Autor: Luca de Tena y Brunet, Torcuato (MERLÍN; ABC). 
   La dejación de autoridad y la máxima pena a la luz de la ciencia política y la teología moral     
 
 ABC.    02/02/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

LA DEJACION DE AUTORIDAD Y LA MAXIM A PENA A LA LUZ DE LA CIENCIA POLÍTICA Y

LA TEOLOGÍA MORAL

TENGO sobre mi mesa dos libros complementarios: un primoroso ejemplar de la segunda edición de

•Empresas políticas», de Saavedra y Fajardo, impresa en Milán en 1642 (la primera se compuso en

Monaco en 1640), y "La Ley de Cristo» del notable teólogo alemán Bernhard Harina, en la versión

española de Juan de la Cruz Salazar, editada en Barcelona por Herder, en 1961. En la primera de estas

obras se trata el tema de la "delación de autoridad», que don Diego Saavedra engloba bajo el vocablo de

"Conmiseración», y en la segunda se alude a la pena de muerte, como castigo a algunos delitos de sangre,

a la luz de la teología moral.

Las "Empresas», también tituladas •Idea de un príncipe poltíico cristiano», están dedicadas al heredero de

Felipe IV, a quien entonces Saavedra Fajardo servia como embajador, y contienen los más sabrosos,

amenos, ingeniosos, lúcidos y, a veces, severisimos consejos que un hombre avezado y curtido en los

negocios públicos puede dar a un joven político.

Que su autor no pensaba tan sólo en el futuro Monarca queda bien patente en las palabras con las que

cierra uno de sus capítulos: «No he podido escusar estos advertimientos, porque si bien habla con Vuestra

Alteza este libro, también habla con los demás príncipes que son y serán.» Y es ocioso advertir que al

decir "principes» no se refiere tan sólo a los de sangre real, sino a cuantos, en las Monarquías o en las

Repúblicas, llevan sobre sus hombros las responsabilidades del Gobierno. Es, por tanto, "Las empresas»

una obra escrita por y para políticos. ¡Lástima que éstos, tan acuciados por los imperiosos afanes de cada

día, tengan tan poco tiempo para el sosiego, el placer y el provecho de leer los consejos de los sabios!

Habla Saavedra de la ira en los gobernantes y después de afear la cólera, y defender la mesura, máxime en

aquellos en quienes el pueblo tiene puestos los ojos, expone sus excepciones. ¿No expulsó Cristo, que era

la misma mansedumbre, a latigazos a los profanadores del templo? Hay casos en que Saavedra pide ira al

gobernante «cuando la razón la mueve y la prudencia la compone». Incluso llega a decir que «donde no

está la ira falta la justicia». «La paciencia demasiada» aumenta los males. «Sufrirlo todo (es decir, el

lenguaje vulgar de hoy, "aguantarlo todo", "tolerarlo todo"), o es ignorancia, o es servidumbre, y algunas

veces poca estimación de si mismo.» «El durar en la ira para satisfacción de agravios y para dejar

escarmiento de injurias hechas a la dignidad real (a lo que añadiríamos nosotros "hechas a la dignidad

nacional") NO ES VICIO, SINO VIR. TUD. en la que no queda ofendida la mansedumbre.»

Esta tesis la culmina Saavedra Fajardo con un ejemplo que estremece de puro esclarecedor. El pueblo, la

sociedad nacional, participa de la soberanía de los principes, y una ofensa hecha a la autoridad de los

gobernantes es una ofensa hecha al pueblo mismo, a la entera comunidad, De aquí que el perdón, el

olvido del delito, no pueden hacerlo, concederlo unos pocos en nombre de unos muchos, porque hay

casos en que el reto, la ofensa ha sido hecha a la comunidad entera. Y esta comunidad exige ser

desagraviada. Exige, sobre todo, ser protegida. Las palabras de aquel pensador español del siglo XVII son

de una perfecta ortodoxia democrática tal como la entendemos en el siglo XX: «Parte es de la República

la soberanía de los príncipes y no pueden renunciar éstos (los gobernantes) a las ofensas e injurias»

{cometidas contra una soberanía de la que el pueblo es parte).

Todo esto lo dice Saavedra Falardo como aclaración, como refuerzo, a la defensa de la autoridad hecha en

páginas anteriores, o (por mejor precisar) a la condena de la dejación de autoridad. He aquí sus palabras:

«No es menos dañoso en los príncipes —y reitero que con este vocablo se refiere a los gobernantes— "la

conmiseración", cuando ligeramente se apodera del ánimo y no deja obrar a la razón y a la justicia,

porque condoliéndose de entristecer a otros con el castigo, no se oponen a los inconvenientes, aunque los

reconozcan... Y dejan correr las cosas, i Hácense sordos a los clamores del pueblo! No les mueven a

compasión los daños públicos..., y la tiene ) de tres o cuatro que son autores deilos.» «{Flaqueza es de la

razón, cobardía de la prudencia...!»

Saavedra Fajardo no fue propiamente un eclesiástico u hombre de Iglesia. Estuvo tonsurado de menores y

obtuvo una canonjía por la catedral de Santiago mas no llegó a ordenarse de sacerdote. Estudió cinco años

de Jurisprudencia y Teología en Salamanca, mas ni sus escritos ni su dedicación permitirían titularle

teólogo, sino político y diplomático. Y de los más activos. Y de los más sagaces. Sus puntos de vista

respecto al ejercicio de la autoridad son los de un hombre civil.

El segundo libro que tengo sobre mi mesa se subtitula «la teología moral expuesta a sacerdotes y

seglares», y está sellado con todas las bendiciones de los •Nihil Obstat» e •Imprimi Potest», que

exigen los cánones, tanto para su versión original alemana como para la castellana, cuyo "imprimase»

(1957) lleva el nombre de "Gregorio, arzobispoobispo de Barcelona».

Es esta obra, entre las modernas, una de las más serias y completas sobre la materia y he querido

contrastar en ella, desde el punto de vista de la "teología moral», el tema del ejercicio de la autoridad de

los gobernantes, que desde un ángulo puramente civil estudia Saavedra Fajardo en sus "Empresas

políticas».

Bernhard Háring lo trata en tres capítulos distintos. Los titulados "Derecho del Estado a infligir la pena de

muerte» (página 182); "El homicidio» (página 220), y "La muerte del injusto agresor», referida

concretamente a las obligaciones de los agentes del Orden Público. Los textos dicen asi:

a) "Pero si es verdad que no puede arbitrariamente disponer de la vida de sus subordinados, también es

necesario que el Estado tenga derecho coercitivo eficaz, para proteger tos derechos, la libertad y la

vrda de los ciudadanos contra atentados criminales. Por eso, en principio, no se le puede negar el

derecho a infligir la pena de muerte a los grandes criminales, cuando ello parece necesario para

salvaguardar los derechos de la comunidad.» (Pag. 182.)

b) «El Estado, por su parte, debe aplicar a los asesinos responsables y conscientes las más

severas penas, por lo regular, la de muerte, para proteger así la vida de los ciudadanos.» (Pag. 220.)

c) «La caridad fraterna obliga ciertamente a socorrer al prójimo cuando se encuentra amenazado por un

injusto agresor, pero dicha obligación no fuerza a herir de muerte ni a exponer la propia vida; A NO SER

QUE SE TRATE de defender al cónyuge, a los hijos, a los padres, A UNA AUTORIDAD

ESPECIALMENTE CALIFICADA, o en cumplimiento de un deber contraído por contrato, como es el de

los guardias y policías.» (Página 222.)

Como escribí en ocasión solemne y en fecha no muy lejana a un eminente eclesiástico (no muy conforme,

según deduzco, con las ideas aquí expuestas por Diego Saavedra Fajardo y Bernhard Háring), "no basta

que el delincuente sea débil y la Ley dura, para desacreditar a ésta en favor del primero, pues el mayor

mal que puede acaecer a un país seria que la Ley fuera débil y fuerte la delincuencia».

Y cabe preguntarse: ¿No habremos canzado ya tan peligrosa situación?

Anhelamos que el Gobierno desmiem esta hipótesis pesimista con hechos, del mismo modo que lo ha

anunciado con palabras.

Torcuata LUCA DE TENA

De la Real Academia Española

 

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