El servicio a los demás es no sólo una virtud patriótica sino también religiosa     
 
 Ya.    23/12/1973.  Página: 9-10. Páginas: 2. Párrafos: 29. 

INFORMACION NACIONAL

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23-XII-73

Homilía del cardenal Enrique y Tarancón

"El servido a los demás es no sólo una virtud patriótica sino también religiosa"

* "La preocupación por el bien común, por la convivencia pacífica en la justicia, por la elevación y

desarrollo de la Patria son tareas que nos incumben a todos."

* "Para mí es más importante ser hijo de la Iglesia que vicepresidente del Gobierno", escribió al

cardenal el fallecido presidente del Gobierno hace unos meses.

* Homilía del cardenal Enrique y Tarancón en los funerales por el almirante Carrero Blanco.

En este culto, todas las plegarias que recitamos rebosan esperanza. Una esperanza que no es una simple

ilusión, sino que abre un resquicio de luz y de consuelo en medio de nuestro dolor, porque los cristianos

sabemos "de quien nos hemos fiado" y estamos seguros de que no podemos quedar defraudados.

Cristo, el Señor, fue delante de nosotros con su muerte. Fue también delante en su resurrección. Gracias a

ella el mundo, aunque es un "valle de lágrimas", como dice la Salve, no es una mazmorra sin salida, ni un

lugar de desdicha.

LA VIDA, LUCHA

En nuestra vida, el Padre permite el sufrimiento, como lo permitió en la de Jesucristo, su Hijo. Todos

tenemos que participar en su cruz, como El nos anunció: "El que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí

mismo, tome su cruz y sígame."

Pero es necesario recordar, hermanos, que la cruz de Cristo no nos aplasta. Al contrario: nos purifica y

nos eleva. Porque el yugo de Cristo es suave, y su carga, ligera. Son los pecados de los hombres, son

nuestros egoísmos quienes hacen pesada y cuesta arriba nuestra vida. Son especialmente les rencillas y

los odios quienes secan el corazón y convierten no pocas veces la vida sobre la tierra en una lucha

fratricida. Si en algunos momentos la vida de los hombres es amarga, no es porque ése sea el plan de

Dios, es porque los hombres se han salido de ese plan. Sí; son los pecados de los hombres los que hacen

tan difícil, tan ardua, tan angustiosa la vida que Dios quiso "suave y ligera".

Víctima del odio antihumano y anticristiano

Nuestro hermano Luis, en torno a cuyo nombre y recuerdo estamos congregados, ha sido víctima de ese

odio, que es antihumano, pero es, sobre todo, anticristiano. El dolor y el sufrimiento que todos

compartimos en estos momentos es el fruto que produce el olvido de Dios y de la misma dignidad

humana.

Si estamos hoy aquí es para conseguir que esta emoción humana dignísima que todos compartimos sea

iluminada por la fe y se convierta en oración esperanzada. Esta esperanza es la que vienen a recordarnos

los textos litúrgicos que acabamos de leer.

La muerte nos asusta a todos: la muerte de los grandes y de los pequeños, la que llega por los caminos de

la enfermedad y la que nos sorprende por las vías de la violencia. Siempre es una vida que se rompe; una

existencia que, al menos visiblemente, se acaba; algo que quienes soñamos con la permanencia y

anhelamos instintivamente la eternidad nunca lograremos comprender.

La muerte siempre es un desgarro para el que se va y un vació para los que aquí quedamos. Al pasar de

los años van quedando huecos a nuestro alrededor y esos huecos nos acongojan, porque vienen a

recordarnos la limitación de nuestra propia existencia sobre la tierra. Para quienes no tienen fe esta rotura

es causa de angustia y desesperación.

No así para el creyente. Nosotros sabemos que sobre este fondo de dolor, de tristeza y de llanto, la

esperanza cristiana abre un horizonte de claridad. Sabemos, como decía Santa Teresa, que "esta vida no

es la vida". Sabemos que quienes mueren en la fe de Cristo que recibieron en el bautismo, si han sabido

ser fieles a ella - aun dentro de las limitaciones y fallos de nuestra condición humana -, se encontrarán que

la muerte no es un final, sino un nuevo principio, la entrada en la vida que no tiene ocaso, el encuentro

con Cristo que no tiene fin.

Por eso la Iglesia, en el oficio de difuntos, llama con gozo a los santos de Dios y a los ángeles del cielo

para que vengan a recibir a quien, al unirse a la muerte de Cristo, empieza en el mismo momento a

participar también en su resurrección.

Pero, siendo todo esto verdad y llenándonos de gozo el saber que quien ha muerto en la fe está ya en las

dulces manos de Dios, yo quisiera subrayar aquí otro aspecto del problema. Porque la esperanza cristiana

no sólo alegra sobre lo que hay al otro lado de la muerte, sino que también ilumina lo que vemos y

vivimos a este lado. Es aquí donde plantamos las raíces de esa resurrección; es en la fe vivida con todas

sus consecuencias, es en la fe vivida y encarnada en el amor a nuestros hermanos donde conseguimos esa

gloria que nos espera.

LA FE ACTIVA

Quiero subrayar esto porque hay quienes caen en el error de creer que la fe es sólo una receta, para la otra

vida. Contra esta visión estrecha nos previno el Concilio con palabras bien claras: "Se equivocan los

cristianos que pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran

que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les

obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno." Estas

palabras nos dan ocasión para poner aquí de relieve que la actividad desarrollada en servicio de la

Patria por este hermano nuestro, cuya memoria nos reúne, no es algo ajeno a sus creencias

religiosas ni independiente de ellas, sino que es un fruto de las mismas o, cuando menos, algo

que esas creencias iluminan y profundizan.

Alguien ha escrito que "cuando, siguiendo el mandato de Cristo, nos amamos los unos a los otros,

estamos ya participando de los frutos de la resurrección". ¿Y cómo no reconocer que este amor

de los unos a los otros encuentra una de sus expresiones en el amor y el servicio a la Patria? Sí; lo di-

remos abiertamente: el servicio a los demás, particularmente cuando este servicio tiene una respon-

sabilidad comunitaria y nacional, cuando en él se pone recta intención y espíritu de entrega; cuando,

sobre todo, se sacrifica en él hasta la propia vida, es no sólo una virtud patriótica, sino también una virtud

religiosa, que será recompensada por Dios.

AMOR A LA PATRIA

Espero que a nadie le extrañe oírme estas palabras. Yo sé muy bien que nuestra condición de cristianos y

de obispos de la Iglesia en nada recorta nuestra condición de miembros de este país que Dios nos dio

como campo de vida y de trabajo. Recientemente pude decirlo en el pleno de los obispos españoles y me

consta que con su consentimiento: "Todos y cada uno de los obispos de esta Conferencia Episcopal

amamos con pasión a la Iglesia y estamos siempre dispuestos a servirla hasta con sacrificio, pero somos

también españoles que amamos a nuestra Patria con pasión y estamos siempre dispuestos a sacrificarnos

por ella - por su bienestar y por su paz - y estaremos siempre prestos a sacrificarnos por el bien de la

Iglesia y de la Patria, a trabajar incansablemente para conseguir la armonía, la concordia, la paz - la

auténtica reconciliación - dentro y fuera de la Iglesia".

TAREA PARA ESPAÑOLES Y CRISTIANOS

Este doble amor - a la fe y a nuestros hermanos - es lo que hoy nos ha reunido. Y ésta es - me parece - la

gran lección que hoy podríamos aprender todos y el mejor servicio a la memoria de nuestro hermano

muerto. Si su entrega a los demás es la fuente de nuestra esperanza, esa misma esperanza debe ser hoy

para quienes estamos aquí un acicate en nuestro amor a los demás. Cuando todo se va, el amor queda. La

muerte borra todo, menos lo que hemos amado. Si esta trágica muerto nos descubriera a todos que la

preocupación por el bien común, por la grandeza de la nación, por su convivencia pacífica en la justicia,

por su elevación y desarrollo en todos los órdenes - económico, cultural, político, religioso -, son tareas

que a todos nos incumben como españoles y también como cristianos, habríamos logrado que ésta fuera

una hora de fecundidad y no sólo de llanto.

Y permitidme ahora que incluya con un recuerdo personal que me conmueve especialmente. No creo que

sea revelar ningún secreto si digo que, hace al menos de un año, en una de cartas que tuve la fortuna

de cazarme con el almirante Carrero Blanco, él escribió una frase que estimo que es hoy su mejor elogio:

"Ha de saber, señor cardenal - me decía -, que para mí es más importante ser hijo de la Iglesia que ser

vicepresidente del Gobierno."

Es a este hijo a quien la Iglesia recibe hoy y le devuelve lo único que la Iglesia tiene: su oración Su

oración y la esperanza, la certeza, de que su entrega a los de-más no fue baldía.

Es a esta esperanza a la que os invito a todos. Es en esta serena oración en la que os pido me acompañéis.

 

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