Cristianos y socialistas     
 
 ABC.    24/03/1978.  Página: 2-3. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

Fuente: ABC MADRID Fecha: 24-03-1978 Página 10

CRISTIANOS Y SOCIALISTAS

Hace ya casi veinte días saltó a los periódicos el proyecto de manifiesto

socialista elaborado

conjuntamente por el P. S O. E y el P. S. P., y son numerosos los españoles que

han esperado desde

entonces alguna aclaración a los muchos aspectos sorprendentes que aquel

manifiesto incluía. Pero estas

aclaraciones no han llegado o se han limitado a vagas afirmaciones que trataban

de reducirlo a un «simple

borrador perfectible». Pero las ideas de aquel proyecto encerraban demasiada

carga para tan poca

explicación. Hasta el punto de que muchos están preguntándose ya si ciertos

gestos socialistas de estas

últimas semanas no habrán de interpretarse como simples fintas de distracción

para alejar la atención del

punto clave del problema.

Porque ese punto clave está en que el socialismo español sigue, a estas alturas,

sin definirse claramente. Y

esto es demasiado grave para un grupo que se presenta como alternativa de poder.

Lo cierto es que más de ocho meses después de las elecciones los españoles

siguen sin poder encuadrar

claramente en lo ideológico a la segunda fuerza política del país

Durante la campaña electoral el Partido Socialista se presentó como muy poco más

que un partido

renovador, que tenia el máximo cuidado en no definirse ideológicamente. La

palabra «marxismo», la

«lucha de clases», las mismas ideas revolucionarias, se arrinconaron en una

piadosa trastera, cual si se

tratase de capitalizar indistintamente a todos los descontentos del régimen

anterior, fuese la que fuese su

contextura ideológica.

En las intervenciones del secretario general del partido —ahí está la reciente

de Felipe González en el

Club Siglo XXI— lo que parece ponerse sobre el tablero es una socialdemocracia a

la europea, un

partido, si, que aspira a desbordar al capitalismo, pero que acepta todo tipo de

plazos y de pactos y que

parece mostrarse radicalmente respetuoso con todos los valores espirituales

tradicionales del país.

Y, de pronto, en el manifiesto a que estas líneas se refieren, se suelta el

escopetazo de un socialismo

entendido como partido radicalmente de clase, frontal y plenamente marxista,

dispuesto a entender la

lucha de clases como motor fundamental de la historia v a actuar, en

consecuencia, desde la calle allí

donde la acción parlamentaría no llegue.

¿Cuál de los tres socialismos es el español? ¿A cuál apoyaron los millones de

españoles que le votaron?

¿Cuál es la verdadera ideología que anima a quienes se presentan como

alternativa de poder? Que buena

parte de la sociedad española esté alarmada ante estas preguntas es algo no sólo

comprensible, sino

elementalmente lógico. Que muchos de los que votaron al socialismo en el pasado

junio quieran saber en

qué manos depositaron sus votos es no sólo un derecho democrático, sino también

una elemental

obligación ética.

ABC, que ya comentó este problema en sus aspectos políticos en sus editoriales y

a través de las plumas

de sus colaboradores, quiere poner hoy el acento en uno de tos aspectos más

especialmente delicados del

problema: en la angustia de conciencia que esa radical afirmación de marxismo

crea a muchos españoles

que, pudiendo compartir aspectos sociales o políticos del programa socialista,

ven, sin embargo,

mezclarse con ello y poner en peligro algunas de sus más profundas convicciones

religiosas.

Los dirigentes del P. S. O. E. han dicho en alguna intervención pública que el

30 por 100 de sus militantes

se proclaman cristianos. Y nadie duda que, consiguientemente, el número de

cristianos entre sus votantes

es probablemente mayor. ¿Puede, pues, el socialismo español dejar entre

tinieblas un punto tan central en

su ideología y que tan vitalmente afecta al pensamiento de un alto porcentaje de

sus seguidores? ¿Es

incluso inteligente que cuando los mismos grupos comunistas —ahí está la famosa

carta de Berlinguer a

monseñor Betazzi— comienzan a tomar sus distancias respecto al marxismo y pasan

—o dicen que

pasan— de una ciega aceptación de su ideología a una simple inspiración en

algunas zonas de la misma

puede, decimos, el socialismo encastillarse en una plena e indiscriminada

aceptación del marxismo como

línea de pensamiento y de acción?

Quien siga la evolución del pensamiento cristiano ante los socialismos percibirá

el tránsito desde la

radical oposición y condenación de un Pío IX y un León. XIII a los distingos que

comienzan a marcarse

con Pío XI y se clarifican definitivamente en los documentos de Pablo VI. Y esto

no tanto porque la

Iglesia haya cambiado en la valoración de los principios como por el hecho de

que el propio socialismo

ha ido pluralizándose, purificándose y buscando formas de convivencia con otro

tipo de corrientes

ideológicas. ¿Y ahora regresará el socialismo español a un marxismo sin

distingos?

Hay en el socialismo —Pablo VI lo reconoce en su «Octogésima Adveniens»—

elementos que son de gran

atractivo para los cristianos que creen ver en él «un cierto número de

aspiraciones que llevan dentro de si mismos en nombra de su fe», y por ello

tienden con frecuencia a idealizado en términos, por

otra parte, muy generosos: voluntad de justicia, de solidaridad y de igualdad».

Pero quizá con ello olvidan —como el propio Pablo VI teme— «las presiones de los

movimientos históricos socialistas, que siguen condicionados por su ideología de

origen». Todo socialismo —y el

español esta volviendo a demostrarlo— tiende a regresar a su ideología como el

criminal al lugar de su

crimen o el añorante a sus penas. de infancia. Por eso —prosigue el Papa- «entre

las diversas formas de

expresión del socialismo, como son la aspiración generosa y la búsqueda de una

sociedad más justa, los

movimientos históricos que tienen una organización v un fin político, y la

ideología que pretende dar una

visión total y autónoma del hombre, hay que establecer distinciones que guiarán

las opciones concretas».

Esta es la petición que en nombre de muchos cristianos formulamos hoy: hace con

claridad el socialismo

español esas distinciones para que ellos puedan tomar sin engaño y con seguridad

esas opciones que son

para muchos fundamentales.

¿Qué están queriendo decir los socialistas cuando se proclaman marxistas? ¿Qué

están entendiendo por

un partido de clase, qué cuando se disponen a entender y usar la lucha de clases

como motor único de la

historia? ¿Cuáles de los estratos del marxismo asumen plenamente y ante cuáles

se distancian o actúan

críticamente? ¿Su opción marxista es la apuesta por «una ideología basada en el

materialismo histórico y

en la negación de tanta trascendencia»?

Es claro que militantes y votantes socialistas, o incluso quienes se oponen

radicalmente a toda forma

socialista, tienen derecho a que el Partido Socialista español termine de

aclararse y deje de usar como

arma de atracción la permanente ambigüedad que hasta el presente lo caracteriza.

Este doble juego de

una cara reformista en las elecciones y un rostro socialdemócrata en las

conferencias, frente a unas

cerradas formulaciones marxistas en los manifiestos, tiene que terminar sí es

quo estamos en una

democracia. Porque la primera ley de ésta ha sido siempre el juego limpio.

 

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