Autor: Monzón, Manuel. 
   Confesiones de un colaborador de Carrero     
 
 ABC.    21/01/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

CONFESIONES DE UN COLABORADOR DE CARRERO

HA transcurrido un mes desde que el presidente del Gobierno fuera víctima de un vil y

desgarrador atentado que acabó con su vida de servicio y entrega. Aquel mismo triste

atardecer del 20 de diciembre, mientras rumiábamos nuestra amargura, pregunté a uno de sus

más íntimos colaboradores por qué no escribía algo sobre aquel gran patriota que había sido

su jefe. Profundamente afectado, me replicó:

- No es el momento. Es hora de reflexión.

Habiendo dejado atrás este intenso mes que hemos vivido y después del nombramiento del

nuevo presidente y su Gobierno, creí poder y deber recabar nuevamente de la persona a que

antes me refería que se decidiera a escribir sobre nuestro almirante muerto, caído en combate

de esa nueva modalidad de guerra, sorda e insidiosa - en este caso protagonizada por

hombres de una región españolísima a la que él quiso entrañablemente -, en la que muchos no

creían: la guerra subversiva. Confieso mi fracaso. Este íntimo colaborador del presidente

asesinado no ha querido tomar la pluma directamente porque no quiere salir del anonimato al

amparo de quien en vida y en el desempeño de su alta función deseó siempre pasar

inadvertido. Ha aceptado, sin embargo, en honor al ilustre estadista, contarme algunas cosas

del hasta hace un mes presidente de nuestro Gobierno.

- Pregúntame lo que quieras.

- ¿Cómo era el almirante?

- Ante todo y sobre todo un profundo creyente, un providencialista. Todo lo dejaba en manos de

Dios. Hablamos precisamente alguna vez de su seguridad personal y siempre contestaba: «Si

Dios quiere que me suceda algo, de nada habría de servirme una mayor protección. Por eso

hay que estar preparado.» Era asimismo un hombre sencillo, absolutamente asequible,

inspirador de confianza, afable, correcto y extremadamente honesto. Era ejemplar. ¿Su mayor

ilusión? Estar con los suyos. Durante los veranos, en Chipiona o en el Puerto, antes de

reincorporarse a sus tareas de gobierno, solía decir con pena: «Me quedan sólo dos días»,

igual que un guardiamarina al aproximarse el término de su permiso estival. ¿Su mayor

ambición? Servir escrupulosamente a España, con fe ciega en el Caudillo. «Quién mejor

presidente del Gobierno que el propio Caudillo», serían sus palabras ante cualquier comentario

en tomo a la necesidad de cubrir en vida de Franco ese alto cargo. Cuando se le hablaba de

aspirantes a «presidenciables», siempre comentaba: «No saben lo que es esto.»

- ¿Era inteligente?

- Mucho. Tenía una inteligencia cultivada, aunque procurara exteriorizarla siempre con

planteamientos de ciudadano medio. Sin embargo, guiado de su modestia extrema, solía decir:

«No sé el grado de inteligencia que Dios me ha dado - siempre el nombre de Dios en los labios

-, pero sí sé que tengo una gran voluntad para servir a España y al Caudillo.»

- ¿Buen interlocutor?

- Yo diría que aceptable. No obstante, era mejor lector que interlocutor. Cualquier papel o

documento lo leía atentamente, subrayándolo abundantemente en rojo y haciendo anotaciones

marginales. No le gustaban las imprecisiones, lo que era natural en quien, como él, manejaba

tan fluidamente la pluma.

- ¿Cuál era su libro de consulta predilecto?

- Sin lugar a dudas, las Leyes Fundamentales. Encuadernado su ejemplar en piel marrón, lo

tenía materialmente destrozado. Se la sabía casi de memoria, pero las consultaba

constantemente para dar con el término exacto o con la expresión apropiada.

- ¿Qué significaba para el almirante el Príncipe de España?

- La continuidad pensada y propuesta por el Caudillo y aceptada por las Cortes Españolas. Su

fidelidad y lealtad al Generalísimo las hacía extensivas, cuantitativa y cualitativamente, al que

ha de ser Rey de los españoles. Los éxitos popukares de los Príncipes los consideraba siempre

como propios y con gran alegría.

- ¿Cuál fue su pensamiento político?

- El que reflejan tos Principios Fundamentales del Movimiento, con una marcada obsesión por

la reforma de la empresa - participación del trabajo en la gestión empresarial y sus beneficios -,

por la igualdad de oportunidades para la posesión de los bienes inapreciables de la cultura, por

el perfeccionamiento de los cauces representativos y, por último, por la modernización de las

Fuerzas Armadas, hacia las que sentía el natural cariño que puede imaginarse.

- ¿Qué pensaba de las asociaciones políticas?

- Que si habían de convertirse en los tradicionales partidos políticos socavarían los pilares

básicos de la comunidad nacional. No negaba sus ventajas como cantera de vocaciones

políticas o como intento serio de adaptar el Movimiento a las exigencias de la hora presente.

Tenía sus dudas, pero admitía la existencia de corrientes de opinión, siempre que no se

desviaran de la fidelidad a los Principios Fundamentales del Movimiento.

- ¿Dio más que recibió?

- Esa pregunta te la contestaría el español de la calle con la misma suficiencia que cualquiera

de los que estuvimos junto a él de forma contundente. Dio el ciento por uno. En treinta y dos

años de vida pública no guardó rencor a tantas infidelidades y desviaciones. Siempre estaba

dispuesto a olvidar, a corregir un juicio que estimase equivocado. Bastaba una prueba mínima

de buena voluntad ó la simple advertencia de que tal o cual actitud podía resultar perjudicial al

bien común para que no tuviera el menor inconveniente en variar sus criterios, nunca rígidos.

Sí, dio muchísimo más de lo que recibió. Ahora será él quien habrá recibido el ciento por uno.

Ahora puedo y debo decir que él mantenía vivas su fe y esperanza de que el progreso, social

consiguiera poner en evidencia toda la falsedad de la ideología comunista y detener el avance

de su acción proselitista; creía que los hombres del Sistema acabarían uniéndose en un sólido

bloque - el Movimiento Nacional - cuando se dieran cuenta de que lo que se ponía en juego no

era sólo una forma de gobierno, sino los mismos cimientos de una sociedad cristiana. No

estaba con nadie en particular, sino con todos aquellos que se mostraran dispuestos a

«empujar el carro» del Régimen; creía en la Política (con mayúsculas) como arte noble,

mientras que la política con minúsculas y lo que lleva consigo de intriga y enanismo le daba

asco.

En fin. Dios ha querido llevarse a un caballero sin miedo y sin tacha y a un patriota ejemplar.

Que su trágica muerte nos invite a todos a meditar sobre el erróneo camino que quizá

estuviéramos siguiendo. Tomemos decididamente el sendero de la verdad y unámonos todos

para conseguir que España sea cada vez más grande, más justa y más libre.

Manuel MONZÓN

 

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