Autor: Figueras, Josep María. 
   La Lliga: una política de concordia     
 
 ABC.    26/10/1976.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

LA LLIGA: UNA POLITICA DE CONCORDIA

Cada vez son más las voces autorizadas que, a través de artículos en la Prensa, recogen una opinión y un

sentir mayoritario que podría expresarse con la palabra CONCORDIA.

Concordia entre Gobierno y oposición, concordia entre las clases sociales, concordia entre los ciudadanos

de los diferentes pueblos del Estado español.

Concordia que se debe materializar en pactos, en negociaciones, en formas razonadas de entendimiento y

comprensión. Formas democráticas. Formas iliberales, que sólo deben ser intransigentes respecto a la

coacción de la violencia.

Concordia que evite a toda costa la creación de frentes antagónicos e irreconciliables que dinamiten, nada

más instaurada, la democracia que todos los más queremos. El pueblo, el país, pide concordia. El pueblo,

el país, con la sola excepción de minorías armadas extremistas, quiere soluciones viables, posibilistas.

Está de vuelta de esa política apocalíptica que tan certeramente definió Cambó como «politica del todo o

nada».

¿Y quién, sino Francisco Cambó, supo resumir su ideario político, que era el ideario de la Lliga, con esa

hermosa palabra que da nombre a uno de sus escritos más lúcidos, más certeros, igualmente vigente hoy

como ayer...? Me refiero, claro está, a su escrito «Per la concordia».

Toda la historia de la Lliga está resumida en esta palabra llena de significado. Palabra patriótica como la

que más, toda vez que la Patria debe ser definida por un espíritu de concordia, de buena armonía, de

mutua fecundación entre todos aquellos pueblos que la componen. Pueblos con personalidad propia, con

vocación de autonomía. La Lliga concibió la «Espanya gran» como la unidad patria de todos los pueblos

de España. Una Cataluña libre, rica, poderosa, fecundando una España libre, rica, poderosa: tal sería, en

resumen, el ideal que intentó aportar la Lliga a la política española desde principios de este siglo.

En esa batalla debió luchar encarnizadamente en dos frentes, cada uno de los cuales igualmente

extremista, igualmente disolventes.

El asimilismo centralista protagonizado por la política de los partidos de turno, el separatismo oculto o

explícito protagonizado por ciertas tendencias de la Esquerra.

Con vistas a superar esa antinomia, en la que un extremo era el motor del otro, en verdadero círculo

vicioso, la Lliga logró aunar una política enfocada hacia el corazón mismo de Catalunya («Catalunya en

dins»), con una política de participación a escala nacional, que llevó a algunos de sus hombres más

eminentes —Ventosa, Cambó— a participar en el Gobierno del país.

¿Fue entendido este propósito de concordia? ¿Fue aceptado, fue fructífero? Una opinión superficial daría

pie a pensar que no, ya que en un país dado al extremismo irresponsable, esa política descontentaba a los

extremistas del Centro y a los extremistas catatanes. Una política de verdadera concordia parece luchar

contra corriente, contra una de las corrientes más nefastas y disgregadoras del temperamento político

español: su voluptuosa tendencia a los extremismos en todo orden de cuestiones.

La Lliga llevó a cabo, a través de su historia, uno de los más serios intentos por solidarizar todas las

fuerzas catalanas en una idea o ideal, limando los intereses particulares, de clase, de ideología, de cada

una de esas fuerzas. Esa idea, ese ideal era Cataluña. Pero entiéndase bien: "Cataluña dentro de l´Espanya

gran», la España grande.

¡Que mal comprendido fue, a veces, ese profundo patriotismo qué condujo a Cambó, a Ventosa, a pasar

por encima de los particularismos de los partidos de turno, después de la primera guerra mundial,

polarizados por el espejismo de sus filias y fobias particulares (aliadófilos, germanófilos...), y a

preconizar para España un «sagrado egoísmo» que le condujera, más allá de esas voces disgregadoras, a

reconstruir racionalmente toda la economía española, la hacienda, las obras públicas, desde unos criterios

que aún hoy nos asombran por su modernidad premonitoral. Fueron estos hombres de la Lliga,

especialmente Cambó, quienes por vez primera plantearon en serio y en profundidad una política

económica coordinada, planificada, en la que 1a visión de conjunto sobredeterminaba cada una de las

decisiones políticas concretas. Ellos fueron los primeros en sustituir el lenguaje retórico decimonónico de

las Cortes con cuestiones concretas en las que lo ideológico y lo político se anudaba estrechamente, sin

por eso quedar reducido o eliminado, con lo económico.

Se corre hoy el riesgo de recordar únicamente de la Lliga sus últimas y trágicas decisiones políticas,

acordes con el carácter trágico de los acontecimientos españoles durante la década de los treinta. Y

olvidar, en consecuencia, la historia precedente, la que condujo a la Lliga al frente de Catalunya y a

rejuvenecer, desde el Parlamento y desde el Gobierno, la política envejecida y caduca, del momento. Se

tiende a olvidar que fue la Lliga el movimiento más genuinamente «Regeneracionista», el que por vez

primera lanzó un aldabonazo mortal contra el sistema impuesto por la Restauración personificada en los

partidos de turno y soportado por el caciquismo y por la corrupción.

La Lliga, en este sentido, nace como movimiento real, movimiento popular, ligando su suerte al pueblo

catalán en lucha contra la política artificial, contra la democracia en parte adulterada por el canovismo.

Democracia adulterada que todavía hoy reclama para sí algún líder de la ultradsrecha conservadora

española, de esta sección de la derecha española, cuyo móvil principal y determinante es el miedo.

Nada quiso saber la Lliga con esa política artificial, basada en el caciquismo y en el control político,

explícito o velado, por vía gubernativa.

Pero la Lliga, y en esto también hay enseñanzas para el presente, no se limitó al puro rechazo y al borrón

y cuenta nueva, no inspiró ninguna opción de ruptura liquidadora del sistema vigente. Intentó lo más

difícil, pero lo único serio y responsable: abrir cauces vivos, vigorosos, en el seno de ese sistema político

empobrecido y ya caduco. De este modo intentó evitar toda solución traumática que condujera a la simple

«vuelta de la tortilla», esa fórmula a la que tan dados somos los españoles.

De ahí que el proyecto político de la Lliga se cruzara, en este punto, con los más serios intentos, los

únicos, de revitalizar el viejo sistema canovista, de inyectarle de realidad popular: el intento maurista, tan

criticado como mal comprendido, de la «revolución desde arriba», y el pragmatismo ejemplar, valiente y

lleno de ambición, de Canalejas.

Hoy todo lo que narramos es historia, pero, por lo mismo, fuente inagotable de inspiración, de ejemplo,

de guía para el presente. Ya que mucho hay que aprender de esa historia de la Lliga, muchas sugerencias

políticas que proseguir, muchas vías vivas por recorrer.

Ahora que renace la Lliga, nuestro empeño consiste en que lo que es ya historia se convierte para nosotros

en estímulo, en fuente de inspiración, en principio de ejemplaridad y en noble deseo de emulación.

Lo que vuelve a renacer es un organismo que ha tenido, como tantas cosas en este país, un trágico período

de ocultación, de olvido, da latencia. Pero hoy está el país maduro vara que lo que tuvo vida, y nunca dejó

de tenerla, crezca y se desarrolle, prolongando y superando una Historia que nos guía y que nos sostiene.

Josep María FIGUERAS

 

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