El discurso del señor presidente     
 
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EL DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE

DON Luis Carrero Blanco, Presidente del Gobierno, expuso ayer ante las Cortes el abanico de objetivos

prioritarios que van a caracterizar su gestión. Aludió el señor Presidente a temas económico-sociales,

como son la necesidad de distribuir mejor la renta de las personas físicas y la de las regiones, la extensión

de la enseñanza, mejora de la vivienda y los transportes, atención preferente a las fuerzas armadas - que

han estado hasta no hace mucho pagando el precio del desarrollo civil - o medidas tendentes a asegurar

nuestro abastecimiento energético, resolver problemas agrícolas y encauzar por la legalidad las

Inevitables tensiones laborales.

Aunque hubiera podido hacerlo, ningún triunfalismo se ha permitido el señor Presidente en su discurso.

Ha aliviado a la Cámara de una enumeración exhaustiva y reiterativa de logros, y ha planteado

directamente lo que se espera de la declaración de un Presidente de Gobierno con responsabilidades

recién estrenadas: la lista de «las cosas que se «quieren hacer». Lo ha hecho, además, sin perdonarse el

reconocimiento de los defectos de gestión política que subsisten en ciertos sectores, cono cuando hizo

mención de las claras insuficiencias en el suministro de algunos bienes públicos (especialmente en los

servicios) o cuando admitió la necesidad de proceder a un vigoroso esfuerzo para reducir los

desequilibrios regionales a que aboca el país.

Pero esta importante parte del discurso del señor Presidente es secundaria en relación con sus primeras

palabras ante los procuradores. Un hombre como el Presidente Carrero, extremadamente discreto y reacio

a cualquier personalización, comenzó por definirse: «Mi significación política, señores procuradores -

dijo -, está bien clara: soy un hombre del Movimiento Nacional.» Se dirá que es una definición genética,

pero no lo es tal desde el momento en que el señor Presidente admitió la existencia de «familias políticas»

dentro del Movimiento y abundo en la necesidad de que el Movimiento amplíe su base de participación

popular.

«Si entre los hombres del Movimiento - dijo el Presidente -, si entre la enorme masa de españoles que

aceptan sus principios, que son permanentes e inalterables, y las leyes que integran nuestro sistema

institucional sin reservas mentales de ninguna especie, se admite la posible existencia de matices,

sectores, grupos o lo que se ha dado en llamar "familias políticas", quede bien claro igualmente que estoy

con todos en general y con ninguno en particular. Estoy de corazón con lodos, sin que ninguna

vinculación me inspire una especial predilección por ninguno. En cuanto a intereses de otro orden, quede

también muy claro que ni tengo ni he tenido nunca el más mínimo interés en entidad o empresa de ningún

tipo, ni agrícola, ni industrial, ni de servicios. Todo mi interés está concentrado en la gran empresa de

todos que se llama España.»

Es sobradamente conocido el talante personal del Presidente, pero con sus palabras de ayer, los múltiples

acentos que puso en el aumento de la participación política ante los cambios sociales que se están

produciendo, su constante remitirse a la aceptación sin reservas de las reglas de juego constitucionales,

hasta su tono oratorio sencillo y exento de excesos verbales, le ganaron la ovación con que los

procuradores cerraron su primera intervención parlamentaria.

Puntualizó el señor Presidente a algunos comentaristas políticos. La Ley Orgánica del Estado - precisó -

está en plena vigencia desde su promulgación y no ha alcanzado ahora su desarrollo por la aplicación de

uno de sus mecanismos (su nombramiento como Presidente). Es cierta esa matización, pero la relectura -

que recomendamos - de la primera parte del discurso del Presidente ofrece en su conjunto una

puntualización más amplia a otros comentarios, nacionales e internacionales, sobre la naturaleza del

Gobierno que preside el señor Carrero.

Aceptada en todas las sociedades occidentales la obviedad de que una nueva situación política da paso a

un nuevo Gobierno y éste, a su vez, propicia otra situación política de distinto signo, se destapa la caja de

las interpretaciones más o menos objetivas. De todo nuevo Gobierno se esperan unas líneas maestras de

acción que - permítasenos la simpleza definitoria - pueden ser bien cautelares, bien de apertura hacia la

confianza que pueda inspirar el desarrollo cívico de una sociedad. Y el discurso del señor Presidente de

ayer ante las Cortes nos inspira decididamente la seguridad de que este primer Gobierno de la Ley

Orgánica se va a caracterizar por un empeño enérgico en que el pueblo español se responsabilice de su

propio futuro, tome activa parte en la cosa pública e intercambie, tal como para ello está preparado, sus

distintas opiniones, sus «diferencias de matiz», sobre el común tablero de una Constitución de la que

nadie tiene por qué sentirse excluido y cuya mayor garantía reside en el respaldo popular que asiste al

Jefe del Estado y al Príncipe de España. Respaldo popular que ahora - no lo dudamos - va a recaer sobre

el hombre designado por Franco para la Presidencia del Gobierno y que acaba de resumir su

entendimiento de la acción política en estas palabras: «...una medida de Gobierno es buena si beneficia al

bien común, aunque una minoría se sienta defraudada en una de sus aspiraciones y proteste (...); una

medida de Gobierno es mala si perjudica al bien común, aunque una minoría se considere beneficiada y

aplaudan.

 

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