¿En qué quedamos?     
 
 ABC.    18/09/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Fuente: ABC MADRID Fecha: 18-11-1978

ABC. SÁBADO, 18 DE NOVIEMBRE de 1978

Dirección: Guillermo LUCA DE TENA

Vicepresidente del Consejo de redacción:

Pedro de Lorenzo Subdirectores:

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Santiago ARBOS BALLESTE Carlos MENDO BAOS

Editor: PRENSA ESPAÑOLA, S. A.

¿EN QUE QUEDAMOS?

Decididamente, el Partido Socialista Obrero Español, cuando se dispone a cumplir

su primer siglo, parece

resuelto a ofrecer a la opinión pública española —e internacional— una continua

serie de sorpresas que

no sabemos bien si denotan un infantilismo impropio de tan venerable edad o

quizá un acceso casi

permanente de senilidad no muy acorde con la aparente juventud política de sus

líderes y sus cuadros.

Pésimo administrador de unos resultados electorales que, evidentemente, le

vienen anchísimos, el

P. S. O. E. se debate en una profunda crisis de identidad entre el conocido

sectarismo do sus militantes —

que en algunos puntos de la nación montaron su campaña electoral sobre el

reparto de tierras, como en los

buenos tiempos—, la clarividente exigencia de los centros de poder exterior que

financian la empresa

socialista española y el desconcierto del grueso de sus votantes que creían

apoyar a una opción

progresista moderada, sin más estridencias que las inevitables en el proceso de

cambio, y se encuentran

con un manojo cada día más incoherente de opiniones, directrices y divergencias

sobre temas

trascendentales de la vida española y de la propia orientación del partido.

Un partido que se proclamó oficialmente marxista en su último Congreso y que

ahora trata de despegarse

del marxismo; un partido que vacila entre los anacronismos de su pretendida

pureza ideológica y las

tentaciones de la tecnocracia camino del poder; un partido que trata de

exhibirse, cada vez más

cansinamente, como alternativa cuando al borde de su centenario no sabe todavía

ni lo que es ni lo que

quiere. Tal vez la suicida defenestración de toda su vieja guardia —los hombres

de Prieto, uno dé los

pocos socialistas capaces de aprender las lecciones de la Historia— y su

sustitución por un grupo de

cristianos impacientes, otro de conversos ardorosos y otro de doctrinarios

irreductibles puede explicar

buena parte de la crisis socialista, mucho más profunda de lo que aparece desde

la contemplación

superficial; porque es a la vez una crisis de futuro, una crisis de identidad y

una crisis de seriedad. Los

desplantes de Don Alfonso Guerra, por ejemplo, sirven como aceptables viñetas

cómicas en el pequeño

teatro de la transición pero ya empiezan a preocupar a quienes volaran, ante

todo, seriedad política. Un

partido que se presenta oficiosamente cada semana por medio de un panfleto

lamentable que haría

enrojecer a un Araquistáin o a un Zugazagoitia padece, con toda lógica, el

bochorno de que, al filo de su

centenario (un centenario, por otra parte, más que discutible) no haya sido

capaz de ofrecer al público

español ni un resumen histórico de su andadura que se tenga de pie.

Quizá porque el P. S. O. E. tiene miedo, con toda razón, de su propia historia;

quizá porque los dirigentes

del P. S. O. E., al vislumbrar esa historia (que no demuestran conocer a fondo)

empiezan a comprender

que el partido ha fallado siempre en las grandes crisis de la España

contemporánea, como las da 1898,

1909, 1917, 1923, 1930, 1931, 1934 y 1936, para no hablar de las que, por ser

posteriores, están en la

memoria común. Y ahora parece dispuesto a fallar de nuevo.

Toda esta incoherencia y este peligro de aberración aflora, más de lo que

desearan quienes le miran, a

pesar de todo, con simpatía, en las declaraciones periódicas del primer

secretarlo del Partido Socialista

Obrero Español, don Felipe González Márquez. El cual no se aclara sobre las

capitales del mundo en que

quisiera morir; según una de sus frases recientes en que no se sabe si debemos

asombrarnos del

servilismo atlántico o de la artificial fobia antisoviética. El señor González

resume y concentra las

vacilaciones de su partido en varios temas vitales para el futuro de la nación,

y muy particularmente en el

tema de la Monarquía.

Durante la primera fase constitucional, el P. S. O. E. utilizó su postura ante

el régimen que España se ha

dado y ante la propia Corona con un método rayano en el chantaje, y

permanentemente incurso en la

grosería. Al llegar al Senado la Constitución, los portavoces del P. S. O. E.,

contagiados quizás por la

mayor seriedad de la Cámara Alta, en la que su partido sólo constituye

interesante minoría, declararon al

P. S. O. E., expresamente, compatible con la Monarquía democrática que surgía de

la Constitución. Ahora,

en un disparatado retorno por el túnel del tiempo a un pasado que por supuesto

tiene que ver poco con la

verdadera historia de un partido que nunca fue republicano sino posibilista, el

señor González se muestra

dispuesto, sí, a «gobernar con el Rey» por la curiosa razón de que «a la

sociedad española no le interesa

añadir nuevos traumatismos si bien «ello no implica que el partido dejara de ser

republicano». (Citas de

agencia.)

¿En qué quedamos, don Felipe? Aparte sus preternaturales deseos de gobernar,

¿querrá usted definirse de

una vez ante la opinión pública ya que parece incapaz de hacerlo ante sus

propios militantes? ¿Dejará

usted de utilizar un idioma ante ellos —el idioma del sectarismo y la revancha—

y otro bien distinto ante

los espectadores de televisión o ante los simpatizantes que acuden —cada vez

menos— a sus mítines?

Mientras el pueblo español decide, como usted dice, si le «responsabiliza» a

usted y a su partido, ¿querrá

usted conjugar el fondo, ya que no la forma de tan difícil verbo? Si todos los

españoles reconocemos y

admiramos la gallardía y el patriotismo con que el P. S. O. E. encara la campaña

del referéndum en

Cataluña y en el País Vasco, ¿no podría usted ahorrarnos la exhibición de

inconsecuencia y de

marginación histórica que escapa en tantas declaraciones contradictorias sobre

problemas esenciales.

 

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