Autor: Sánchez Agesta, Luis. 
   Riesgo y grandeza del político     
 
 Ya.    21/12/1973.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

RIESGO Y GRANDEZA DEL POLÍTICO

NO sé si mi pluma es la más indicada para expresar al dolor humano por una vida arrancada

violentamente en una hora apacible e inesperada de su existencia. No soy un amigo, ni estoy en clientelas

políticas, ni soy deudo de favores oficiales. Este es quizá mi único título para expresar en nombre de

muchos la condena de un acto criminal y un homenaje póstumo a un político muerto en el ries-go de su

misión.

Alguna vez se ha escrito que la grandeza del político es la ofrenda de su vida en la gestión del bien

público. Ofrenda hecha día a día, en desvelos y tareas, en. que a veces se olvida e1 propio interés par-

ticular. Unas veces, en la rutina y desgaste de fama, prestigio y hacienda del quehacer cotidiano. Otras,

como una ofrenda material de la propia sangre.

Todo el que representa una idea atrae contra si la animosidad de quienes odian lo que esa idea representa.

Y a veces la odian hasta la muerte. Y éste es el riesgo y grandeza del político, que tiene que estar

dispuesto a dar su vida inesperadamente sin el gesto heroico de un combate, como el que muere por el

vuelo de una bala perdida. Pero precisamente porque estaba allí, en la trinchera donde llegan las balas

perdidas. Esa muerte, como un acto de servicio, tiene que ser aceptada por el político como un riesgo en

el cumplimiento de un deber.

ASI murió Cánovas en el sosiego de un balneario. Así murió Canalejas, curioseando el escaparate de una

librería. Así murió Dato cuando un coche le conducía hacia el reposo del hogar. Así ha muerto Carrero

cuando salía de una Iglesia. Nadie sabe quién, cómo ni cuándo se ha de dar ese testimonio de sangre, pero

es un riesgo que el político ha de aceptar. Y ésta es la grandeza que hemos de respetar.

El almirante Carrero aceptaba sin duda ese riesgo. Sin dramatismos espectaculares, porque era sencillo y

sosegado. Como un acto de disciplina militar que siempre entraña el riesgo de la propia vida. Es natural

que todos alaben ahora su lealtad, porque era mí cualidad más ostensible. Pero en lo poco que le conocí

me atrevería destacar otro singular don político. Era obstinado en lo que creía su deber, pero era

respetuoso con la conciencia de los demás y tenía una admirable paciencia para escuchar. Porque tenía un

don de mesura y serenidad, que tanta falta nos hace a los españoles.

En los últimos meses de su vida, en cumplimiento de lo que creía un deber, estaba dispuesto a escuchar,

con paciencia y serenidad, cualquier cosa que versara sobre el destino de España y de los es-pañoles. Su

muerte, aun con el horror de un crimen premeditado, no debe privarnos de esa serenidad discreta, que

puso al servicio de España el testimonio de su propia sangre.

Luis SÁNCHEZ AGESTA

 

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