Lucecita     
 
 Diario 16.    22/04/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

4/OPINION

Viernes 22abril 1977/DIARIO

_ Lucecita

Una conversación con Fraga ha sido suficiente para que el ex presidente del Gobierno Carlos Arias

Navarro deje el cultivo de los geranios en su finca de Aravaca y anuncie "por amor a España y en servicio

al Rey" que presentará su candidatura al Senado por Madrid, integrando el grupo de Alianza Popular. Por

esas mismas razones de amor y servicio y por otras muchísimas más hubiera sido prudente que el

marqués de Arias Navarro, cuya gestión en el primer Gobierno de la monarquía fue calificada de

"desastre sin paliativos", continuase manejando la regadera, La podadera, el rastrillo y demás

instrumentos de la jardinería ahorrándonos, por ejemplo, este comentario que preferiríamos no tener que

escribir.

Vestido de azul oscuro y jugueteando incansable con sus gafas en su notaría de Madrid, Arias se ha

despachado ante un redactor de "A B C" con una indolencia que raya en et agravio colectivo a los

españoles. En unas cuartillas manuscritas empieza por afirmar: "Es público y notorio que nunca sentí

apetencias ni ambiciones políticas." Don Carlos, no traicione sus sentimientos y el país seguirá

experimentando el alivio que te invadió el día en que finalmente fue cesado por el Rey.

A estas alturas no es de recibo que Arias se permita dar receta como ésta para salir de la desorientación:

"Quédense a solas con su conciencia, relean el mensaje con que Franco se despidió de tocios los

españoles y verán disipadas sus dudas, reafirmada su fe y comprobada la oportuna advertencia de

mantenerse en permanente alerta. "Esto nos trae inevitablemente a la memoria, aquella lamentable

intervención de Carlos Arias ante la televisión, en que contó cómo bastaba una mirada de Franco para que

se viera la solución a los más graves problemas del Estado. Han pasado los tiempos de aquella

recomendación suya a los españoles de que cuando estuvieran desfallecidos acudieran a El Pardo,

contemplaran la lucecita del despacho del general y se sentirían inmediatamente reconfortados. Toda esta

seudomística encubría una ancianidad decrépita que paralizaba la tonta de decisiones.

Por Fraga, afirma Arias» "he temido siempre una gran admiración". Sin duda, añadimos, el sistema de

escuchas telefónicas que maneto instalar a los ministros de su propio Gobierno le proporcionaría

abundantes ocasiones para comprobar las cualidades excepcionales de este "huracán".

Después de tan abiertas discrepancias con Torcuato Luca de Tena, este periódico proclama su

coincidencia en la apreciación de que Arias carece de habilidad política, aunque no precisamente por falta

de picaresca, Carlos Arias no debe ser tan modesto. El ha sabido manejar la picaresca para engañar a

todos unas veces» y a unos sí y a otros no cuando así le convino mejor. Su gestión como ministro de la

Gobernación con Carrero, de alcaide de Madrid y de director general de Seguridad en la época más negra

de la represión franquista, le acreditan sobradamente en estas lides.

Sn remontamos a tiempos más lejanos, ¿cómo se atreve Arias a reprochar al Gobierno la forma en que se

ha legalizado al PCE y a calificar de maniobra la remisión al Tribunal Supremo del expediente y a

censurar la forma de "largar la noticia en ausencia de los ministros"? Sin duda, los métodos Arias eran

más expeditivos. Bajo su mandato, por ejemplo, se pudo ejecutar a Puig Antich y a los cinco de

septiembre de 1975 sin remitir nada al Supremo. En cuanto a su sentido del escrúpulo jurídico cabría

también recordar el "affairé obispo Añoveros", al que quiso lisa y llanamente expulsar del país "manu

militari".

Precisamente, Carlos Arias adelanta una explicación para su derrota que, sinceramente, deseamos si antes

no optara juiciosámente por reatirarse a sus parterres de "Casaquemada": las maniobras de unos y otros

Para nosostros sería simple consecuencia de la memoria colectiva. El sentido del ridículo que a Arias le

producen las siglas de los partidos es el que inspiran hoy sus lamentables declaraciones, que alcanzaban

cotas muy graves, al re ferirse al ministro Barrera de Irimo, y sobre todo al Rey, de quien se permite

mencionar los términos de una supuesta conversación telefónica —¿la tendrá también grabada?— acerca

del tema de las regiones.

 

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