Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El país posible     
 
 ABC.    15/10/1976.  Página: 3,5. Páginas: 2. Párrafos: 24. 

VI."EL PAIS POSIBLE"

DENTRO de lo ideal, lo posible; lo que sinceramente c r e o , no sólo deseable, sino viable, en los años

próximos. Cuestión importantísima, pues si la política, como dijo Maurras, «es el arte de hacer posible lo

que es necesario», no es menos cierto que la política es, ante todo, el arte de lo posible, a secas.

O, dicho de otro modo: para llegar al país ideal o deseable hay que establecer una estrategia que permite

realizar la aproximación con el mínimo de deterioro y de accidentes de tráfico.

Pero hay algo que decir como cuestión previa: posible, lo que se dice posible, hay siempre más de una

alternativa.

En mi opinión, además del país que he descrito como ideal, dentro de lo viable, hay otros tres países

posibles y conviene tener muy presente que posibilidad no es probabilidad, pero que la mera mención de

que algo es posible, debe de hacernos meditar, y arrancarnos de la fácil pasividad. Más aún, el país ideal

exige, por supuesto, mayores esfuerzos, mayor comprensión de todos, y acuerdos difíciles; a los otros tres

países se llega con mayor facilidad, pero con resultados menos agradables.

Estos tres países son: el país anárquico, el país golpista y el país comunista.

El primero es el más fácil de todos. Lo hemos tenido ya durante gran parte del siglo XIX, y en varios

momentos del siglo XX. Sus elementos son bien conocidos: decadencia de la autoridad del Estado;

fuertes grupos de presión; crecimiento de las actitudes particularistas, lle g a n d o al cantonalismo y a

otras versiones de los reinos de taifas; Multiplicidad de los partidos políticos, reducidos a meros

fulanismos o a círculos de notables; una Prensa destructiva de todo, sin asumir las responsabilidades que

derivan de toda libertad pública; unos Ejércitos divididos y politizados; tendencia permanente a la

inseguridad, a la asonada, al motín, y por lo mismo a la presión de los fuertes y sin escrúpulos sobre los

débiles. Como consecuencia de todo ello, descrédito del país; ruina de las instituciones; estancamiento

económico; resentimiento social; pérdida de oportunidades; colonialismo desde el exterior; pérdida de

ilusiones de la juventud; discontinuidad de la Administración Pública; sensación general de frustración y

desorden. Unos cuantos exquisitos flotan, en medio de todo ello; el país sigue produciendo personalidades

interesantes, pero las desgasta rápidamente; puede surgir de tanta miseria alguna literatura de testimonio,

pero nada creador, ni en definitiva importante.

No he cargado las tintas; cualquiera que conozca nuestra historia contemporánea y, sobre todo, momentos

como los de 1868 y 1874, sabe que se trata de una exposición moderada. En realidad hoy sería peor,

porque en una población mayor, que ha conocido tiempos más venturosos, los choques serían mucho más

violentos.

Una situación de esta naturaleza propendería, naturalmente, a suscitar lo que en su día fueron Narváez o

un Primo de Rivera; es decir, una solución de emergencia, basada en el uso de la fuerza, que a esta escala

no podría ser más que la fuerza militar. No hace falta explicar los riesgos de todo golpismo; cuando las

Fuerzas Armadas se ven obligadas a abandonar sus funciones normales para asumir, además, las de

Gobierno y Administración, corren grave peligro de dispersarse y dividirse. Es indudable que hoy la

mayor parte de Sudamérica y numerosos países de África y Asia funcionan de esta manera; y para

muchos es no solamente un mal menor, sino probablemente el único modo de salir del difícil paso en que

los ha situado un conjunto de razones económicas, sociales y políticas. Subsiste el hecho, no obstante, de

que ésta no es una fórmula óptima, ni puede tampoco ser permanente; aparte de que en las condiciones de

las sociedades actuales el volumen de la fuerza a emplear y el deterioro de la imagen exterior del país

crean dificultades casi insuperables. Ahora bien, se trata de una fórmula perfectamente posible y que

puede subsistir por varios años; después de los cuales, normalmente, hay que volver a empezar.

La tercera hipótesis, aparte de desagradable para muchos, podrá parecer a bastantes poco verosímil. Yo

me limito a recordar que nada tiene de imposible, a pesar de que la importancia geopolítica de nuestro

país plantearía un hecho de esta importancia como un cambio de primer orden para el equilibrio mundial;

pero también parecía imposible en Cuba o en Vietnam.

Dicho esto, me permito decir que no creo en el llamado eurocomunismo. No dudo de la buena fe de

quienes lo admiten, ni siquiera de algunos de los que la propugnan. Lo cierto es que en ninguno de esos

países el comunismo ha llegado al Poder, con el control pleno del Gobierno; y los casos de Cuba y Chile

sugieren que una vez introducida la cabeza en la máquina del Estado se intenta el control pleno, como

también ocurrió en Portugal.

Todos sabemos, asimismo, que en los países donde un partido comunista ha adquirido ese control pleno,

como ocurre en todos los Estados del Este europeo, hay un patrón básico de conducta: desaparece el

pluralismo político e informativo, la economía se convierte en un monopolio burocrático del Gobierno,

desaparece la libre circulación de las personas, y la toma del Poder es irreversible. Yo no conozco

ninguna excepción. No afirmo que los resultados sean todos malos, ni que en algunos casos el sistema

pueda ser considerado como un mal menor que la anarquía permanente; China quizá era mucho más

desgraciada antes que después del triunfo maoísta. Lo que digo es que ese modelo de sociedad, aplicado a

España, destruiría todo lo más valioso de nuestra tradición; reduciría el nivel de vida del conjunto de los

españoles y su libertad (en todos los sentidos de la palabra); y nos haría llegar a fin de siglo con el clásico

predominio de «la nueva clase» sobre el conjunto de una población sometida, aislada y purgada.

La anarquía de la hipótesis número uno llevaría necesariamente a las soluciones segunda o tercera; el

agotamiento de la solución segunda probablemente abriría paso a la última.

Si esto es así, es necesario que nos demos cuenta de cuánto nos va en esforzarnos por «hacer posible lo

que es necesario»: una organización razonable de la sociedad española, que nos evite una de estas tres

desgracias, o bien las tres padecidas sucesivamente, que todo sería «posible».

En mi opinión, lo que hay que hacer, y lo que es menester evitar, es bien sencillo, y, en definitiva, lo

sabemos todos. Hay que evitar, en primer lugar, las actitudes de ruptura. Es inútil ponerle calificativos: la

ruptura será siempre el plantear como cuestión previa la alteración total del edificio constitucional y la

rescisión plena de los equilibrios establecidos del sistema social. Si además dichas actitudes se establecen

desde posiciones de revancha, o con planteamientos dogmáticos, o con exclusiones de los que a su vez

aceptan el diálogo, en buena lógica sólo pueden llevar a una prueba de fuerza. Si. finalmente, se exhiben

como bases de negociación objetivos maximalistas que, en el mejor de los casos, podrían ser un ideal

objetivo de llegada, y nunca una realista posición de salida, todo ello lleva a la ruptura de la baraja antes

de que se deje volcar la mesa.

No vale decir: ahora voy a jugar yo solo con nuevas reglas de juego. Se puede iniciar una partida con más

jugadores: pero sin derribar el casino y sin vetar a los jugadores que ya están.

Hay que evitar, igualmente, las actitudes .de excesivo recelo. Si entran miembros nuevos en el club han

de poder venir con su propio traje y no disfrazados; han de entrar por la puerta principal y no por la

trasera; y se deberá considerar seriamente cualquier propuesta razonable para mejorar el Reglamento.

El juego ha de ser sin trampa, con las cartas boca arriba, y sin pistola al cinto. Hay que dejar el

tremendismo, el mentarse la familia y las lamentaciones porque la partida no pudiera haber comenzado

antes.

Los equipos de jugadores deben estar bien organizados. Deben tener claros sus jefes, sus directivas, sus

colores, sus señas, sus organizaciones. Es imposible jugar todos contra todos. El país no puede seguir

entre preocupado y aburrido en medio de docenas y docenas de siglas, y sus cuestiones previas. Tiene

derecho a que se le planteen tres o cuatro opciones claras: derecha, centro derecha, centro izquierda e

izquierda, y no más, para que de verdad pueda optar por una de ellas, claramente distinta de las demás.

Algunos, dicho sea de paso, lo estamos intentando seriamente.

Otra cosa importante es que, precisamente porque estamos en una transición, no podemos aplazar la

mayoría de las cosas hasta que todo esté arreglado. Esa sería una forma segura de hacerlo todo imposible.

El Gobierno tiene que gobernar, la Administración tiene que administrar, los funcionarios tienen que

funcionar; tiene que haber política económica, se tienen que contestar las cartas, hay que recibir visitas.

Ya sé que esto requiere siempre un esfuerzo enorme; pero si no se hace los problemas pequeños y los

medianos se suman a los grandes y se produce el caos.

El país de la reforma es posible; los países del desastre no son necesarios. Pero hay que trabajar, darse

prisa y actuar con autoridad. Subrayo la palabra autoridad: el país la desea, la echa de menos. La autoría

política exige autoridad; sólo se pueden hacer cosas con autoridad, bien ganada, bien consolidada y

sistemáticamente ejercida con decisión.

A lo largo y a lo ancho del país medio de los chispazos, se advierte un extendido deseo de paz, de

orden, de continuidad, de desarrollo, de normalidad. Cierto que también se desean cambios y reformas.

Pero la mayoría está dispuesta a aceptar arrerlos prudentes y compromisos aceptables, sin arriesgar

aventuras. Sería pedir demasiado a la mayoría de los ciudadanos el exigirles une se convirtieran todos en

militantes de un grupo político; pero sí debería producirse un mayor interés por la cosa pública, sobre

todo en los meses decisivos que faltan hasta la próxima elección general; un mínimo de atención a los

esfuerzos que van a tener lugar para presentar opciones entre las que puedan decidir.

En una gran nación moderna el pueblo no puede reunirse en el agora o en el foro para cambiar

impresiones como en las viejas ciudades-Estado. Pero el ciudadano no puede quejarse de que las cosas

vayan mal si ha tenido una oportunidad de pronunciarse sobre los equipos gobernantes y sus fórmulas y

programas y no la ha utilizado. Tampoco será posible reducirse a las últimas semanas antes de las

elecciones para averiguar dónde están los grupos de personas serias, razonables, honradas,

experimentadas y cuates son sus programas.

Ni menos podrá Juzgarse sobre todo ello con la lectura apresurada de los últimos comentarios

sensacionalistas o parciales de este o aquel columnista, cuyo principal problema es mantener en pie su

propia columna, más que ilustrar objetivamente a sus lectores.

Por eso el país posible es simplemente el país que nosotros hagamos posible, con nuestro esfuerzo, con

nuestra seriedad y con nuestra dedicación... Si metemos la cabeza debajo del ala haremos posible los

otros países, los que no nos convienen, pero que tampoco son imposibles. Los pueblos, se ha dicho, tienen

los gobiernos que se merecen; y hay muchas ocasiones en que esto es verdad.

Sepamos, pues, poner la mano en el arado y abrir el surco. Numerosas veces he comprobado que muchos

conciben la política no como la lucha bien reglada entre equipos (como en el fútbol), sino como una

corrida de toros en la que el diestro está solo en el ruedo recibiendo de los tendidos aplausos o insultos,

pitos o palmas, pero no ayuda. Ya no puede seguir siendo así, entre otras cosas por el tamaño de los toros,

y porque ahora salen todos a la vez.

Manuel FRAGA IRIBARNE

Próximo y último artículo: «EL PAÍS FUTURO»

 

< Volver