Autor: Soriano, Manuel. 
   Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado no se intimidaron     
 
 Diario 16.    23/02/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

23-Febrero-82

SÍ hubo un protagonista la noche del 23-F, a quien los españoles sentirán

siempre cerca y contemplarán como el personaje que nos salvó de volver a la

noche de los tiempos, éste es el Rey Juan Carlos de Borbón. Desde la Zarzuela»

Su Majestad desarrolló aquella noche una actividad febril. Llamó a todas las

Capitanías y recordó a sus mandos su deber de permanecer leales a la Corona y a

la Constitución que libremente se habían dado los españoles.

No quiso recibir a Armada que pretendía utilizarle como razón de sus argumentos,

y firme en su puesto de

jefe supremo de los Ejércitos, ordenó al teniente general Milans del Bosch que

retirara el bando por él que había convertido a Valencia en una ciudad tomada

por los tanques.

Cuando a la 1,14 de la madrugada el Re con un rostro en el que sé reflejaba la

preocupación y la seriedad de la situación apareció en la pantalla de

televisión, los ciudadanos contuvieron eí aliento. «Al dirigirme a todos ios

españoles, con brevedad y concisión en las circunstancias extraordinarias que en

estos momentos

Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado no se intimidaron

Manuel SORIANO

Adolfo Suárez tenía perfectamente asumido el riesgo físico que corría derivado

de la responsabilidad de su cargo. En más de una ocasión se (e oyó decir que la

posibilidad de que le dieran un tiro en la cabeza entraba dentro de su sueldo de

presidente del Gobierno.

Pero lo que nunca pudo imaginar es que iba a enfrentarse a unas metralletas

precisamente en los últimos minutos de sus más de cuatro años al frente del

Ejecutivo, durante.´los cuales no sufrió el más mínimo incidente.

Aquella tarde del 23 de febrero de 1981, Adolfo Suarez acudió al Congreso de los

Diputados para asistir al acto de investidura de su sucesor, Leopoldo

CalvoSotelo, convencido de que se trataba de un trámite constitucional.

Llegó casi en el momento justo en que comenzaba la votación. Fue cuestión de

minutos. Si los golpistas se hubieran adelantado, al presidente del Gobierno le

habría cogido fuera el asalto al Congreso. Pero la ejecución del golpe estaba

cronometrada.

El asalto

Suárez, con semblante serio aunque queriendo aparecer relajado, ocupó la

cabecera .del banco azul creyendo que lo hacía por última vez. Como el resto del

Gobierno y los parlamentarios seguía distraídamente la salmodia de la relación

de los diputados leída por el secretario primero

del Congreso, llamándoles a votar. Ya sabemos todos cómo se interrumpió la

votación.

Al invadir los guardias civiles el hemiciclo, Suárez permaneció sentado,

expectante, desconcertado, como el resto de los parlamentarios. En ese mismo

instante empezó a analizar fríamente la situación. Inmediatamente tuvo la

sensación de que se trataba de un golpe de Estado y de que iban a por él.

El miedo pasó a un segundo plano para ocupar la dignidad el lugar el lugar

preferente en su reacción. Atento a los movimientos de los sediciosos, apenas

advirtió que el vicepresidente para Asuntos de la Defensa, teniente general

Manuel Gutiérrez Mellado, sentado a su lado, se levantaba y le apartaba para

salir al hemiciclo.

El amigo

El resorte del buen militar funcionó como un acto reflejo motivado por la

intolerable indisciplina que estaba contemplando. Gutiérrez Me/lado no dudó ni

un momento en dirigirse a Tejero para tratar de reducirlo.

Fue entonces el instante vergonzoso para unos hombres con uniforme agrediendo

con malos artes al anciano teniente general. Suárez no pudo aguantar sentado

contemplando tan bochornosa escena.

Saltó en auxilio de su amigo Manolo. Una cerrada y ensor, decedora ráfaga de

metralletas, iniciada por Tejero, con disparos de pistola, logró intimidar a

todos.

Suárez vilvió a su escaño. Gutiérrez Mellado, que había oído muchos tiros en su

larga y brillante carrera, permaneció en el centro del hemiciclo con los brazos

en jarra.

Desde la tribuna de prensa, enfrente de la escena, pudimos contemplar la

imborrable imagen de todo el hemiciclo envuelto en humo, producido por las

detonaciones, los escaños desiertos, (diputados y ministros estaban en el

suelo), y Suárez, sentado y Gutiérrez Me/lado, de pie, erguidos sin haber sido

doblegados por la salvaje agresión.

Al grito de «quietos, quietos, a ver si le vais, a dar a los nuestros», cesó la

descarga.

Inmediatamente, Suárez con energía ordenó a Gutiérrez Mellado que volviera al

banco azul. Así lo hizo.

La «normalidad la fuerza restable guardias civiles s fue rota al cabo d> hora

por Suárez.

Se levantó, se el botón superior queta y pidió hab jefe que mandaba Fue entonces

cua menor respeto le ron a permanecer caño y se escuchí ro y ya célebre: >• te,

cono!»

Suárez persistió lición, invocando ción de presidente del gobierno. Apareció

salieron juntos de .cío.

El encierro

El presidente, c> serio1, pero sin de ner su conocida fi gresó minutos de: banco

azul. Poco permaneció en él. tos después fue ce a la habitación de res, que está

enfr hemiciclo.

Allí permanecí que el Parlamento rado. Durante tod che habló exten con sus

vigilantes doles ver´la locure taban cometiendo pacidad de persua mella en

algunos

Uno de ellos le llec cer que escapara | lie Fernán Flor, da rantías porque un

guardias estaban tos a protegerle. S aceptó el ofrecimit dos razones, porq que

fuera una ene porque además qu manecer en el Pa hasta el final.

 

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