Autor: García Domínguez, Raimundo (BOROBÓ). 
   Alfonso Guerra, o el fenomeno político de este tiempo     
 
 El Imparcial.    12/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ALFONSO GUERRA, O EL FENOMENO POLITICO DE ESTE TIEMPO

VUELVE Alfonso Guerra a colocarse en primera línea. Sus incisivas

manifestaciones por TVE señalando

que Andalucía es la Cenicienta de España y que, como tal, ha sido expoliada por

otras regiones, han

hecho de Guerra el portavoz insuperable de las perennes reivindicaciones de la

tierra bética. Podría ser,

mañana mismo, el primer presidente de Andalucía, dado que ese puesto

corresponderá a un socialista y

Alfonso es el segundo hombre del PSOE, tras Felipe. ¿Convendrá, sin embargo, al

Partido Socialista, que

Guerra se queme en la presidencia de su región? Eso es lo que estarán cavilando

a estas horas los jóvenes

ejecutivos del PSOE. Alfonso Guerra haría un gran papel en Andalucía, pero acaso

haga mucha más falta

en Madrid, al frente de la mayor organización política española, encabezando,

además, su batalladora

vanguardia. No puede desperdiciar el socialismo español, en una misión regional,

por alta que sea, el

potencial humano de Alfonso Guerra, el cual constituye, mírese por donde se

mire, el fenómeno personal

de mayor enjundia revelado en la democracia española que nació el 15 de junio.

La primera vez que le ví, a principios de 1976, en la rueda de Prensa de la

delegación de la II

Internacional, celebrada en el hotel Fénix, me pareció un trasunto andaluz y

juvenil de Suslov, el teórico

del Politburó soviético. Pero ahora le parangonan con Robespierre, el

incorruptible jacobino de Arras, por

su implacable tesitura revolucionaria y su lenguaje acerado y destructivo. Y la

gente de la derecha le

compara con Torquemada.

Lo cierto es que con un par de breves intervenciones en el Congreso y con

algunas incisivas declaraciones

en los pasillos de las Cortes, Alfonso Guerra se alzó como la vitriólica voz de

la izquierda, campeona del

republicanismo hasta entonces dormido en el sueño de los justos, durante los

cuarenta años de la era de

Franco. Claro está que su vibración parlamentaria fue complementada con sus

encendidas oraciones en el

congreso de las JJ.SS. y en el del PSOE cantabro. Todo ello hizo que su fulgor

en la Prensa y en la

opinión pública sumiera en la penumbra a los demás líderes de su partido,

incluso a Felipe González,

hacia el final del verano. A su lado parecían monjitas de la Caridad no solo

Santiago Carrillo y demás

jerarcas comunistas oficiales, sino también los adalides de todas las siglas

extraparlamentarias de la

extrema izquierda, cuyos nombres y fisonomías se confunden, sin que ninguno haya

conseguido un

impacto en la masa popular comparable con el logrado por este intelectual

sevillano de perfil inquisitorial.

MAS esta súbita figura estelar de la izquierda española no ha surgido

simplemente por haber pronunciado

en el hemiciclo y en los pasillos unas palabras correosas e inclementes. Esas

manifestaciones solamente

son la expresión externa de una poderosa personalidad, dotada de inagotable

energía, capaz de movilizar

muchedumbres ingentes, como quedó demostrado en la organización de la campana

electoral que colocó

al PSOE en posición tan preeminente.

Supo Alfonso Guerra utilizar magistralmente todos los recursos humanos y

materiales del PSOE: la

atractiva personalidad de Felipe; la simpatía familiar hacia el partido que

había sido del abuelo, del padre

o del tío mitificados por el infortunio; la originalidad de una propaganda

parietal naif, deliciosamente

pueril... Todo ello, con el entusiasmo desbordante de una militancia poco mas

que adolescente, se

conjugaron para que el PSOE pasara a ser, tras el 15 de junio, la alternativa de

Gobierno siempre sonada

por cuantos quisiéramos ver actualizado el sistema canovista.

Espontáneamente, el pueblo español, dejando en la estacada electoral a la

Alianza Popular y al Partido

Comunista, estableció aquel día memorable un bipartidismo que habría que

mantenerlo como las niñas de

nuestros ojos. Un milagro político así, difícil será que se repita, si ahora se

estropea. Pero la

alternativa o turno de dos partidos es un juego político que para ser eficaz

debe huir de toda ficción. La

lucha parlamentaria ha de desarrollarse con la necesaria crudeza, aunque sin

excesiva acritud. No puede

ser una luna de miel, un viaje de bodas que únicamente serviría para que los

simpatizantes de la UCD y

del PSOE se desplazaran hacia opciones extremas.

DE ahí que, interrumpiendo tanta melosidad, el PSOE se lance en ocasiones a

tumba abierta, conducido

por Alfonso Guerra, jugando la carta republicana que, acaso por un análisis

erróneo del íntimo

sentimiento del pueblo español, se haya considerado como el mejor modo de

retener, y aun de aumentar,

las masas y los votos socialistas. Quizá, adrede, se desee evitar toda

posibilidad de alternativa. de turno,

que únicamente cabría dentro de la Monarquía constitucional y parlamentaria. Si

bien cabe pensar que tan

solo sea un deslizamiento táctico excesivo que posee dos riesgos, los de romper

dos equilibrios distintos:

uno interno, entre los moderados y los extremistas dentro del PSOE, y otro

externo, entre el Gobierno y la

oposición socialista dentro de la política nacional.

Pudiera ser que en todo esto sólo haya cierta concepción teatral de la lucha

política. Algo de ello sugirió

Pedro Ramírez, en «ABC», al aludir a la máxima afición de Alfonso Guerra. En sus

anos universitarios

montó «Antígona», dirigió obras de Brecht y Vallelnclán. Tal vez, en estos meses

de intensísima acción

política, montando la campaña electoral, actuando en la escena parlamentada,

moviendo las bambalinas

de los congresos del partido, Alfonso Guerra, en el fondo, no haya hecho otra

cosa que teatro, Unas veces

como tragediante y otras como comediante. Pero lo que no cabe la menor duda es

que el discutidísimo

director de escena sevillano, émulo del granadino Tamayo, se ha reservado para

si el papel de malo. Papel

que hace, hay que reconocerlo, a la perfección.

BOROBO.

 

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