Autor: Seara, Modesto. 
   Lo que no es democracia     
 
 El Imparcial.    14/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LO QUE NO ES DEMOCRACIA

LA caridad bien ordenada comienza por uno mismo, y en estos tiempos de inflación

democrática, la

democracia también. Raro es el que no se otorga carta de legitimidad política,

afirmando su fe

inquebrantable en el sistema democrático, y unos hacen esa profesión de fe

corriendo un velo sobre su

pasado, mientras otros buscan en el pretérito los argumentos de credibilidad que

avalen su presente.

Muchos pensaremos que ni el presente puede tapar al pasado, perdonado, pero no

olvidado, ni el pasado

debe servir para justificar el presente.

La democracia es mucho más que un conjunto, de reglas del juego político. No se

queda en las normas

que cubren la maraña de intereses pequeños y grandes que se enfrentan. Ni es

suficiente sustituir la

violencia física de las dictaduras por la violencia política de las imposiciones

asfixiantes de los

«aparachiqui» de todos los partidos. La democracia es un modo de entender las

relaciones humanas, una

filosofía de la vida, algo parecido a una religión, con su propia moral e

incluso sus propios dogmas. No se

puede simular la fe democrática, igual que no se pueden simular los

sentimientos. Tampoco se debe

confundir democracia con antifranquismo y no pocos de los demócratas de hoy

tenemos que ponerlos

entre comillas, pues aparece bien claro que las actitudes democráticas que

manifestaban en el anterior

régimen eran más la frustración de las puertas cerradas a ambiciones personales,

que rebeldía sincera y

altruista ante la injusticia.

Al ver la forma en que los españoles de tantos colores y matices entendemos la

democracia, tenemos

necesariamente que llegar a formularnos la pregunta de hacia dónde va la España

que estamos

conformando.

Es verdad que en los dos últimos años hemos dado pasos firmes hacia formas de

convivencia más

civilizadas; pero tampoco puede negarse que los cuarenta años de dictadura han

dejado una marca

indeleble en las generaciones que recibieron su formación fundamental en esa

época. Al oscuro

impositivo del pasado, lo ha sustituido, con mucha frecuencia, un lamentable

cinismo político, que se

quiere presentar como pragmatismo; y la conquista del poder ha dejado de ser

medio de conseguir de un

instrumento para aplicar los programas políticos, para pasar a convertirse en la

finalidad que justifica

todo: abandono de programas formulados democráticamente; exigencia de una

disciplina que se convierte

en lealtad personal incondicional; dominio total de los procesos democráticos

por los miembros de los

aparatos partidistas; y, en fin, rechazo de las decisiones mayoritarias, en

nombre de los propios motivos

de conciencia, forma cómoda y poco original de afirmar la superioridad del

juicio individual sobre el

juicio de las mayorías.

NUESTRA democracia, recién encontrada, se debate así entre dilemas que sólo

existen porque falta la

voluntad democrática. No podemos discutir si en nombre de su conciencia alguien

puede rechazar lo que

decide la mayoría; en la democracia, la voluntad de las minorías se respeta, la

de las mayorías se obedece.

Tampoco podemos aceptar que España se enfrente a una elección entre el idealismo

estéril, que puede

llevar a los partidos a la ineficacia testimonial, y el pragmatismo oportunista

que acaba llevándolos a la

propia desnaturalización. Entre el hábil maniobrero y el idealista ingenuo, hay

sitio para el político

sincero que, sin renunciar a los principios, sabe escoger el camino que en cada

momento lleva a la

consecución de los objetivos últimos de su partido.

La democracia no debe confundirse con la destrucción del orden; la democracia es

el orden democrático,

que exige disciplina, pero una disciplina cuyas normas están elaboradas y

aplicadas por la simple regla

aritmética de que tres valen más que dos, y de que la infalibilidad sólo se da

en la religión. En las cosas de

este mundo no hay más hombres infalibles que los dictadores, aunque a veces se

vistan de demócratas; y

no basta decir que se cree en la democracia, antes hay que creer en ella.

SÍ en España la lucha por la democracia siguiera degenerando en una simple lucha

por el poder,

podríamos apagar todas las luces, borrar todos los epitafios, arriar todas las

banderas, olvidar toda la

historia y dar media vuelta, hacia la nada. Los años de lucha y esperanza no

habrían valido la pena.

MODESTO SEARA

Secretario general del Partido Socialista de Galicia-PSOE

 

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