Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Felipe González: La Literatura no termina con Cervantes     
 
 ABC.    20/05/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

FELIPE GONZALEZ: LA LITERATURA NO TERMINA CON CERVANTES

El jueves día 17 dio comienzo el XXVIII Congreso del Partido Socialista, cuyo

desarrollo pronto haría

extensiva a la mayoría de los simpatizantes de UCD esa misma sensación, antes

comentada, de que los

hijos de las tinieblas suelen ser más despiertos que los hijos de la luz. La

sesión inaugural sirvió de marco

a una impresionante exhibición de madurez política a cargo de aquel muchacho

llamado Felipe González,

a quien los militantes madrileños no tomaban demasiado en serio cuando en

vísperas de la muerte de

Franco llegó clandestinamente a la capital, dispuesto a asumir la

responsabilidad que le había

encomendado el Congreso de Suresnnes. Su intervención inaugural había sido

precedida de una breve

pero inteligente salutación de ese gran patriarca del partido, a menudo

incomprendido, llamado José Prat,

quien se refirió a los dos libros que él veía representados en el que, junto a

la pluma y el plumero, forma

parte del anagrama tradicional del partido: «El Capital», de Carlos Marx y «Don

Quijote de la Mancha», de Miguel de Cervantes. Si bien Felipe González no seria

luego capaz de evitar que el Congreso

degenerara en un simposio cervantino, sí que supo dejar bien claro en su

discurso que la literatura

española no termina en el Siglo de Oro y que nadie que no valore, comprenda y

admita las aportaciones

posteriores puede alardear de verdadero amante de la misma.

El único borrón de la primera Jornada del Congreso fue el injusto trato recibido

por Gregorio Peces-

Barba, a quien se convirtió alegre e irresponsablemente en el chivo expiatorio

del sentimiento de

hostilidad hacia el aparato del partido. Dos años atrás fue encaramado en olor

de multitud hasta la Mesa

del XXVII Congreso por los mismos sectores radicales que ahora le boicotearon.

Su gran pecado había

sido, tal vez, dedicar todo su empeño durante el intervalo a intentar enlazar

con el afluente de

racionalismo y rigor intelectual que circuló en otra época por algunas de las

venas del PSOE. Al margen

de sus propios deseos personales, observadores de muy diversas tendencias

coincidían en señalar en

vísperas de la elección de la Ejecutiva que la dirección del partido quedaría

incompleta si en ella no

estaba debidamente representado el equipo de cerebros aglutinado en la cúspide

del grupo parlamentario.

El éxito que para la Ejecutiva supuso el balance de la crítica a su gestión

quedó consumado cuando

gracias a un hábil «tirón político», al que no fue ajeno el nuevo hombre fuerte

del PSOE sevillano Rafael

Escuredo, la numerosa y poderosa delegación de Jaén sustituyó a su portavoz

Alfonso Fernández Jr. —

defenestrado de las últimas listas electorales— por Fernando Calahorro, viejo

amigo de Felipe González.

De esta maneja el techo del sesenta por ciento de votos favorables, calculado a

priori por Guerra y

compañía, se vio incrementado en casi diez puntos más. Previamente había jugado

a su favor, también es

verdad, la frivolidad de la mayoría de las intervenciones críticas —un

escalofrío recorrió la espalda del

Congreso cuando Ruiz Mendoza llamó «Poncio Pilatos» a Felipe—, ninguna de las

cuales había sido

capaz de plantear la menor alternativa coherente.

 

< Volver