Caballero de la lealtad     
 
 ABC.    21/12/1973.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

CABALLERO DE LA LEALTAD

«Caballero de la lealtad», así se le llamaba en una reciente portada de este periódico. Lealtad al Jefe del

Estado; lealtad, vigilantísima, a los ideales del 18 de Julio. Años y años, lustros, décadas, de labor

abnegada, silenciosa, voluntariamente retraída, en la colaboración estrecha con Francisco Franco.

Nadie como el almirante Carrero Blanco, primer Presidente de Gobierno en el Movimiento Nacional,

asistió más de cerca a las tareas, casi ímprobas, de reconstruir un país; modelar una sociedad nueva;

edificar un Estado de nueva planta, llamado a institucionalizar la convivencia estable y prolongada de

todos los españoles.

En la suave penumbra de su despacho, este gran patriota, vilmente asesinado ayer por una criminal

maquinación terrorista, siguió, día a día, la gran estrategia del resurgimiento español. No como espectador

sin influencia, ni al modo de un recopilador de datos afortunados, sino como promotor de muy importante

impulso del mismo.

Escribiendo, sin otra opción, al filo del lamentabilísimo suceso, en la más caliente inmediación de tan

cruento y grave acontecimiento, no puede sustraerse nuestro ánimo a la evocación de los otros

magnicidios que en épocas pretéritas, pero todavía próximas, ensangrentaron páginas de la Historia

política del país. Sin más ni otro motivo que la vesania de individuos o grupos de conspiradores.

¡También así resulta regresiva la violencia!

Desde los tiempos en que la gobernación del país principiaba con la preparación cuidadosa de un breve

puñado de documentos - compendio de las dramáticas parvedades nacionales - a estos otros en que el

propio desarrollo nacional habíase instrumentado con un aparato de gobierno tan vasto como complejo, el

almirante Carrero Blanco fue algo más que excepcional testigo de la sustanciación de unos ideales de paz

y progreso desde órdenes directísimas del Caudillo.

Acaso sea en la milicia donde más que en cualquier otra instancia se reclutan lealtades de porte tan

excepcional como la que demostró el almirante Carrero Blanco al Jefe del Estado. Largos años en la

continuidad de la gobernación habían valido como título más que sobrado para que se le confiriera

después el mando de la continuidad política, cuando el Régimen alcanzó la madurez de sus instituciones.

La estabilidad del Régimen, la proseguida coherencia política de los distintos Gobiernos, en esa

indefinible proporción que corresponde a quienes secundan con lealtad y acierto la obra difícil de la cons-

trucción de un Estado, ha sido esfuerzo suyo. Y dedicación suya, a lo largo de años fecundos, el estudio y

las soluciones propuestas a los problemas sin número que acosan al político desde todos los sectores de la

vida nacional y que le llegan proyectados desde la internacional convivencia.

Carrero Blanco, titular legítimo de la confianza política más plena del Generalísimo Franco, ocupará

lugar destacadísimo, puesto de protagonista decisivo, en la historia contemporánea de España, época del

más positivo y rotundo crecimiento del país y época - también y por ello - de la mayor promoción de su

pueblo. De todos sus estamentos; de todas sus clases sociales.

No era hombre que apeteciera los brillos fáciles, tantas veces espejismos sólo, de los primeros planos, de

los grandes honores y los clamorosos reconocimientos. Era político prudente y tenaz, sacrificado a

soledades laboriosas, en las que nada había, sin embargo, de introversión, intriga o soberbia. Personalidad

sin énfasis y sin alardes retóricos, en callada lección de los valores superiores de la capacidad reflexiva,

de la serena eficacia, de la dedicación constante al trabajo. Ciertamente, una figura singular en cualquier

galería de retratos de grandes políticos.

Gran político, gran patriota, sobre todo por su vida, que son las vidas entregadas al servicio de las

comunidades, las vidas dedicadas a las necesidades de las naciones y no las circunstancias de la muerte

personal las únicas bases firmes y permanentes de la grandeza de los hombres. Y de la gratitud y del

recuerdo admirativo de los pueblos.

Por encima de la tremenda impresión de estos momentos y de los sentimientos de condolencia que han

saltado todas las fronteras, que son hoy testimonio de la solidaridad humana sin distingos de nacionalidad,

debe prevalecer la serenidad ciudadana. La ley y el orden triunfan siempre sobre la alucinada violencia.

No será osadía pensar que si él pudiera ahora recomendar algo al pueblo español sería su consejo

encaminado a avivar, en todos, ese sentido de responsabilidad serena y exacto cumplimiento del orden

que orienta a las comunidades sociales hacia adelante, hacia un futuro de normal progreso y convivencia

en todas las ocasiones en las que sienten el inevitable estupor que crea la eliminación criminal de un gran

gobernante.

Al doloroso estremecimiento que ha producido su muerte en todo el país, quedará desde ahora y para

siempre unido el sentimiento más sincero de la gratitud que el país entero le debe. Por su abnegada vida

de servicio que ha cortado una inhumana resolución criminal.

 

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