Autor: López Rodó, Laureano. 
   Al mes de la muerte de Carrero Blanco     
 
 ABC.    20/01/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

AL MES DE LA MUERTE DE CARRERO BLANCO

CONOCÍ a Luis Carrero - siempre le llamé así y no sabría llamarle de otro modo - allá por los

años 40, en la Escuela Naval de Marín. Las relaciones de la Escuela Naval con la Universidad de

Santiago eran frecuentes: intercambio de profesores y de alumnos, cursos de conferencias, etcétera.

Luis Carrero, marino hasta la médula, como su padre y como todos sus hijos varones, acudía a Marín a

verles cuando eran alumnos de la Escuela. Allí estaba en su ambiente. Junto a los ventanales de la sala de

estar, cara a la ría y a ese paisaje de maravilla, se formaban en torno a él tertulias francas, llenas de

interés. Era un gran conversador. A lo largo de los años he participado en muchas de sus tertulias.

Recuerdo el asombro de Pepe Mateu de Ros cuando descubrió hace dos veranos en la residencia de

Ensidesa, en Avilés, esa faceta, poco conocida, de Carrero, ya entonces almirante y vicepresidente del

Gobierno: la amenidad con que contaba anécdotas del Caudillo, episodios de nuestra Historia reciente y

exponía sus ideas serenas, cargadas de buen sentido, sobre diversas cuestiones políticas, como un

contertulio más, en la terraza de La Granda. Sabía perfectamente cuándo y con quiénes podía explayarse.

Cuando lo exigía la prudencia se abroquelaba; cuando la ocasión ara oportuna desplegaba velas y su

conversación abría surco profundo.

En una de mis muchas visitas a la Escuela de Marín, siendo catedrático de la Universidad compostelana,

me presentaron a Carrero e hice buena amistad con él. Aquí comienzan mis recuerdos de ese hombre de

una pieza, de ese gran caballero que diez años más tarde - en 1956 - me llamó a su lado para trabajar

siempre a sus órdenes inmediatas hasta el mismo día de su muerte trágica.

Me resulta difícil contar algo de él en el breve espacio de los cuatro folios que me ha pedido Torcuato

Luca de Tena. Son tantas las cosas que le he oído, las actuaciones de que soy testigo; está, en cambio, tan

cerca todavía el magnicidio y me ha conmovido tan profundamente, que no puedo ordenar las ideas ni

verlas con perspectiva.

Recuerdo que contó en una ocasión cómo llegó a la política:

«A fines de 1940 - decía - estaba yo tan lejos de pensar que iba a colaborar con el Caudillo, a su lado,

como si en aquella fecha me hubieran dicho que navegaría en un submarino nuclear. Yo era entonces jefe

de Operaciones del Estado Mayor de la Armada. Hitler con su Ejército en los Pirineos presionaba para

que España entrara en guerra. Se celebró la entrevista de Hendaya que terminó con el histórico «ya

veremos» del Caudillo, quien encargó luego unos estudios sobre el tema. A mi me correspondió realizar

el relativo a la Marina. En mi Informe, en contra de la opinión sustentada por la mayoría de los políticos

que rodeaban al Generalísimo, expuse las razones que aconsejaban mantenernos alejados del conflicto. Y

este informe me llevó a la Subsecretaría de la Presidencia. Todo el trabajo que he podido realizar a lo

largo de más de treinta años nada significa en comparación con el sacrificio de los centenares de miles de

hombres que dieron su vida por España.»

Esta idea de la entrega al servicio de la Patria hasta la muerte la llevaba metida en el alma. La exteriorizó

una vez más, recién nombrado presidente del Gobierno, en su discurso ante las Cortes del 20 de julio

último, exactamente cinco meses antes de morir asesinado:

«Con esta designación - dijo - no se me ha conferido un privilegio, sino que se me ha pedido un servicio;

y un servicio a España no puede rehuirse, máxime cuando tenemos el ejemplo de la total entrega al

servicio de la Patria de nuestro Caudillo y el para mí imborrable recuerdo de los miles de españoles que,

en la plenitud de su juventud, dieron su vida, que era lo más que tenían, para que España se salvara.»

Otro recuerdo directo de Carrero corresponde a la víspera de su muerte. El 19 de diciembre recibió a

Kissinger en su despacho de Castellana, 3, el mismo que venía ocupando durante treinta y tres años, al

que llegaba todos los días a las diez de la mañana y del que rara vez salía antes de las diez de la noche. La

entrevista fue del mayor interés. Como es lógico no voy a relatarla. Pero sí diré que el planteamiento que

hizo nuestro presidente del Gobierno de los temas relacionados con la defensa del mundo occidental le

acreditan como verdadero estadista. En un momento de la conversación, Carrero se levantó de su butaca,

junto al sofá en que se sentaba Kissingsr, y tomó un bloc de notas que tenía sobre su mesa de trabajo.

Dibujó un mapa: una afinidad más con su paisano santanderino Juan de la Cosa. Dibujaba muy bien y hay

quien tiene coleccionados docenas de dibujos hechos a lápiz - en negro, azul y rojo - en hojas del bloc del

Consejo de Ministros. A la vista de ese mapa expuso sus ideas sobre los diversos tipos de guerra que

amenazan a Occidente, deteniéndose en especial en la guerra subversiva: «la más peligrosa y de mayor

actualidad» - dijo -. «Frente aI peligro de guerra nuclear está la superioridad atómica de los Estados

Unidos; frente a la guerra convencional, aunque la situación de Occidente es peor, hay, sin embargo,

planes defensivos conjuntos. En cambio no sabemos aunar esfuerzos frente a la acción subversiva, que es

la principal arma del comunismo.»

Estas palabras de Carrero cobran la máxima fuerza dramática, pues no transcurrieron ni siquiera

veinticuatro horas desde que las pronunció hasta que murió, víctima del atentado terrorista.

De Carrero cabe decir, empleando sus propias palabras antes citadas, que dio también su vida, que era lo

más que tenía. En aquel mismo discurso ante las Cortes había declarado solemnemente:

«Ni tengo ni he tenido nunca el más mínimo interés en entidad o empresa de ningún tipo, ni agrícola, ni

industrial, ni de servicios. Todo mi interés está concentrado en la gran empresa de todos que se llama

España.»

En el entierro del presidente, Castellana arriba, oí gritar a una mujer: «¡Han asesinado a Carrero, pero

España vive!»

Su muerte brutal nos ha conmovido a todos y nos invita a la reflexión. Luis Carrero, hombre de honor,

caballero a carta cabal, es ya hoy no sólo el capitán general de la Armada, duque de Carrero Blanco, gran

figura de nuestra Historia contemporánea, sino mucho más que eso: es un símbolo de lealtad y un

ejemplo.

«Si se admite la posible existencia de matices, sectores, grupos o lo que se ha dado en llamar «familias

políticas» - decía -, quede bien claro que estoy con todos en general y con ninguno en particular.»

Estas palabras revelan su grandeza de ánimo, un espíritu abierto que no hace acepción de personas, que

concibe la política como una gran empresa nacional, como una gran mesa redonda en la que han de caber

todos los caballeros.

Laureano LÓPEZ RODO

De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

 

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