Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   El sueño de febrero     
 
 Diario 16.    20/02/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

GRITOS Y SUSURROS

El sueño de febrero

£S como un extraño sortilegio. ¿Qué podría, si no, proyectar mi propia imagen

sobre la espalda de Alfonso Armada, mientras, detrás de mí, se adivina un

nebuloso ajetreo de uniformes, como una presentida neblina de generales?

Todo en la mañana de ayer, lectores, fue como un sueño, como uno de esos

borgianos juegos de espejos en el que se mezclan las imágenes con los gestos

soñados y las facciones imaginadas que, de súbito, se vuelven dramáticamente

familiares.

El grueso cristal antibalas de un levísimo tono verdoso refleja los rostros de

los informadores sobre las espaldas de los 32 acusados que se agrupan en dos

filas de sillas, tapizadas con terciopelo rojo y orlas doradas.

Los mil metros de nave, con aspecto de hangar aeronáutico, que reciben la luz

amarillenta de la mañana a través -de las traslúcidas y rizadas láminas de

uralita que cubren dos segmentos de la techumbre, han sido minuciosa y

severamente acondicionadas para que todo esté en su sitio y haya un sitio para

cada cosa, tal como reza el viejo aforismo militar.

La gigantesca y belicosa águila de San Juan del escudo del Consejo

Supremo de Justicia Militar preside, imponente, el impresionante escenario,

sobre la cabeza del presidente del tribunal, el teniente general Luis Alvarez

Rodríguez. Y a su diestra, la bandera, erguida, con el nuevo escudo de España,

del que ha desaparecido el águila negra.

LAS moquetas de lana y los grandes acondicionadores de aire le dan al ´recinto

una temperatura agradable, en torno a los veinte grados, mientras fuera, en el

patio del acuartelamiento del Servicio Geográfico de! Ejército, el sol comienza

a producir un placentero cosquilleo en los parroquianos, militares y civiles,

que toman café en un improvisado bar rodante.

La organización es escrupulosamente castrense, y funciona casi a la perfección.

Solamente los comedores son insuficientes para acoger a la prensa y a las

familias de los encausados, que han de optar entre el bocadillo o cualquier

restaurante de ios alrededores.

Llegan dos mujeres en taxi -familiares de procesados, a todas luces-, y el breve

diálogo que entablan mientras caminan hacia la entrada del acuartelamiento nos

da una idea de hasta qué limites puede llegar la ofuscación y la desinformación,

el apasionamiento ciego y desviado o !a ignorancia más aterradora: «¿Has oído ¡o

que dijo ayer el tipo ése, Femando Onega, en Radio Moscú?» «Radio Moscú» es,

lectores, la Cadena SER, una empresa convicta y confesa de liberalismo

capitalista, donde las haya.

LAS 10,15. Se entra en la sala de audiencias.

Los acusados ya están en sus asientos, pero se giran con contenida curiosidad,

escrutando los rostros de los periodistas, sus vecinos en la próxima

retaguardia, apenas tres metros más atrás.

Hay gestos socarrones, perplejidad, leves sonrisas burlonas. Por un momento, la

pregunta surge en la mente: ¿De qué lado del cristal estoy? ¿Soy yo el

espectador o, por el contrario, estoy siendo observado?

Los acusados presentan un aspecto pulcro, bien afeitados, con el cuello

cuidadosa y recientemente recortado y los cabellos húmedos, como dispuestos a

pasar revista.

Saludan, sonrientes y con la mano en alto, a los familiares que se agrupan en

las últimas filas de la sala.

El teniente general Milans del Bosch, recién peinado y con los cabello húmedos,

con buen aspecto y la tez ligeramente bronceada, sonríe y saluda a algunos

informadores.

Otros, como el teniente Alvarez, han engordado ostensiblemente. Y en algunos

rostros los periodistas recuperamos, súbitamente, los gestos hoscos, los gritos

y los disparos de aquella tarde aciaga del 23 de febrero en el Palacio del

Congreso de los Diputados, en la madrileña carrera de San Jerónimo.

Y comienzan las voces monocordes de ios relatores, con el apuntamiento, los

folios de las declaraciones de Armada, de Milans del Bosch, de los careos.

Los acusados asienten o deniegan en función de las manifestaciones que salen de

la boca de los relatores.

Hay risas disimuladas en algunos cuando el relato se adentra en e! episodio en

el cual Tejero intenta, infructuosamente, derribar al teniente general Gutiérrez

Mellado con una zancadilla. Afuera se escucha, lejano, un cornetín, el mismo que

había sonado con la llegada del teniente general honorífico Juan J. Orozco,

codefensor de Tejero.

El general Orozco Hegó con la llameante pedrería de la Laureada de San Fernando

individual brillando en su guerrera. Y también sonó el cornetín para el teniente

"general De Santiago — recuerden, «Situación límite»—, ex vicepresidente del

Gobierno y codefensor del coronel Ibañez Inglés.

MIENTRAS la megafonía distribuye las voces de los relatores, no se oye ni un

parpadeo en la sala. Los procesados se saben observados por jueces, periodistas,

´familiares y compañeros, y cuidan los gestos. ´

De todas formas, y al parecer por medidas de seguridad, los 32 procesados -el

único civil. García Cañés, no asiste a la vista por enfermedad - son vigilados

por un circuito cerrado de televisión conectado con una de las estancias anexas

a la gran nave donde se encuentra la sala de audiencias.

No ha habido tensión en esta histórica jornada en la que no ha sido dicho nada

sobresaliente que no hubiera sido ya publicado. Del acoso al general Armada ya

se escribe en otro lugar de este periódico.

LA atmósfera ha sido mucho, mucho más sosegada de lo esperado, quizá como

consecuencia de ciertos factores próximos y lejanos.

E¡ constante drenaje de tensiones que han supuesto la aparición en la prensa de

las filtraciones del sumario ha eliminado sorpresas y sacudidas. Los recientes

relevos en la cúpula militar pueden ser otra razón poderosa. Y, muy

principalmente, la aplicación, por parte del fiscal, de los atenuantes

comprendidos en el artículo 294 del Código de Justicia Militar a todos los

procesados -salvo a Milans, Armada y Tejero - ha contribuido a conformar ese

ambiente de preocupada calma que se captaba en la primera jornada del histórico

proceso.

El artículo 294 señala, entre otras cosas, que los que «depongan las armas antes

de haber hecho uso de las mismas y se sometan a las autoridades legítimas,

quedarán exentos de las penas que les corresponderían como rebeldes...» Así dice

el texto en lo concerniente a tropa o marinería.

Para empleos superiores habrá reducciones de pena. Ef que el fiscal no sólo

admita a discusión la posibilidad de aplicar los atenuantes del 294, sino que

los acepte, ha sido considerado por fuentes próximas a las defensas como muy

alentador y, de hecho, ha permitido rebajar sustancial mente las peticiones de

pena provisionales. Seguiremos, lectores.

José Luis Gutiérrez

 

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