Autor: Pita da Veiga y Sanz, Gabriel. 
   El almirante  :   
 En el tercer aniversario de la muerte del señor Carrero Blanco. 
 La Vanguardia.    19/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL ALMIRANTE

EN EL TERCER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL SEÑOR CARRERO BLANCO

Sin olvido del empleo de capitán general de la Armada y del título de duque de Carrero-Blanco, que le

fueron concedidos a título póstumo; ni del cargo de presidente del Gobierno en que le sorprendió la

alevosa muerte, don Luis Carrero Blanco permanece en nuestro recuerdo como el almirante Carrero.

Durante muchos años, dentro o fuera de los ambientes políticos y navales, él fue, por antonomasia, el

almirante.

Lo era por su vocación y por su formación. De familia militar, fue el primero de su estirpe que escogió el

servicio en la mar. Ingresó en la Armada, como lo hacíamos entonces, niño aún y apenas alcanzada la

mayoría de edad participa en las jornadas de Alhucemas como segundo comandante del patrullero

«Arcila».

En 1936, a los treinta y tres años de edad, era ya un oficial distinguido. Submarinista, como tantos de los

mejores oficiales de entonces, había sido comandante del submarino «B-5». Estudioso, había superado

brillantemente los cursos de Estado Mayor en la Escuela de Guerra Naval de Madrid, primero, y en la de

París a continuación.

Brillaba entonces en Francia, en plena y fecunda labor creadora, el almirante Castex, una de las figuras

cimeras del pensamiento estratégico naval.

Eran años de intenso y apasionado debate, impulsado de un lado por las conferencias navales de Londres

y de Washington y de otro por la realización de los grandes programas de armamentos que preludiaban el

estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Tal fue el ambiente, el «clima», en el que maduró el pensamiento estratégico y táctico del entonces

capitán de corbeta Carrero. Con esa profunda y amplia base de conocimientos y experiencias, la mar le

esperaba con nuevas y crecientes responsabilidades: comandante del destructor «Huesca» primero, del

submarino «General San-jurjo» después y, finalmente, jefe de Estado Mayor de la División de Cruceros

tras la pérdida del «Baleares», vivió intensamente esa importancia de la mar en la estrategia española que

luego se esforzaría por transmitir y divulgar en su copiosa obra escrita.

Se ha aludido con frecuencia a un informe sobre los aspectos navales de la eventual implicación de

España en la guerra mundial emitido por el entonces capitán de fragata don Luis Carrero en su condición

de jefe de Operaciones del Estado Mayor de la Armada. Se ha señalado la decisiva influencia de ese

documento en el mantenimiento de la neutralidad española y su trascendencia en la vida misma del autor,

nombrado poco después subsecretario de la Presidencia. Queda para el historiador naval el contraste

crítico de las estimaciones y juicios contenidos en aquel informe y el ulterior desarrollo del conflicto

bélico.

Llevado a la política, no declinó su vocación y su formación naval siguió rindiendo valiosos frutos a la

Armada en su larga etapa de profesor de Táctica en la Escuela de Guerra Naval. Allí fue maestro de una

generación completa de jefes y oficiales que agrupados a su alrededor, orientados por su magisterio y

estimulados por su tesón, trabajaron y superaron la penuria material de la posguerra.

Privados de fuentes de información exteriores, el riguroso análisis de las acciones navales de la guerra

mundial y el detallado estudio de las nuevas posibilidades de las armas y de los sistemas de detección dio

el fruto de una total revisión de la doctrina táctica de la Armada, cuya validez se hizo patente cuando fue

posible contrastarla con los criterios vigentes en las Marinas más avanzadas.

Su rigor didáctico le hacía valorar la importancia de la formación básica del oficial. Esta inquietud y su

enorme capacidad de trabajo le movieron a escribir un libro, la «Cinemática Aeronaval», años más tarde

revisado y ampliado por él mismo, que es a la vez texto de la asignatura en la Escuela Naval Militar y

obra de referencia y consulta para todo oficial de Marina.

Él fue, ya en los años sesenta, el inspirador del programa naval, verdadera síntesis de su pensamiento

táctico que, con economía de medios, se orienta a formar una fuerza naval equilibrada y eficaz, centrada

en el grupo de combate.

El meditado estudio de la experiencia bélica cimentó su firme convencimiento de la necesidad e

importancia del arma aérea en la Armada. Bien me consta, como almirante jefe del Estado Mayor de la

Armada primero y como ministro de Marina después, el importante papel desempeñado por el almirante

Carrero en su creación y en su desarrollo actual. ¡Cómo se habría henchido de alegría su corazón viendo

despegar del «Dédalo» los aviones «Matador»!

Este era el almirante. Sobrio y austero; desprendido de los bienes materiales, rico en la fe y firme en las

convicciones; honrado en extremo y leal sin límites; llano en el trato y ayuno de vanagloria; cordial,

sencillo y afable tras el ceño adusto. Amante de la familia, de la Patria y de Dios.

Así era el hombre, cuyo recuerdo en el tercer aniversario de su muerte pone ante nosotros el amplio

catálogo de virtudes sinceramente vividas que hicieron de él un caballero cabal.

Almirante Carrero Blanco. ¡Presente!

20 de diciembre de 1976

Gabriel PITA DA VEIGA

Ministro de Marina

 

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