Solemne funeral en San Francisco el Grande por el capitán general Carrero Blanco  :   
 Asistieron el Jefe del Estado y el Príncipe de España, que fueron aclamados por el público congregado frente al templo. 
 ABC.    23/12/1973.  Página: 17,19. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

SOLEMNE FUNERAL EN SAN FRANCISCO EL GRANDE POR EL CAPITÁN GENERAL CARRERO BLANCO

Asistieron el Jefe del Estado y el Príncipe de España, que fueron aclamados

por el público congregado frente al templo

"LOS OBISPOS - RECORDO EL CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID AL EXALTAR LAS VIRTUDES

DEL PRESIDENTE ASESINADO - SOMOS TAMBIÉN ESPAÑOLES, AMAMOS A NUESTRA PATRIA CON

PASION Y ESTAMOS SIEMPRE DISPUESTOS A SACRIFICARNOS POR ELLA"

MADRID. (De nuestra Redacción.) Con asistencia de Su Excelencia el Jefe del

Estado y de Su Alteza Real el Príncipe de España se ofició en la basílica de San

Francisco el Grande un solemne funeral concelebrado por el cardenal primado de

la iglesia española, el cardenal arzobispo de Madrid, el arzobispo vicario

general castrense y los obispos auxiliares de la archidiócesis madrileña, en

sufragio del alma del presidente del Gobierno y capitán general de la Armada,

don Luis Carrero Blanco, duque de Carrero Blanco, asesinado el ultimo jueves.

Franco y Don Juan Carlos llegaron en el mismo coche. Revistaron con el ministro

del Ejército y el capitán general de la I Región Militar, que les recibieron al

pie del automóvil, a la compañía da honores del Batallón del Ministerio del

Ejército, formada frente al templo con bandera, banda, escuadra y música. Se

interpretó el Himno Nacional, y el Caudillo, que vestía uniforme de capitán

general, y el Príncipe, que llevaba uniforme de general del Ejército de Tierra,

fueron aclamados fervorosamente por el público.

Ceremonias de ritual - «lignum crucis» y agua bendita - en el atrio. Después,

entrada bajo palio, cuyas varales portaban religiosos de la comunidad

franciscana encargada del culto del templo.

El Generalísimo tomó asiento en un sitial del antepresbiterio. El Príncipe de

España, cerca de él, en un lugar destacado. Luego, el Gobierno con su presidente

en funciones, don Torcuato Fernández-Miranda, a la cabeza. Enfrente, el Consejo

del Reino.

Se hallaban también la viuda y los hijos y otros parientes del capitán general

fallecido. Y el duque de Cádiz, jefes de Misiones extranjeras, Tribunal Supremo,

Consejo de Estado y otros organismos, así como altos mandos de los tres

Ejércitos, consejeros nacionales, procuradores en Cortes, subsecretarios,

directores generales, el marqués de Villaverde, el ex ministro de la Monarquía

don José de Yanguas Messía y los ex ministros de los Gobiernos del Generalísimo

Franco.

El doctor Enrique y Tarancón, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la

Conferencia Episcopal Española, pronunció una homilía en la que exaltó las

virtudes cristianas y patrióticas del duque de Carreta Blanco, víctima de un

odio antihumano y anticristiano sobre todo, y dijo además entre otras cosas:

«Alguien ha escrito que «cuando, siguiendo el mandato de Cristo, nos amamos los

unos a los otros, estamos ya participando de los frutos de la resurrección.» ¿Y

cómo no reconocer que este amor de los unos a los otros encuentra una de sus

expresiones en el amor y el servicio a la Patria? Sí, lo diremos abiertamente:

el servicio a los demás, particularmente cuando este servicio tiene una

responsabilidad comunitaria y nacional, cuando en él se pone recta intención y

espíritu de entrega, cuando, sobre todo, se sacrifica en él hasta la propia

vida, es no sólo una virtud patriótica, sino también una virtud religiosa, que

será recompensada por Dios.

Espero que a nadie le extrañe oírme estas palabras. Yo sé muy bien que nuestra

condición de cristianos y de obispos de la Iglesia en nada recorta nuestra

condición de miembros de este país que Dios nos dio como campo de vida y de

trabajo. Recientemente pude decirlo en el pleno de los obispos españoles y me

consta que con su consentimiento: «Todos y cada uno de los obispos de

esta Conferencia Episcopal amamos con pasión a la Iglesia y estamos siempre

dispuestos a servirla hasta con sacrificio, pero somos también españoles que

amamos a nuestra Patria con pasión y estamos siempre dispuestos s sacrificarnos

por ella — por su bienestar y por su paz — y estaremos siempre prestos a

sacrificarnos por el bien de la Iglesia y de la Patria, a trabajar incansable-

mente para conseguir la armonía, la concordia, la paz — la auténtica

reconciliación — dentro y fuera de la Iglesia.»

Este doble amor —a la fe y a nuestros hermanos— es lo que hoy nos ha reunido. Y

ésta es — me parece — la gran lección que hoy podríamos aprender todos y el

mejor servicio a la memoria de nuestro hermano muerto. Si su entrega a los demás

es la fuente de nuestra esperanza, esa misma esperanza debe ser hoy para quienes

estamos aquí un acicate en nuestro amor a los demás. Cuando todo se va, el amor

queda. La muerte borra todo, menos lo que hemos amado. Si esta trágica muerte

nos descubriera a todos que la preocupación por el bien común, por la grandeza

de la nación, por su convivencia pacifica en la justicia, por su elevación y

desarrollo en todos los órdenes —económico, cultural, político, religioso—, con

tareas que a todos nos incumben como españoles y también como cristianos,

habríamos logrado que ésta fuera una hora de fecundidad y no sólo de llanto.

Y permitidme ahora que concluya con un recuerdo personal que me conmueve

especialmente. No creo que sea revelar ningún secreto si digo que, hace algo

menos de un año, en una de las cartas que tuve la fortuna de cruzarme con el

almirante Carrero Blanco, él escribió una frase que estimo es hoy su mejor

elogio: «Ha de saber, señor cardenal — me decía — que para mí es más importante

ser´ hijo de la Iglesia que ser vicepresidente del Gobierno.»

Es a este hijo a quien la Iglesia recibe hoy y le devuelve lo único que la

Iglesia tiene: su oración. Su oración y la esperanza, la certeza, de que su

entrega a los demás no fue baldía.

Es a esta esperanza a la que os invito a todos. Es en esta serena oración en la

que os pido me acompañéis.»

Su Excelencia y Su Alteza Real fueron nuevamente aclamados en la plaza de San

Francisco por la muchedumbre al retirarse del templo.

al retirarse del templo.

 

< Volver