Un año después     
 
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Un año después

CON independencia del Juicio crítico político que merezca la figura histórica del almirante Carrero

Blanco, es justo recordarle hoy con el reconocimiento que merece su figura de estadista plenamente

entregado a servir a la nación y al Estado. Leal, humilde y honesto, don Luis Carrero vio en el ejercicio

del poder un servicio y supo ser un intérprete fiel de las directrices del Jefe del Estado. No es hora de

señalar diferencias con determinadas concepciones y prácticas políticas del estadista alevosamente

asesinado hace hoy un año. Pero la figura de don Luis Carrero era de tal importancia en el momento del

asesinato, que no podemos desconocer éste como un hecho a partir del cual se desarrolla en el país un

proceso de aceleración histórica. En primer lugar, el propio hecho de que en los días que siguieron al

atentado no se produjera el vacío político que algunos temían. La calle y los responsables de la

gobernación del país respondieron con serenidad al reto del terrorismo, y la prueba, dramática sirvió para

demostrar la voluntad colectiva de dirimir en paz las discrepancias políticas.

Pocos días después del suceso que hoy cumple un año se resolvía la incógnita de la persona que habría de

presidir el Gobierno, desvinculado su Presidencia de la Jefatura del Estado seis meses antes. Después, la

renovación en profundidad del Gabinete, el discurso, creador de expectativas, del 12 de febrero, la

enfermedad del Jefe del Estado, la interinidad del sucesor, la reasunción de poderes por Franco, la

polémica finalmente sobre las asociaciones políticas y el cumplimiento de la promesa hecha en ese

sentido por el presidente Arias, convierten los últimos doce meses, el año 1974, en un período de

intensificación del "tempo" político.

El Gobierno Arias Navarro, nacido a la postre de una situación traumática, podía haber optado por un

cerrojazo político. Jamás habríamos compartido tal salida a un 20 de diciembre, que hubiera sido tan

comprensible como errónea e injusta. El Gobierno Arias Navarro optó inteligentemente por continuar el

proceso político previsto en la Ley Orgánica.

Como primer paso de tan inteligente planteamiento el Gobierno suscribió el llamado "programa del 12 de

febrero", en el que se prometían incompatibilidades parlamentarias, nueva ley de Régimen Local,

desarrollo y actualización del aparato sindical y Estatuto de Asociaciones Políticas.

Aquel programa del 12 de febrero, pese a que nacía de una necesidad de cambio y tenía como punto de

partida la madurez y estabilidad de la sociedad, encontró resistencias y temores que no tardaron en

manifestarse y plantear la tensión política entre dos concepciones, una más inmovilista y otra más

decididamente aperturista dentro de la ortodoxia.

A lo largo de estos doce meses el presidente Arias ha desplegado paciencia, firmeza y perseverancia para

cumplir los plazos de unas promesas programáticas. Carrero había dicho: "No hay inmovilismo en

nuestro sistema", y Arias ha tratado de ser consecuente con este principio, reflejando en la normativa una

realidad diferente, mucho más sana, a la del país que existía/ en momentos de la victoria de las fuerzas del

Movimiento. No hay otro camino. Cualquier intento eficaz de congelar el tiempo político daría lugar a un

vacío. Hoy queremos repetir el concepto con que titulamos nuestro editorial hace un año: que no se pare

el reloj.

 

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