Autor: Navarro Estevan, Joaquín. 
   Democracia y preautonomía andaluza     
 
 El Imparcial.    02/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

«Democracia y preautonomía andaluza»

LOS «funcionarios de la superestructura» parecen estar diciendo sus últimas

palabras que no son las

«pocas palabras verdaderas» que pedía Blas de Otero sobre las preautonomías.

Formalmente instaladas

los regimenes preautonómicos de Cataluña y el País Vasco y todavía lejana su

consolidación material y

funcional, el Gobierno ha abandonado sus primeros ímpetus descentralizadores

fronterizos con la

descentralización política y con una nutrida gama de pretextos está adoptado,

cada vez con mayor

claridad, una actitud cerrada y regresiva. A la improvisación y falta de rigor y

de consistencia de su inicial

política preautonómica le sucede otra improvisación no menos irresponsable e

inconsistente: la

congelación de las preautonomías ya pactadas o de las que se encuentran en el

umbral del pacto. El

modelo preautonómico «pret-a-porter», que, con desprecio de las especificidades

de los pueblos de España, habían confeccionado los «modistos» del Gobierno,

parece haber sido retirado del mercado

político sin ser sustituido por ningún otro. Y los gallegos, los valencianos,

los andaluces, los canarios, los

aragoneses, etcétera, se vienen preguntando, con toda legitimidad y sin obtener

respuesta alguna

coherente del Gobierno, las razones de la congelación. El Gobierno, cuando

responde, se limita a afirmar

que no existe parón a las preautonomías, que en algunos casos es preciso

«reajustar» o «perfilar» lo

pactado y en otros superar las diferencias o las tensiones que puedan existir.

PERO muchos sabemos que no es cierto. Los parlamentarios de diversas regiones

que en los últimos días

han negociado «pequeñas diferencias» con el ministro del ramo el inefable,

aunque siempre respetable,

profesor Clavero pueden testimoniar que, cuando le han planteado la cuestión de

si, desarmando sus

prevenciones y aviniéndose por completo a las exigencias gubernamentales podría

garantizárseles una

rápida aprobación de sus respectivas preautonomías, el señor ministro contestó,

con la dramática

impavidez de Laocoonte, que nada se podía garantizar. Al mismo tiempo, el

profesor Clavero se permitía

orientar el lanzallamas de su dialéctica acusatoria para la paralización de la

preautonomía andaluza contra

el PSOE. Enardecido quizá por los aplastantes éxitos populares de los dragones

ucedistas en su reciente

campaña de marcha (no sabemos hacía dónde ni desde dónde) descubrió

públicamente, a la luz del sol

andaluz, los diabólicos propósitos de los socialistas andaluces de mantener a

toda costa a la Andalucía-

Sisifo en su infierno de pobreza, paro e injusticia. Y del hecho de que los

socialistas pretendan que la

exigida presencia de los representantes de las Diputaciones en la Junta de

Andalucía no desequilibre,

desvirtuándolos, los resultados del 15 de junio, inducía el señor ministro,

relajados sus frenos inhibitorios

por la marcha triunfal del cortejo ucedista, la culpabilidad del PSOE en un

posible delito de lesa

Andalucía, Ni siquiera el Aquinate hubiera llegado a un tan asombroso ejercicio

de la sindéresis.

ES lógico que la temeridad prescinda de la memoria. Lógico y positivo. Y es

bueno para la salud política

del Gobierno, del señor ministro y de UCD olvidar los hechos ocurridos. Desde el

comienzo de las

conversaciones preautonómicas, dos principios fueron considerados básicos e

intangibles: la

preautonomía andaluza no encontraría mayores límites que la de otros pueblos o

nacionalidades; los

resultados del 15 de junio serian absoluta y meticulosamente respetados en la

composición de sus órganos

de gobierno y administración. Ambas reglas, que parecían «de oro», están ahora

transustanciándose en

latón. La insistencia de UCD en la incorporación, con voz y voto, de los

representantes de las

Diputaciones actuales, por matizada que quiera presentarse, puede equivaler y no

en puras hipótesis de

laboratorio a la ruptura de los dos principios. Pero pongámonos en el caso de

que los socialistas

aceptemos una fórmula en la que, tolerando la incorporación de tan democráticos

representantes

corporativos a la Junta de Andalucía, se preserve cuidadosamente su no

participación en las decisiones

básicas de aquélla. ¿Se garantiza con ello la inmediata consecución de la

preautonomía andaluza? Aceptar

su rebaja de democraticidad buscando un punto legal de apoyo para la

cristalización y posterior

dinamización de los deseos autonómicos del pueblo andaluz —a los que un fuerte

sentido de clase

trabajadora y una incontestable conciencia revolucionaria les confieren especial

peculiaridad podría no

ser descartable, pues el mismo pueblo se encargaría de restablecer la puridad

democrática allí donde se

desvirtúe. Pero la anterior pregunta no parece tener respuesta adecuada. ¿Está

legitimado para contestarla

el señor ministro para las Regiones? No vaya a ser que nos venga a la memoria la

anécdota del político

que, tolerantemente, afirmaba no importarle tanto que le hicieran víctima de

«actos contra natura» como

que, encima, le echaran el aliento en el cuello.

JOAQUÍN NAVARRO ESTEVAN

Senador socialista por Almería

 

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