Aramburu     
 
 Diario 16.    01/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Aramburu

Un colega de la mañana pedía ayer la fulminante destitución del general Aramburu

como responsable de la Guardia Civil, poniendo así colofón a su justificada

queja por el hecho de que aún no hubieran sido procesados los números que

intervinieron en el asalto al Congreso.

Hace tiempo que venimos clamando por tal procesamiento y deseamos que la tardía

iniciativa del Gobierno surta ahora efecto pleno.

A la hora de asignar responsabilidades por la omisión, a*veces, parece, sin

embargo, que asistimos a una película de «buenos» y «malos» en la que los

papeles están caprichosamente asignados a priori.

Mientras no se demuestre lo contrario —y si algo se pactó en secreto, que se

tire de la manta—, el principal responsable de que esos guardias civiles sigan

campando a sus anchas es el juez-togado García Escudero, que, al parecer, ha

valorado más aquellos artículos del Código Militar que disculpan al inferior que

obedece órdenes que aquellos otros en los que se puntualiza que no se deberán

acatar dictados anticonstitucionales.

Hay que suponer que sí algún criterio ha pesado ahora en la solicitud de

procesamiento del Gobierno, ha sido precisamente el del teniente general

Aramburu, que ya impuso a los guardias la máxima sanción administrativa —dos

meses de arresto— a que está autorizado.

Es natural, además, que la actitud de Aramburu en este tema haya sido la

contraria de la que le atribuye nuestro colega, pues entre esos guardias civiles

figuran los que ostensiblemente le empujaron, amenazaron y encañonaron delante

de testigos múltiples.

Esta reflexión nos trae a la memoria el hecho de que Aramburu fue, junto a

Gutiérrez Mellado, el único militar que materialmente trató de oponerse al

«tejerazo», forcejeando para que los guardias sediciosos volvieran a sus

autobuses.

Ni antes ni después del 23-F su gestión puede considerarse completamente

afortunada, pues Aramburu quizá carezca de la portentosa habilidad y mano

izquierda que se precisarían para ejercer con brillantez un cargo situado en el

propio vértice de la tormenta.

Hay que reconocerle, sin embargo, raudales de buena voluntad y un estimable

nivel de compromiso con el sistema democrático.

Su propio patinazo sobre la suerte de los guardias que pudieran haber

participado en el asalto al Banco Central, es todo un síntoma de ambos

atributos. Bastaron, por otra parte, veinticuatro horas para que hace unos días

expulsara del Cuerpo al número que había matado a un joven en Guadalajara.

Es cierto que en otros episodios su contundencia no ha sido similar, y es que

Aramburu dista mucho de ser el mejor director general de la Guardia Civil

posible.

A nosotros también nos gustaría ver a un ingeniero electrónico o un catedrático

de Derecho Constitucional al frente del Instituto, pero hay que ser realistas,

medir las propias fuerzas y elegir bien al enemigo.

Atacar en estos momentos de forma despiadada al general Aramburu —un hombre

sometido a intensas presiones y críticas de la ultraderecha— es, de alguna

manera, tirar piedras contra el propio tejado democrático.

 

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