Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Movilización     
 
 Informaciones.    07/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LETRAS DEL CAMBIO

Movilización

Por Jaime CAMPMANY

LA publicación del proyecto de declaración conjunta de los dos partidos

socialistas españoles es algo así

como el anuncio de una bomba ideológica de relojería. O el documento está

escrito para que no se

entienda del todo, o yo lo he entendido mal, o en este país hay que dar un

adiós, más o menos largo, a la

socialdemocracia.

Al mismo tiempo que se produce ese documento, el P.S.O.E. anuncia su propósito

de movilizar a las

masas en todo el territorio español para forzar al Gobierno a la convocatoria

inmediata de elecciones

municipales. Voy a descubrir el Mediterráneo. En una democracia, cuando se

moviliza a las masas, o se

las moviliza para que acudan a las urnas, o se está recurriendo a la «acción

directa» que supone siempre

una manera de violencia. Si esa movilización nace de una derrota parlamentaria,

es que se está intentando

que la minoría imponga sus criterios a la mayoría. En una palabra, se está

rompiendo adrede, con

premeditación y con conciencia, el juego democrático. Se está, para decirlo aún

más claro, asesinando a

la democracia.

Ni siquiera haría falta citar a Ortega para recordar que la «acción directa» es

la forma natural de actuar de

las masas. Por el contrario, el prototipo de la «acción indirecta» es la

democracia liberal, que representa la

más alta voluntad da convivencia. Entre una y otra, manera de acción existe un

gran abismo que se llena

con la palabra «civilización». La civilización —ensaña Ortega— es, antes que

nada, voluntad de

convivencia. Y añade: «Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuenta

con los demás.» Aquí es

todavía peor. No sólo no se cuenta con los demás, sino que no se cuenta con «los

más».

Un partido político, sea de derechas o de izquierdas, del centro o de los

extremos, que recurra al

expediente de la movilización de masas para conseguir sus objetivos políticos —

también los económicos

o los sociales, pero, sobre todo, los políticos—, deja de ser automáticamente un

partido democrático. Y ni

siquiera se disfraza de eso. Se quita la careta democrática. O, como ahora se

diría, hace un «strip-tease»

público.

La amenaza es grave. Sitúa a la mayoría presionada en un dilema dramático, y

digo dramático, sin

paliativos. O se rinde, tal vez para siempre y definitivamente, o se moviliza

también. Más o menos tarde,

se produce el encuentro. Y entonces, ya puede empezar a escribir alguien, no el

«adiós a las armas», sino

el adiós a las urnas. Se rompió el juguete. Se desculó el invento.

 

< Volver