Autor: Lorenzo, Pedro de. 
   Primer acierto del Congreso de Cultura Catalana     
 
 ABC.    02/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ALMANAQUE

PRIMER ACIERTO DEL CONGRESO DE CULTURA CATALANA

Por Pedro de LORENZO

El Congreso de Cultura Catalana está en marcha. Su primer acierto es, para mí, que lo cuiden los

intelectuales, no que intervengan los políticos: la convocatoria ha nacido del Colegio de Abogados de

Barcelona; para suma y conocimiento expansivo se ha constituido en Madrid una Comisión de escritores

y de artistas.

Evocaba yo hace algún tiempo, en el homenaje a un catalán, intelectual vocado a la política, los

propósitos de unir en Barcelona a políticos y a intelectuales en torno a un intelectual y político. Decía

que, allá por los insensatos años veinte —años de Annual, el Directorio, el bajonazo a un reinado que

inscribió en la Historia un segundo siglo de oro de las Letras—, un escritor, mucho en saberes, profeso en

el espíritu, quiso rendir público aplauso de políticos y escritores a otro escritor y político.

Sí; recuerda Eugenio d´Ors como aparece Ramiro de Maeztu en Barcelona, 1920, 1921, y unos cuantos

hombres se reúnen con él para banquete de fraterna admiración, de amistad entrañable. Brinda el glosador

y en sus palabras —no sin una punta de complacencia— advierte lo que ve; y lo que entonces ve es lo que

no se ve: la ausencia de políticos ante aquellos, manteles. De la ausencia manifestante de los políticos,

gozoso más que doliéndose de esa circunstancia, Ors concluye:

—Y es que no hay remedio: ellos son ellos; nosotros, nosotros.

Muchas cavilaciones me ha llevado esa vieja y radical incompatibilidad, ésa —como dijera aquella noche

Eugenio d´Ors— lisiadura de nuestra ciudadanía, que viene del descoyuntamiento entre política e

inteligencia.

Políticos e intelectuales se desavienen, porque ni el político, arriesga hasta reconocer una razón más allá

de los límites propios de su partido, ni el intelectual respeta el compromiso de servir intereses

frecuentemente ajenos, cuando no en pugna con sus criterios creadores. Así el político renuncia a la

inteligencia y el intelectual se desentiende de la política.

Es, sí, fatal y con signo de fatalidad más bien trágica, el desencuentro de político y escritor. El escritor

aborrece los extremados tonos del político: el énfasis de la tribuna, el apeamiento del decoro en la

intimidad. Para decirlo con palabra de un escritor del improperio: del histriónico «Yo entiendo,

señores...», al cínico. «¡La verdad, chico...!»

Por su parte, el político desprecia la inutilidad del escritor. El escritor, en efecto, no es inmediatamente

útil; si panfletario, menos útil: útil, diría, al político rival, porque el panfletario acaba por hundir aquello

mismo que mercenariamente defiende.

Eso, el año veinte. El veintisiete, piensan en Cataluña y toman la iniciativa de salir al encuentro de

Cataluña un grupo de jóvenes escritores; se afana «La Gaceta Literaria» por un acercamiento de Cataluña

y Madrid. El primer número de esa revista, enero de 1927, incluye un artículo en catalán; diciembre, y los

primeros frutos de su empeño: Madrid celebra la Exposición del libro catalán. Pronto, primavera de 1930,

intelectuales castellanos visitan a Cataluña y protagonizan una sucesión de actos de insospechado alcance

en la línea de la mutua estima y cabal entendimiento.

Es ahí, en esa línea, donde veo el iniciado congreso de cultura catalana que, por de pronto, ha designado

en Madrid una Comisión: de intelectuales, naturalmente, una vez más, otra vez todavía, he de volver al

tema. El político divide, en puntos como éste, sensibilismo y concreto. El intelectual tiende puentes

capaces de salvar los mayores abismos. Se verá.

 

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