los ingleses, a los cambios de la sociedad). Eran, sobre todo, grandes juristas; sabían que el Estado de

Derecho da mayor seguridad a todos. Por otra parte, las leyes no eran para ellos un dogal y en medio de

las situaciones de emergencia se las saltaban limpiamente, dispuestos a volver a la normalidad tan pronto

como fuera posible.

Para mí, en definitiva, el país ideal arranca del país histórico y del actual país real; pero con perspectiva

de futuro y de generosidad en los planteamientos. No es un país utópico, sino nuestro propio país visto

con ojos a la vez realistas y con ánimo decidido de mejora.

Tengo la sensación de que, preocupados por los múltiples problemas de cada día, y de la planificación

económica a corto placo, no hemos meditado suficientemente sobre lo que queremos que el país sea,

como resultado de todos los impactos que recibe, y de los esfuerzos que hagamos para encauzar su

resultante, digamos que hacia el año 2000.

No soy un ingenuo de la futurología o de la prospectiva, pero es indudable que es conveniente, y a´un

necesario, tener delante un modelo, guión o escenario de las tendencias generales del cambio previsible, a

reserva de irlo adaptando y modificando de vez en cuando. No siempre, en verdad, los efectos de una

acción social son los previstos. El presidente Sarmiento hizo importar gorriones a la República Argentina

habian observado los efectos benéficos de las aves insectívoras en la agricultura europea; pero en la

pampa los pájaros optaron por comerse el grano y dejar en paz a los insectos. Sin embargo, hay que

construir una especie de robot en el que ir controlando la marcha de los acontecimientos.

Una cosa va a cambiar poco: la geografía. Cierto es que el clima, factor esencial, tiene alteraciones

posibles que a la vista están; cierto también que la técnica moderna nivela las montañas y cambia el cauce

de los ríos. Pero subsiste el hecho de que nuestro solar patrio seguirá siendo la rugosa piel de toro, con sus

pedregales, sus alturas, sus desiertos, sus contrastes de clima; al lado, por supuesto, de su específica

situación en el límite de Europa y África y del Atlántico y el Mediterráneo.

La población se mantiene aún dinámica, con tendencia a estabilizarse. Yo no creo que rebasemos en

mucho los 40 millones de habitantes en la península y las islas, ni que dejemos de tener para entonces un

millón de españoles repartidos por Europa y América. La proporción entre jóvenes, maduros y veteranos,

propenderá a un mayor equilibrio, también con menor dinamismo vital y más tendencia a las soluciones

prudentes.

En cuanto a la estructura económica, parece razonable pensar que la población agraria descienda a un 18

por 100 y ahí más o menos se estabilice. Será necesario organizaría sobre la base de empresas agrarias

bien concebidas, de tamaño medio (familiares) y grande (que pueden ser de diversos tipos de empresa o

cooperativas); muchas de ellas del tipo granja, con un buen sistema de financiación y comercialización y

unos sistemas sucesorios que impidan la fragmentación de las explotaciones. Les precios básicos de todos

los prod u c t o s importantes deben tener precios de garantía, en horquilla y en las áreas autorizadas;

llegando (como en Inglaterra) a la ayuda por explotación más que por absoluta igualdad entre todas las

zonas. Deberá ser objetivo primordial la cobertura de todas las necesidades básicas de la alimentación

nacional, sin perjuicio de un bien controlado sector de comercio exterior.

El sector industrial debería abarcar algo más del 50 por 100 de la población activa, con una proporción

mucho mayor de trabajadores especializados y de mujeres. El resto (un 40 %) estaría en un sector

amplificado de servicios de todas clases, con un gran crecimiento de los servicios sociales. Ello exigirá

una fuerte inversión en los próximos años, bien planificada, porque los puestos de trabajo no se crean

solos.

Los tres grandes sectores de la producción deben integrarse en una economía social de mercado. Hay que

desengañarse: a pesar de todas las críticas, ningún modelo económico-social de los conocidos ha

producido mayor bienestar ni mayor libertad para buscar cada uno su propia felicidad. Los países del Este

no tienen un alto nivel de vida y claramente renuncian a una esfera importante de libertad. Pero la palabra

«social» es tan importante como la de «mercado»: las inversiones sociales (escuelas, hospitales,

guarderías, centros deportivos, ciudades de vacaciones, etc.) deben tener un carácter primario, lo cual no

podrá hacerse sin una política fiscal seria, transparente y enérgica. En mi opinión debe realizarse

eludiendo los impuestos que complican la vida y los que desaniman a las empresas y a la inversión en

general; mientras que deben reforzarse los que afectan directamente a las rentas de disfrute y a las

transmisiones (sobre todo las sucesorias).

La educación, abierta a todos, debe ser selectiva; no con un criterio de eliminación, sino de orientar a cada

uno dónde están sus verdaderas capacidades y sus verdaderas posibilidades de autorrealización y de

servicio. Es inútil multiplicar los planes de producción de titulados más allá de los puestos previsibles de

ejercicio efectivo; manteniendo siempre, por supuesto, un nivel competitivo en cada profesión. Y

mientras no se creen nuevos centros de preparación es imposible estirar los existentes. Si una Facultad de

Medicina no puede educar bien más que a 1.000 estudiantes deben entrar los candidatos por concurso de

méritos o expedientes y los demás buscar otras escuelas que les convenga.

Una vez terminado el período de estudios de cada uno, la vida real del ciudadano se divide en tres órdenes

de actividades: el puesto de trabajo, la vida familiar y el ocio. Una sociedad bien ordenada debe ocuparse

de los tres. En el puesto de trabajo debe proveer unas condiciones de trabajo humanas (pero exigiendo

dedicación y productividad), ascensos razonables y medios colectivos de defensa (sindicatos). En la vida

familiar es indudable que el ciudadano tiene derecho a esperar una vivienda digna, enclavada en un lugar

urbanizado, con suficientes servicios sociales para él y sus hijos y medios de transporte colectivo.

En cuanto al ocio, dentro de la máxima libertad para su planeamiento personal, hay que reconocer que

hace falta una infraestructura social de aldeas de vacaciones, de extensión cultural y de facilidades de

transporte que ofrezcan una oportunidad real a las familias.

Todo ello debe ser posible con una razonable defensa contra los cambios cada vez más rápidos de

tecnología (readaptación, educación permanente) y de movilidad de unas zonas o sectores a otros; es

decir, sin rigidez ni creación de nuevas «servidumbres de la gleba».

Porque las cosas sociales sólo valen en un clima de libertad. Libertad es la posibilidad de actuar sin

sometimiento a poderes (económicos, sociales, políticos) excesivos, abusivos y arbitrarios; no es libertad

total, anarquista, que sólo sería posible en la selva y luchando todos contra todos. Libertad es vivir dentro

de la ley; de una ley aceptada porque, de algún modo, se interviene en su preparación y en sus

modificaciones. Ello implica un sistema representativo de gobierno, lo cual, en las sociedades actuales,

supone instancias democráticas a las que representantes y gobernantes se sometan de vez en cuando.

Democracia es intervención del pueblo en el gobierno; no es la negación del gobierno. Hay leyes en las

que intervienen los representantes del pueblo; los gobernantes son elegidos por éste, pero una vez

investidos reciben poderes de verdad. Lo contrario no es democracia, sino anarquía o demagogia.

Tampoco la libertad es hacer cada uno lo que quiere, sin respetar la libertad y derechos de los demás. El

orden democrático es un orden; un orden que no se construye autocríticamente, pero que, supuesta la

participación popular, garantiza la paz y la ley. Cuando la paz, la ley y la seguridad no se logran por vía

democrática, los pueblos se vuelven, por instinto, a las vías autoritarias. Primo de Rivera y Franco fueron

comprendidos, aceptados e incluso amados por muchas gentes que estaban hartas de intranquilidad.

Por eso la mayor parte de las Constituciones democráticas son Constituciones que, como la romana,

tenían elementos de origen monárquico (el Consulado) y elitista o aristocrático (el Senado) para

compensar las tendencias libertarias que a veces (sobre todo en los comienzos) la democracia puede

producir. En nuestro caso entiendo que la Monarquía puede cumplir este fin, apoyada en otras

instituciones que se basen en el mérito bien establecido.

La España de la que estoy hablando tendría una sólida articulación comarcal y regional. Los municipios

serían comarcales y en número no superior al millar; habría que agruparlos en provincias (las actuales,

ampliadas quizá en tres o cuatro más); la región sería la unidad superior de los servicios del Estado, y a la

vez sede autónoma de poderes normativos delegados, y de una fuerte administración regional. No soy

federalista, pero el Senado o Segunda Cámara debería tener una fuerte influencia regional.

Una sociedad políticamente libre es una sociedad pluralista; pero con un numero limitado y razonable de

opciones. Pienso en que, para entonces, de la actual sopa de tetras queden tres partidos, y no más;

tampoco deseo menos. Siempre habrá un espíritu de conservación, otro de novedades y otro que no sea ni

lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Los nombres son lo de menos.

Una nación de hoy, como las de ayer, ha de responder a claves morales de integración que entre nosotros

sólo pueden responder a la tradición cristiana. Pero la libertad religiosa y de cultos ha de ser plena,

garantizada por un Estado no confesional y que se entienda amistosamente con todos los grupos

espirituales que respeten su orden público. Con todos podría concertar determinados servicios sociales,

sin perjuicio de reconocer el hecho sociológico e histórico de una confesión dominante.

En la presente situación internacional es de suponer que cada vez será mayor el grado de integración y

cooperación entre los Estados. Normalmente, España seguirá este mismo camino en lo económico y en la

defensa, pero sin mengua de su independencia; es decir, unas condiciones básicas de autodefensa.

Mantendrá por lo mismo un mínimo de autosuficiencia militar y económica. Al servido de ambas deberá

regularse un servicio social general de todos los españoles de ambos sexos, real y verdaderamente tal; es

decir, con sacrificio y dentro del cual se logren a la vez fines de educación social, de integración de clases

sociales y de orígenes regionales, de ayuda a las clases o zonas menos favorecidas, de movilización

rápida y eficaz en casos de emergencia, de refuerzo rápido de las fuerzas normalmente encargadas de la

seguridad colectiva, etcétera. Dentro de este esquema global habría solución posible para los problemas

de conciencia.

Si el rendimiento económico lo permite (pero no más deprisa) esa sociedad dispondrá cada vez de mayor

tiempo libre y de mayores recursos para la acción social voluntaria; en múltiples iniciativas que no serían

sólo para proteger a perros y gatos (por los que tengo el mayor respeto, aunque algunos no lo crean). Me

parece que en ese punto se logra el más alto nivel de la civilización a través de las libertades básicas de

asociación y fundación.

Ninguna sociedad es perfecta y la vida de los hombres sobre la tierra es conflictiva. Mas pienso que una

sociedad que hubiera superado las carencias básicas, educada en el mutuo respeto y en la disciplina

social, con instituciones a la vez recias y flexibles, desarrollaría un espíritu sólido de convivencia y

resolvería sus conflictos por cauces legales más que por la vía del enfrentamiento.

Y, por supuesto, no sería el paraíso terrenal. La gente seguiría mimándose, a su debido tiempo, y

deseando entretanto más de lo que es posible conseguir o enamorándose varios a la vez de la misma

persona. Pero éstos no son problemas políticos, sino humanos. Y ya empecé por decir que iba a proponer

un modelo sensato; que otros traigan alguno mejor, y realizable.

Manuel FRAGA IRIBARNE Próximo artículo: «EL PAIS POSIBLE».

 

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