Autor: Gállego, Vicente. 
   Cataluña y la Real Academia Española     
 
 ABC.    12/03/1964.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

MADRID, JUEVES 12 DE MARZO DE 1964. MADRID. APARTADO NUM. 43

ABC EDICIÓN SEMANAL AEREA DE INFORMACIÓN GENERAR AÑO XV N.741

PRENSA ESPAÑOLA, 8. A.: REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61,

CATALUÑA Y LA ACADEMIA ESPAÑOLA

En tiempos, la Real Academia Española tenía que cubrir sus vacantes entre los residentes en Madrid. Ese

muro reglamentario desapareció, pero la impenitente rutina en que caen corporaciones e individuos ha

impedido que el hecho haya trascendido a la realidad de la docta casa. La línea de menor resistencia

esquiva los contactos con las nuevas situaciones y todo viene a quedar igual que antes. Siempre hay un

amigo prestigioso al que votar y algún agente cordial para muñir su candidatura. No se comete injusticia,

pero sí olvidos perniciosos. Llega un punto en que el balance no es presentable, no puede ser aceptado por

ningún contador jurado.

Se desvirtúa el propósito fundacional si las corporaciones de espíritu abierto se convierten en una especie

de cotos herméticos donde para entrar no basta exhibir los títulos justificativos, sino "tener ambiente",

contar con amigos. Al redactar su juicio critico sobre el reinado de los dos primeros Borbones de la

Monarquía española, dice el historiador Lafuente que "fueron protectores decididos de las letras y que

bajo su amparo las ciencias y las artes empezaron a sacudir el marasmo y a salir de la esclavitud en que

habían estado sumergidas en los últimos tiempos. Gloria será siempre—añade—de la primera mitad del

siglo XVIII y de los soberanos que en ella reinaron, la creación de esos cuerpos literarios que son al

propio tiempo manantiales fecundos y depósitos perennes del saber, focos inagotables de luz que están

alumbrando perpetuamente, sin morir ni agotarse nunca, a semejanza del sol".

Alude—y lo precisa después—a las Academias que crearon los dos Monarcas y entre ellas a la Española,

nacida por Real cédula de Felipe V en octubre de 1714. No ha caído en marasmo, pero sí en esclavitud

geográfica, en centralismo, y a esos focos de luz hay que añadirles nuevos resplandores con la

incorporación de otras literaturas distantes de Madrid. Por ejemplo, la radiante antorcha de las letras

catalanas, cultivadas en idioma español, sea castellano o catalán, con más abundancia en castellano. Por

un conjunto de circunstancias, su representación en la Academia es tan ilustre como menguada.

Integran hoy la Española 34 insignes varones: diez castellanos, ocho andaluces (cinco granadinos, dos

sevillanos y un gaditano), seis gallegos, cuatro valencianos, dos aragoneses, un catalán (leridano), un

vasco, un extremeño y un francés de nacimiento, pero de ilustre abolengo español. Sorprendente

distribución geográfica. Reducida a términos deportivos resulta que Granada gana por 5-0 a Barcelona,

resultado a todas luces injusto, anormal y escandaloso. Los cinco tantos granadinos son, sin duda,

legítimos, pero algo ha sucedido con el equipo arbitral: se ha dormido. Es preciso que el balón vuelva al

centro del campo y continúe el juego. Barcelona tendrá que apuntarse ocho o diez tantos para que el

marcador quede más equilibrado. Ese cero sarcástico tiene rápidamente que desaparecer.

Sería capcioso argumento replicar que la Academia no mira la naturaleza de sus candidatos porque sólo

los méritos pesan en su ánimo. Son, sin embargo, razones de proximidad las que influyen de modo

decisivo, porque si así no fuera las letras catalanas tienen tan múltiple valor que desequilibrarían no pocas

balanzas. Roto el viejo prejuicio de la residencia en Madrid, no basta ya buscar en lo cercano; hay que

mirar más lejos y olvidar los recuentos amistosos, los ambientes de compromiso y las ceremonias de

antiguas cortesías. Importan más las luces, estén donde estén.

Hubiera sido insigne acierto que la Academia mostrara urgente impaciencia por llevar a su seno a las más

altas figuras de la literatura de Cataluña. Resultaría una forma de engrandecimiento, de ampliar los

estrechos limites actuales para que entrara a torrentes la luminosidad mediterránea. Lo exige también la

más noble política. Un gran escritor catalán, "Gaziel", ha puesto un estupendo «prólogo a la edición

castellana de su libro "Castilla adentro". "Suponer—dice—que no debemos preocuparnos especialmente

de esa alma en pena catalana, es ignorar que el separatismo no ha sido nunca una causa, sino un puro

efecto. La causa esencial, la verdadera, es el expulsionismo a que se vieron condenados dentro de la

Península Ibérica los que en modo alguno podían, porque es radicalmente distinto a su naturaleza,

renunciar a lo más profundo y auténtico de su ser para castellanizarse por completo." Y más adelante: los

ex-pulsionistas "indignaban a Maragall porque no admitían que pudieran ser tan españoles, al menos

como ellos, quienes experimentan la imposibilidad espiritual de serlo como un puro remedo o emanación

de ellos".

En el mismo trabajo hace "Gaziel" una fría, inteligente, implacable condena del separatismo, que califica

de falso, anacrónico y estéril "como hijo legítimo de su antagonista; el expulsionismo anticatalán".

Hay en Cataluña—y en el resto del territorio nacional—un españolismo huero de chinchín y tambor,

aborrecido por Maragall y por muchas mentes ilustres. Fero hay otro españolismo más profundo y

exasperado que contempla a Castilla con inmensa amargura porque no la encuentra a la escala de su

misión histórica. Se resiste a perder la fe de que algún día la Castilla que forjó la unidad de una España,

que no es como ella la proyectó y la quiso, hará suyo el gran ideal peninsular y lo convertirá en viva y

operante sustancia. En ese españolismo desesperado se alinea Maragall cuando clama en su "Oda a

Espanya":

¿Dónde estás, España? No logro verte. ¿No te hiere mi voz atronadora? ¿No entiendes esta lengua que te

habla entre peligros? ¿No sabes ya comprender a tus hijos?

Ese grito desgarrador a la madre distraída que no entiende la lengua que le habla con atronador acento, ni

comprende los anhelos del hijo, no es el único que se ha alzado desde las entrañables y privilegiadas

tierras de Cataluña. Con expresión de hoy, dice Salvador Espríu:

Diversos son els homes y diverses les parles convindrán molts noms a un sol amor.

A ese solo amor, en que coincidirán hombres diversos y lenguas distintas, hay que corresponder con

ardiente sinceridad. Es un sentimiento que alcanza aún más a los intelectuales que a los políticos. Muchos

escritores madrileños, por residencia o nacimiento, siguen con atenta admiración y simpatía la fecunda

actividad de los catalanes en su obra filosófica, de creación literaria, de ensayo, de investigación y de

crítica. Una literatura gloriosa de la que se puede decir lo que Alfonso XIII dijo de Cataluña: el más rico

florón del reino.

Pero obras son ,amores. La indiferencia, aunque sea aparente, aunque no exista más que en la superficie

de unos hechos que deben más a la rutina que a los actos conscientes y deliberados, tiene que desaparecer.

Las letras catalanas, las que viven y se desarrollan en aquel litoral, tienen que hacer su entrada por la

puerta de los inmortales que se abre en la calle de Felipe IV para las recepciones solemnes. Fue

precisamente a. Felipe IV a quien Quevedo dedicó el más importante de sus discursos políticos y lo

encabezó con palabras que hoy, salvo ligeras variaciones, puede tomar la Real Academia como dirigidas a

ella: "Tiene vuestra majestad de Dios tantos y tan grandes reinos, que sólo de su boca y acciones y de los

que le imitaron, puede tomar modo de gobernar con acierto y providencia."

Que Dios dé providencia y acierto a esos altos varones que disponen de los grandes reinos del idioma. Y

que sepan ensanchar, acrecer y avivar el esplendor que figura en el crisol de su divisa.

Vicente GALLEGO

 

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