Autor: Montero, Rosa. 
 Pablo Castellano. 
 En el PSOE hay muchos mas lujos que yo     
 
 El País.    17/12/1978.  Página: 18-20, 22. Páginas: 4. Párrafos: 30. 

17-XII-78 Pablo Castellano

"EN EL PSOE HAY MUCHOS MAS LUJOS QUE YO"

Texto: Rosa Montero / Fotos: Marisa Flórez

Diputado del PSOE por Cáceres, Pablo Castellano fue el político menos clandestino del antifranquismo

de los años sesenta. Perpetuo disidente, dimitido de las ejecutivas del PSOE y de la UGT, llegó a ser, sin

embargo, virtual secretario general del partido, en el que representa el ala más radical.

A Pablo Castellano le tiene tan corroída la moral el pueblo soberano, que ahora, cuando ha de confiarse a

un taxi para que le traslade a Parlamento, camufla su destino con sabia imprecisión:

Lléveme a Marqués de Cubas, esquina a Carrera de San Jerónimo.

Tan cauta medida tuvo su origen un día no lejano, cuando, tras haber dicho un inocente «lléveme a las

Cortes», el conductor giró el tronco, suspicaz, y preguntó: «¿Trabaja usted allí?» «Pues sí», contestó

Castellano. «¿Y qué hace?», insistió el taxista, implacable. «Soy diputado.» Y el hombre, entonces,

dictamino burlón: «Pues estarán comentos en su casa... Anda que... ¿Para qué va usted a las Cortes? ¿Qué

hacen ustedes allí? Pero, hombre, mire qué bonito está hoy el Retiro... Para lo que sirven ustedes mejor

harían en pasearse...» Y como Pablo Castellano es hombre práctico y aprende pronto, desde entonces

repite con machacona insistencia:

Lléveme a Marqués de Cubas, esquina a San Jerónimo...

Parece Pablo Castellano un proyecto de hombre alto que se quedó bajito, un modelo a escala de

hombretón. Porque su menudencia resulta sorpréndeme, y sentado llega a ser voluminoso y hasta

imponente con sus ojos negros y vivísimos, con su perfil hebraico y barbado: «Yo soy judío, sí, y

antisionista. Es que cuando se había de los judíos hay que referirse a dos clases de judíos: aquellos que

son ricos, sinvergüenzas y golfos y que organizan funerales por Franco en Nueva York mientras hablan

de la raza, y aquellos que son trabajadores, que son los únicos que importan, claro.» Además, es diputado

del PSOE por Cáceres —tierra paterna, aunque él sea madrileño— y secretario de la Mesa del Congreso.

Además es un revulsivo dentro del partido, una figura especialísima, vértice de amores y odios. Un

hombre al que se respeta por su peso político pasado y presente, al que se teme por su lengua filosa y

acerada, por ese sentido del humor que tiene, tan sano y al mismo tiempo tan caníbal. El lujo del PSOE.

Así le llaman algunos compañeros de la Ejecutiva. «Sí, tengo noticia de que dicen que soy un lujo que se

permite el partido para demostrar su democracia interna y su libertad de expresión. Pero yo creo que hay

muchos más lujos en el PSOE que yo; mucha más gente, que no la conoce nadie pero que es la

importante, porque los que sonamos en el partido somos los que menos pintamos.» Y el miedo a que

Pablo Castellano arrastre precisamente a toda esa gente —los radicales, se autodenominan, es quizá un

factor fundamental en el respeto hacia él; que no se convierta en el disidente sempruniano del partido,

aunque Castellano sea por vocación vital un perpetuo disidente, un tábano molesto y zumbador que

picotea las grupas políticas del país con incansable ahínco. Aunque su supuesta ferocidad parece estar

perfectamente autocontrolada, que quizá Pablo Castellano sea un Tierno en el fondo de su terribilismo,

que quizá su larga militancia socialista le haya ligado indisoluble y emocionalmente al partido, a esa bella

idea en la que él, en el fondo, aún cree, a ese PSOE al que él zurra y zarandea levemente porque lo quiere

mucho —a los 44 años quizá es tarde para empezar a amar tanto a otra cosa, sabiéndose hijo pródigo que

ha de regresar siempre a casa aunque sea refunfuñando:

"Algunos seguimos luchando, en lo ideológico, por recuperar lo que es la tradición democrática del

partido y una práctica política de verdadera izquierda"

Muchas veces, lo quiera uno o no, le toca a uno asumir papeles con los que no está muy conforme. Es

evidente que por haber ocupado cargos de responsabilidad en el partido y en la UGT y yo creo que por

haber luchado con honestidad, por lo menos con esa intención lo hice, por todo esto, en fin, mucha gente

pone a veces la confianza, yo no diría la esperanza, en que puedas aportar algo que vaya a servir para

renovar las cosas. Ahora, no hay que ver esto como si uno fuera la cabeza de determinado movimiento o,

por otra parte, en plan negativo, como el peligro de una escisión. Sinceramente, no me gustaría que se

sacaran estas conclusiones. Yo preferirla quedarme con la interpretación más racional, la de que muchos

compañeros del PSOE hemos convivido durante muchos años, hemos pasado juntos las mismas

vicisitudes, tenemos un modelo de partido muy similar y a lo mejor no estamos muy conformes con

algunas actitudes de otros, y procuramos, lógicamente, seguir luchando en lo ideológico por recuperar lo

que es la tradición democrática del partido y una práctica política de auténtica izquierda, y eso, claro, es

lo que nos coloca en situaciones difíciles que polarizan la atención.

Tiene verdadera obsesión en repetir que él es uno más, uno más, uno más. En insistir en la necesidad de

un debate plural dentro del partido («hay que alimentar un permanente debate ideológico, porque sin él no

puede haber un partido de izquierdas»), en puntualizar sobre todo que esta pluralidad no tiene por qué

hacer saltar al PSOE «en mil fracciones ni desunir a la clase trabajadora», y en sus pacientes

explicaciones se presiente, quizá, que Pablo Castellano se considera a si mismo fielmente socialista y un

punto incomprendido. Como si en el subtexto estuviera diciendo: «Pero, bobitos, si yo os quiero mucho y

os azoto sólo por vuestro bien.» Es una combinación personal extraña la de este hombre. Apoya sus

abundantes palabras en una muletilla «lógicamente» que repite incesante, como si estuviera obsesionado

por desentrañar la racionalidad de las cosas, como si pretendiese ser lúcido y frío en todo momento. Y sí,

es lúcido, pero no frío, y cuando ha de referirse al partido y a los compañeros utiliza múltiples veces la

palabra «cariño» y conjuga alegremente el verbo «querer» sin mostrar por ello el más mínimo rubor.

Como cuando habla de Múgica: «Le quiero mucho personalmente, aunque políticamente discrepemos por

completo. Claro que tiene perfecto derecho a tener sus ideas y sus concepciones, pero le quiero

muchísimo, hemos vivido juntos muchas cosas y es un gran compañero, espontáneo, sincero, nada

manipulador...» Y Felipe: «Me llevo exactamente igual, le tengo mucho cariño, aunque habría que

preguntarle a él cómo se lleva conmigo.» Y Guerra; «Guerra es un hombre muy difícil, porque tiene una

gran personalidad. Desde luego, discrepamos en muchas cosas. A Guerra hay que conocerle, y esto te va a

chocar, pero es uno de los hombres del partido que tiene mayor sensibilidad, haga lo que haga, y cuando a

él le da la gana y no se coloca la corteza defensiva es de una cordialidad extraordinaria...» Suele repetir

Pablo Castellano, con ojos tenuemente soñadores, eso de que «cuando has vivido tantas vicisitudes con

compañeros durante tantos años, aunque discrepes, siempre les tienes cariño», y es como si guardara unos

segundos de silencio en memoria de aquellos años de juventud y de ilusiones. «Era una vida que, yo no

me voy a poner ahora nostálgico diciendo que contra Franco vivíamos mejor, pero había una enorme

cantidad de abnegación y de pureza que no se puede tirar, lógicamente, de la noche a la mañana.» Y es

como si mantuviera, en el fondo de sí mismo, un secreto orgullo de veterano, que son los años difíciles

los que han decantado para él a las personas, los que avalan la honestidad propia y ajena, y estos de ahora,

bueno, uno no sabe bien de qué van.

Por eso, entre otras cosas, Pablo Castellano ahora no va nunca por García Morato (sede del PSOE). «No,

no voy. Primero, porque no tengo tiempo, y además es que no siento la menor necesidad de estar

bailándole el agua a nadie para trabajar en el partido ni de tener que ir a los focos de poder para pasarle a

nadie la mano por el lomo. Porque, se quiera o no, García Morato es un salón al que muchos van a

solventar cuestiones orgánicas y otros van por conveniencia, para no perder nunca el favor del poder.» ¿Y

eso funciona?

—Sí, sí, funciona. Como en todo colectivo, funciona, lamentablemente.

No va Castellano por García Morato, ni por La Zarzuela ni por la Moncloa. «Es que, efectivamente, creo

que no se me ha perdido nada en ninguno de estos sitios, absolutamente nada. Fui mucho y en demasía

por las embajadas en otra época, cuando estaba en la Ejecutiva del partido, y era raro el día en que no

había tres invitaciones a cócteles y una rueda de prensa, y me tocó en esa época zascandilear

enormemente. Pero entonces me pasó una cosa muy bonita, y fue que en cuanto cesé en la Ejecutiva del

partido y de la UGT nadie me invitaba a nada. Es más, descubrí otra cosa aún más bonita: en el despacho

mío, de abogado, me costaba trabajo atender a la gente, porque, como era de la Ejecutiva y de Madrid,

tenia el despacho lleno diariamente de ciertos militantes que, lógicamente, en cuanto perdí el poder ya no

me saludaban por la calle. Esta ha sido una experiencia muy buena, porque ahora que estoy en la Mesa

del Congreso se vuelven a reproducir los mismos mecanismos. Ya eres una persona seria, ya eres

secretario, ya vuelven a invitarte las embajadas, todos aquellos que durante cuatro años ni te han dicho

hola. Y, claro, todo esto me ha dado suficientes argumentos para poder, ahora, no ir a ningún sitio.»

Y dicen que en el Congreso son pocos los diputados de su partido con los que se saluda. «Yo creo que me

llevo muy bien con todos los compañeros del partido a nivel de cordialidad personal, que quede bien claro

que puedo tener diferencias ideológicas pero que no puedo ser insensible a las muchas experiencias que

hemos vivido juntos tantos años. Por eso tengo un gran cariño personal por todos y cada uno de mis

compañeros. Lamentablemente, es al revés. Hay algunos que porque me ven discrepante en la política ya

no me quieren dar el mismo tono de cordialidad amistosa, pero ese es su problema, no el mío... A lo

mejor, que les vean conmigo les puede producir algún quebranto en su imagen de cara al poder, porque si,

lo noto, noto que algunos me saludan muy cordialmente cuando estamos solos y no tan cordialmente

cuando a lo mejor alguna figura del partido puede pasar alrededor y verles.» Y cuando dice estas cosas se

pone como muy serio, fingidamente funeral, bailándole los ojos de divertida maldad. «¿Que si eso

funciona? ¿Que si verles conmigo les puede bajar puntos?

-- Hombre, yo creo que ahora ser amigo de Pablo Castellano o demostrar de alguna Corma que a veces se

coincide con lo que algunos llaman "las cosas de Pablo" o su sentido crítico, para algunos puede suponer

un cierto quebranto en sus carreras, y no nos engañemos, el partido está sufriendo una revolución: de un

colectivo de luchadores, algunos lo quieren convertir hoy en una institución escalafonaria, y hay quien

tiene la mirada mucho más puesta en el acceso que en la coherencia política. Hay esos compañeros de los

que yo digo que van permanentemente con la escalera al hombro para ascender, y como se mueven,

además, con cierta velocidad con tal de subir, pues claro, a veces llegan a sacarle un ojo a cualquiera o a

romperle la cabeza a otro con la escalera. Por eso hay que tener cuidado. Pero la mayoría de la gente les

conoce ya: no suponen un grave problema. Por tanto...»

Y, sin embargo, los trepadores profesionales o políticos se caracterizan precisamente por trepar, y aunque

se les conozca y desprecie, un día amanecen asentados sobre tu cabeza, triunfantes, ordenándole y

codificando tu vida.

SI, eso es verdad, se les conoce, se tiene una determinada imagen de ellos, pero al final acaban saliéndose

con la suya, imponiendo sus criterios y siendo la ortodoxia, e incluso crean muy hábilmente la imagen de

que tos demás están anclados en el resentimiento por haber perdido el poder en vez de en la critica por

pureza. Pero eso entra dentro del sentido ético de cada uno, y yo creo que incluso un luchador socialista

tiene que aceptar también que en un momento determinado, justa o injustamente, le coloquen estos

epítetos. Yo creo que lo importante es la propia coherencia y no preocuparse por toda esta gentecilla...

Además, suelen ser recién llegados, que en la mayoría de los casos (por ejemplo y en concreto, en nuestra

organización y como lo puedo demostrar no tengo el menor inconveniente en decirlo) son los que más

luchaban contra el PSOE en los años 70,71, 72, pero que un día descubrieron que el trabajo de base de los

muchos militantes socialistas y ugetistas era demasiado seno como para que se pudiera eliminar de la

noche a la mañana, y han tenido que volver los ojos al PSOE porque, como se dice ahora, es una

alternativa de poder, y para esta gente se ha convertido en la posibilidad de ser ministros, secretarios

generales, todo eso, y claro, hay gente que tiene la suficiente pobreza mental de querer realizar su vida a

base de ser estas cosas. Supongo que su afán de ser ministros también hay que respetarlo, porque la

zoología política tiene de todo, también a veces los alacranes cumplen una función ecológica.., Y cuando

habla de "estas gentes", tan recién venidas y de tan inestable y vaporosa composición ideológica, la mano

de Pablo Castellano azota el aire con vaivén entre práctico y despreciativo, como si se estuviera

espantando invisibles moscas.

Estuvo Pablo Castellano, primero, en el Movimiento Republicano, allá en sus años mozos, cuando

estudiaba Derecho en Madrid. Militando en este grupo fue detenido la primera vez, en el 56. «Yo creo

que éramos todos, afortunadamente, jóvenes, y por tanto, afortunadamente locos e idealistas. No

habíamos entrado todavía en ciertas corrupciones que, quieras que no, te invaden, y un dia concebimos la

idea de que habla que tomar Radio Madrid y decirle al pueblo lo que estaba pasando. Como es lógico,

fuimos a Radio Madrid y nos equivocamos de sitio. Allí no estaban las emisoras sino tan sólo las oficinas,

y además ya había sido suficientemente advertida la policía como para que cuando bajáramos del edificio

aquel de Madrid-París nos dieran una soberana paliza, y así, bien aporreados, fuimos a parar a donde

teníamos que ir a parar, al juzgado de guardia. Es una historia que demuestra un poco cuál era el grado de

entrega a la lucha por la libertad. Pero también demuestra, lógicamente, todo lo que tenía de equivocado,

de improvisado, de demasiada ilusión y poca reflexión.» En el 66 dejó el Movimiento Republicano para

entrar en el PSOE. Del 71 al 75 fue miembro de la Ejecutiva del partido; del 71 al 76, de la Ejecutiva de

UGT. Y entre la caída de Llopis en el año 72 y el congreso de Suresnes (Francia), en el que fue elegido

Felipe González, Pablo Castellano fue virtualmente el secretario general del partido.

Sí, efectivamente, hay quien dice que..., pero yo no he sido nunca secretario general del PSOE, porque

tuvimos un acuerdo muy serio, y me parece que muy racional, en aquel año 72. y fue el de no elegir a

ningún secretario general, sino que hubiera una comisión ejecutiva colegiada. Y la verdad es que

funcionó. Ahora bien, el puro hecho de ser el único ejecutivo que vivía en Madrid y el que se produjeran

determinadas dimisiones en el seno de la Ejecutiva me obligó, en un momento determinado, a ser

secretario de Prensa, de Propaganda, de Relaciones Internacionales, de Relaciones Políticas, y un poco

por vivir en Madrid, no por mérito de ningún otro tipo, y porque en Madrid estaba el puchero en donde se

cocía la política, incluso la clandestina (los periódicos, las embajadas...), pues me dio una personificación

no de poder, yo diría que de representación, que traté de llevar adelante lo mejor que pude, y yo creo que

algún acierto tendría, aunque también cometería algún error, que los he aceptado siempre todos.

Quizá alguno podría deducir entonces que en el congreso de Suresnes Pablo Castellano tenía muchas

posibilidades para ser secretario general. «Pero para eso hay que contar siempre con la voluntad del

posible protagonista, ¿no?», corta él con rápido orgullo. «Y yo no quise nunca ser secretario general. Al

contrario, mantuve la tesis de que teníamos que seguir con la misma fórmula de comisión ejecutiva

colegiada. Es más, como vi que aquello no prosperaba y algún día tendrán que salir a la luz todas estas

viejas memorias—, dimití antes del congreso, aunque luego no mantuve la dimisión porque los

compañeros me dijeron que había que ir a Suresnes a rendir cuentas y yo a eso nunca me he negado,

lógicamente. Pero no tenia la menor intención de seguir en la Ejecutiva, y puedo, además, probar que

cuando salí en aquel congreso elegido de nuevo secretario de Relaciones Internacionales, yo no me había

presentado candidato.»

Pocos meses después dimitiría Castellano de la Ejecutiva, «porque vi que muchas cosas de las que había

intuido se iban produciendo y, lógicamente, me vi obligado a presentar la dimisión, lo cual no suponía ni

enemistad ni apartamiento del partido ni dejación de responsabilidades con una idea muy importante que

se llama socialismo. Además, es que sé que para hacer socialismo cada día no hace falta ser nada, no hace

falta más que tener un compromiso con uno mismo, y ese compromiso ni lo he perdido ni estoy dispuesto

a perderlo».

No lo ha perdido y debe ser quizá un compromiso anudado, aun umbilicalmente, con lo que fue y es para

él el partido. Porque Pablo Castellano, que es hombre metódico y ordenado («aunque para otros soy una

verdadera catástrofe, porque no me encuentran cuando me llaman y todo eso»), ha venido recogiendo

durante años todas esas memorias a las que él se refiere, panfletos, papeles internos, comunicados,

artículos, todo un archivo minucioso («bueno, que no corra la noticia del archivo, porque pueden ocurrir

dos cosas, que lo mismo venga un comando ultraderechista a apoderarse de él como que pueda venir un

comando de la social-burocracia también para hacerlo desaparecer, lo cual no seria nada grato. De todas

formas, por si alguien tiene esa tentación, diré que no lo tengo aquí») que él aumenta y engorda día a día

con paciencia de madre. «Yo lo apunto todo, suelo tener lo que se dice la inteligencia del burro, que es la

memoria, y procuro que no me falle.»

Y, también lleva tiempo escribiendo con todo este material unas memorias. Cinco años en el ejecutivo,

que quizá despierten cieno recelo en algunos y que el no quiere publicar en estos momentos por fidelidad

al socialismo.

—Por fidelidad al socialismo y al partido. Yo no puedo tener la pretensión de poseer la verdad, porque

soy el primero que puede estar equivocado, y no me perdonaría jamás que por dar satisfacción, quizá, a

cierta apetencia de evocar recuerdos, le pudiera causar al partido o a su imagen el menor daño. Alguno va

a decir que luego, contradictoriamente, le causo daño en las entrevistas cuando hablo de las diferencias en

el seno del PSOE, pero yo creo que esto no es en absoluto dañino, sino al contrario, que se causa mucho

más daño al partido al querer hacer de ¿I una secta en la que se imponga la disciplina en vez de la

autodisciplina del convencimiento.

De cualquier forma, claro está, serian en todo caso unas memorias que recogerían las diferencias políticas

que ha habido, pero que no dejarían lugar a los juicios personales. «Porque yo parto de la base de que

todos los militantes (bueno, entre comillas, hablo de aquellos militantes que merecen confianza como

tales, no de la gentuza que hay ahora, ¿eh?) tienen, por lo menos, la misma intención que yo de servir al

partido; por tanto, juicios personales no me voy a permitir ni uno y saldría todo el mundo perfectamente

bien parado. Lo que pasa es que descubriría muchos fundamentos de lo que ahora está pasando. Por eso

prefiero sacarlo, por ejemplo, dentro de diez años, porque entonces puede que ese material haya perdido

toda carga de agresividad posible y sirva para algo mucho más importante que para desencadenar una

polémica."

Y a lo mejor sí. A lo mejor alguno tiene miedo a esas memorias. «Porque yo creo que todos tenemos

siempre miedo, todos tenemos cierta porción de mala conciencia, y debe haber gente que se diga: "¡Uy, si

ahora a Pablo le diera por contar lo que opinábamos antes!"»

Hace años Castellano estuvo a punto de ser expulsado del partido, por socialdemócrata. «Ahora dicen que

soy trotskista. Yo creo que he ido mejorando, que hay que agradecer ese apelativo, porque si evolucionas

hacia la izquierda y a ciegas que cuanto más evolucionas, más te alejas del poder—, tal como están los

vientos de la historia de este pais, yo creo que, en este caso por lo menos, no hay que ser tan suspicaz con

esta evolución. A mi las evoluciones que me preocupan son las de aquellos que han ido del marxismo-

leninismo al Vaticano para ser ministros; aquellos que han dejado el radicalismo de la antorcha para coger

el pragmatismo del ministerio.»

Piensa Pablo, sin embargo, que él no ha evolucionado sustancialmente, y que ahí están sus escritos y sus

conferencias para demostrarlo. Precisamente ahora va a publicar Escritos y proscritos, un volumen que

recoge artículos suyos, incluyendo unos cuantos que le censuraron en Cuadernos para el Diálogo y en El

Socialista, y fueron censurados no porque los prohibiera el Gobierno, «porque con todo el cariño que

tengo a Pedro Altares y Félix Santos, responsables de Cuadernos, he de decir que me han censurado más

artículos que Fraga o Sánchez Bella». Y piensa que en esos artículos se puede quizá comprobar la

certidumbre de su hipótesis. «Porque yo creo que no es que yo haya evolucionado hacia la izquierda, sino

que hay gente que se ha colocado tan deprisa, tan deprisa a la derecha que incluso a los que eramos

socialdemócratas entonces nos han dejado ya en los linderos de la revolución permanente.»

Tenía antes Pablo Castellano, en Madrid, un magnífico despacho de abogado en la calle de Alfonso XIII,

pero tuvo que venderlo por achuchones económicos, porque la política activa era incompatible con su

labor profesional, porque no tenía tiempo para sus clientes. Ahora tiene un local más pequeño frente a un

pub de moda, de esos que por las noches se llenan a rebosar, aunque Castellano no vaya nunca a ningún

sitio porque no tiene tiempo, y eso que vivir la noche le gusta lo suyo («Le propuse a Pedro Altares que

me hiciera corresponsal de cabarets y no aceptó. Yo creo que fue una equivocación. Escribir sobre las

noches de Madrid está muy bien. Lo lúdico es muy importante») y el sacrificio de su carrera profesional

parece importarle poco, porque «sarna con gusto no pica», y, según dice, lo que le costaría de verdad es

dejar la política, no poder ir más por sus pueblos. Porque cada viernes, Pablo marcha a Extremadura a

trabajar todo el fin de semana como diputado de Cáceres que es, y allí va a mitines en pequeños pueblos e

intenta hablar de la Constitución —por disciplina de partido, claro, porque la Constitución no es que le

parezca demasiado bien, pero piensa acatarla porque puede ser un paso hacia delante— y los paisanos no

le dejan. Lo único que les preocupa es que un marqués devuelva al pueblo las tierras de pasto que le

arrebató tras la guerra civil, y si no se les devuelven las tierras no hay Constitución que valga. Y piensa

Pablo que, en el fondo, tienen una razón aplastante.

También la actividad política influyó en la ruptura de su matrimonio, que es hombre casado y por la

Iglesia y con cinco hijos, y sí, «de alguna forma la vida política es incompatible con una familia normal,

pero yo creo que ahí, aparte de lo político, hay un problema muy serio y que cuesta muchos disgustos

cada vez que lo digo, y es que yo ya he llegado a la conclusión de que no se puede ser una persona normal

y seria teniendo una familia; de verdad, eso de la familia y el matrimonio es algo con lo que hay que

acabar de una vez. Cada vez que digo esto en el partido exclaman: "Ya nos ha costado un millón de

votos", pero a mí los votos me importan poco, es otra cosa lo importante». Sin embargo, Pablo Castellano

cree en la pareja, en la monogamia sucesiva («Y también en la poligamia, y en las relaciones

homosexuales. Yo creo que este problema, en el fondo, es sólo una cuestión de libertad, que hay que

rechazar le coacción, la violencia, el engaño, la manipulación») y contra lo que está es contra la

institucionalización de las relaciones.

Yo creo que causa mucho menos daño la verdad que la mentira. Lo que no puede hacer una persona en un

momento determinado el autoengañarse y querer mantener una ficción de familia, una ficción de

matrimonio y al mismo tiempo estar teniendo a lo mejor necesidades de todo orden, político, social o

afectivo, e incurrir en el error de la doble vida. Yo creo que es preferible tener una sola vida, ya de por si

llena de contradicciones, a tenerla doble.

En esa mano con la que a veces barre el aire y los inconvenientes brilla ia espesa plata de un llamativo

anillo, una cabeza de león de fauces abiertas. Es un detalle de fantasía que rompe en conjunto (pantalón,

jersey y cazadora en marrones, un aire muy de profesor de filosofía pura) y que no debe ser casual. En él,

quizá reafirma su deseo de ser joven y muchas otra: cosas, que el anillo «es un recuerdo que compre en

una tienda judía de Belgrado, es el león de Judá». Es muy expresivo, vitalista y cáustico, y parece

divertirse al reírse de los demás y de él mismo, y así, dice: «La vida es un proceso y efectivamente, a

veces, sin arrepentirme de nada, tengo una suficiente capacidad de risibilidad de mis propias peripecias,

porque la vida hay que vivirla con enorme intensidad, pero también hay que tener la capacidad de ser un

poco lector de tu propia novela y tener siempre el humor y la sensatez de reírte de las peripecias del

protagonista y ver cuántas veces se ha hecho también el ridículo. Eso no tiene por qué avergonzar.» Pero

hay algo de lo que no se ríe, y es el socialismo, que se llena siempre de mayúsculas en su risueña boca,

que sigue siendo un sueño en el que creer y realizarse. Y, así. Pablo Castellano es un producto histórico,

es el disidente que renuncia a serlo por cuestión de fe. Y aun cuando hable de cosas cotidianas

mencionará con mimo la palabra: «Hay algo que es incompatible con el socialismo; la rutina y el

aburrimiento. Yo creo que hay que vivir intensamente.» Y Pablo admite haber tenido y tener una vida

intensa llena de peripecias. Admite no aburrirse nunca, «aunque hay Plenos del Congreso en los que hay

que hacer esfuerzos sobrehumanos para que no se te caiga la cabeza al suelo dormida; pero yo ya he

desarrollado la capacidad de poder estar cinco horas sentado allí, pensando en mis problemas y

especulando con lo que realmente me preocupa sin que haya quedado el menor poso de las imbecilidades

que allí se han dicho. Lo cual es muy bueno, porque te garantiza un estado de salud mental». Y con sus

barbas al viento inexistente del interior de su despacho Pablo Castellano tiene algo de profeta en

miniatura, de visionario, provisto, eso si, de un sano sentido autocrítico, de un refrescante humor.

«Algunos me preguntan que por qué escribo tanto. Yo creo que es por la necesidad que siento de

comunicarme, porque hay cosas que veo tan claras que tengo la necesidad de decirlas, porque aquí no

hemos llegado a la situación inglesa, no hay un Hyde Park. A lo mejor, si hubiera en Madrid esa

costumbre, yo estaría todo el día subido en un banco del Retiro diciendo monstruosidades.» Y aun

entonces, al bajarse del banco, llamaría al primer taxi y musitaría un «lléveme a Marqués de Cubas,

esquina con San Jerónimo» con vergonzoso y secreto acento.

 

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