Autor: Gil-Robles, José María. 
   Con una sola rueda     
 
 ABC.    30/05/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

CON UNA SOLA RUEDA

EL Congreso del Partido Socialista Obrero Español y sus resultados han

provocado abundantes

comentarios, la mayor parte de ellos de verdadera altura, reveladores de una

honda y justificada

preocupación. Creo, sin embargo, que ciertos aspectos del tema deben ser

analizados con mayor

cuidado, dejando a un lado lo episódico.

Que Felipe González haya dado una prueba de elevación moral —cosa que, a mi

juicio, no puede

discutirse prescindiendo de que pueda ser un hábil planteamiento estratégico con

vista a futuras batallas—

o que ciertos elementos influyentes en la masa de delegados hayan demostrado una

notoria falta de

madurez, no dejan en fin de cuentas de ser cuestiones secundarias. Lo importante

es que el Congreso del

PSOE ha puesto de relieve, con cruda claridad, lo que el socialismo español, o

al menos una grandísima

parte de él, significa en los actuales momentos cruciales de nuestra política.

El ansia de paz y tranquilidad que anhela la inmensa mayoría de los españoles;

la moderación con que la

oposición socialista en las Cortes se fue plegando a las exigencias de la

política del consenso; y una

propaganda, muchas veces poco sincera, empeñada en pregonar el milagro español

del tránsito feliz del

autocratismo a la democracia, hicieron creer a muchos que el ideal de evolución

pacífica ya se había

conseguido, y que el Partido Socialista Obrero Español, pieza fundamental del

balbuciente bipartidismo,

se inclinaba decididamente hacia una socialdemocracia de tipo occidental.

Algo alarmó a los menos optimistas la afianza de socialistas y comunistas para

la ocupación poco

democrática de puestos claves en los Ayuntamientos. Pero el conformismo

dominante pronto se aplacó.

Se trataba, a su juicio, de un episodio táctico fácilmente explicable por la

intransigencia de la UCD y por

el natural deseo de los vencidos de resarcirse del descalabro de las elecciones

municipales. Quedaba, por

fortuna, lo que era fundamental en su opinión: un socialismo que acabaría por

entrar por una vía parecida

a la del socialismo germano después del Congreso de Bad-Godesberg; y, a su lado,

un eurocomunismo

con las mínimas aristas, cuyo jefe saludaba respetuosamente al Rey ante las

cámaras de la televisión en la

sesión inaugural de la nueva legislatura. ¿Qué más se podía pedir en cuanto a la

solidez de unas

instituciones políticas dispuestas a ser garantía a un cuatrienio de hegemonía

de la UCD?

Pero de pronto, el Congreso del PSOE —con sinceridad, que todos debemos

agradecerte— ha teñido el

rosado cuadro de nuestra incipiente democracia con los fuertes colores de una

realidad que sale de la

intencionada oscuridad en que la habían confinado. El socialismo español se ha

definido como partido

marxista y clasista, que descansa en el principio de la lucha de clases y que

patrocina a dictadura como

instrumento insustituible de transformar la sociedad según sus módulos.

No es lo más alarmante, a mi juicio, a confirmación por el PSOE de su marxismo

doctrinal. Para la gran

masa de sus adheridos, el marxismo, imperfectamente conocido y peor asimilado,

no es más que el mito

condensador de sus aspiraciones más radicales. Lo peor, desde un punto de vista

democrático, es su

afirmación de partido clasista, la confirmación de su estrategia de la lucha de

clases, y del empleo de las

masas como eficaz medio de presión no ya sólo contra la burguesía sino, de

hecho, contra el resto de la

sociedad.

Un partido clasista, apoyado en unas masas llevadas a un estado permanente de

reivindicaciones, más que

un partido político es un grupo de presión. Sobre él no se puede montar una

alternativa democrática.

Mediante un brusco corte de la inteligente evolución hacia la democracia

impulsada por los dirigentes

derrotados en el Congreso, el PSOE retrocede a su tradición antidemocrática

forjada en tantos años de

lucha contra un capitalismo incomprensivo, y de largos decenios de

clandestinidad bajo la dictadura.

¿Habrá vuelto espiritualmente el socialismo —con mayor exactitud la masa

sindical radicalizada, que

constituye su mayor fuerza— a los tiempos de la huelga de 1917, de la revolución

antidemocrática de

1934 y de la agitación subversiva que llevó a la catástrofe de 1936? ¿Sentirá de

nuevo la tentación del

rechazo de los elementos intelectuales y moderados, del mismo modo que un día

sacrificó a Besteiro al

cerrado sectarismo de Largo Caballero? Deseo sinceramente que no sea así.

No quiero que mis palabras puedan interpretarse como un clarinazo para una

concentración antimarxista.

Sería un verdadero crimen de lesa patria sacar como consecuencia de lo ocurrido

en el Congreso

socialista la necesidad de un planteamiento tan simplista como falso. A parte de

que hay que huir de todo

cuanto implique ahondar en el dualismo de dos Españas incompatibles, tampoco

cabe olvidar dos

realidades de signo positivo: la existencia de unas clases medias y de unos

sectores que parecen más

inertes de lo que en realidad son, tal vez porque no han encontrado quien sepa

encauzar sus posibilidades;

y la rectificación, que es razonable esperar, en el próximo Congreso socialista

de los radicalismos

impuestos por un grupo de irresponsables.

Pero aun así se habrá producido un daño que sería nocivo desconocer. Aunque en

el próximo Congreso

rectifique, el socialismo habrá perdido buena parte de su credibilidad

como factor de consolidación de

la democracia. Y de eso se resentirá no sólo el partido sino España toda.

Durante un lapso de tiempo difícil de calcular pero que, en cualquier caso no

será corto, los destinos de

España van a estar en manos de un grupo demasiado heterogéneo para ser sólido.

Con una posición

minoritaria en las Cortes, que le obligará a vivir de precario, con una

oposición socialista y comunista

mucho más dura que hasta aquí como consecuencia del radicalismo puesto en

evidencia en el Congreso

del PSOE, la UCD va a tener que enfrentarse con problemas que exigirían en el

partido gobernante la

fuerza política y moral de que el actual carece: las leyes complementarlas de

una Constitución plagada de

ambigüedades y de equívocos, la crisis económica en constante proceso de

agravación, la seguridad

ciudadana que está harto lejos de conseguirse, los Estatutos cuya discusión

plantean con caracteres de

exigencia los respectivos entes autonómicos... Nos vamos a encontrar con una

situación política de

notoria ineficacia, que quizá sólo se sostenga por la casi imposibilidad de

montar una alternativa.

Tal vez el deslizamiento hacia la izquierda del Congreso del partido socialista

haya llegado en el peor

momento. Es posible que de haber sido otro el resultado estuviéramos en vísperas

de un ensayo de

gobierno de coalición. Pero la posibilidad se ha alelado y mucho habrán de

cambiar las cosas en el

próximo Congreso del PSOE para que se pueda intentar lo que en este momento ha

fracasado.

Ahora puede medirse mejor la trascendencia del error de haber querido asentar la

Monarquía

parlamentaria sobre la ficción de un bipartidismo artificial.

Malo, muy malo es el multipartidismo que no permite la constitución de gobiernos

homogéneos o con una

heterogeneidad mínima de la que en máxima parte depende su eficacia. Pero no es

mejor un bipartidismo

forjado por el acuerdo de grupos manejados por oligarquías y nacido al calor de

leyes y de

procedimientos electorales falseadores de la verdadera voluntad de los

ciudadanos.

Al primer choque con la realidad social tales ficciones salten, el bipartidismo

se quiebra y al poder

moderador le falta esa segunda rueda de que se le quiso dotar por procedimientos

condenados al fracaso.

El carro político va a marchar penosamente en estos difíciles momentos, apoyado

en una rueda que se

bambolea y con el otro extremo del eje en el aire.

¿No habrá llegado la hora de llenar ese vacío que en política constituye un

peligrosísimo riesgo? Creo que

en la sociedad española hay una masa sanísima que sinceramente lo desea.

¿Encontrará los hombres

capaces de recogerla y potenciarla?

José María GIL ROBLES

 

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