Autor: Alonso Novo, Luis. 
   El antimarxismo como pretexto     
 
 Diario 16.    15/09/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

El antimarxismo como pretexto

Luís Alonso Novo (*)

Con la aparición de la teoría marxista y su incorporación a la lucha de clases,

el proletariado, (hoy

ascendido a clase trabajadora pero igualmente explotada) dispone del factor

motivacional (horizonte

utópico que dice Tierno) del individuo. Capaz de aglutinar las masas,

imprimirles conciencia de clase e

impulsar sus organizaciones. Neutraliza el paternalismo religioso que durante

siglos ha venido actuando

como elemento inhibidor del proletariado en la confrontación capital-trabajo.

(Es una contradicción del

cristianismo que la Iglesia como organización haya conformado las instituciones

del Estado y en cuanto

doctrina se pronuncia por los oprimidos.) Si añadimos a esta circunstancia el

hecho de que la burguesía

controla el poder económico y político con lodo lo que ello implica, tenemos que

valorar la obra de Karl

Marx como una de las aportaciones más importantes al progreso de la humanidad.

El análisis de Marx pone de manifiesto el comportamiento de la sociedad burguesa

y su sistema de

producción a cuyas contradicciones es inherente la injusticia social, reconocida

incluso por los propios

burgueses. A la vez que proporciona los elementos fundamentales para que la

clase oprimida participe en

la transformación de la sociedad.

La vigencia del pensamiento marxista no sólo viene dada por la existencia del

sistema de producción

capitalista, sino que la sociedad futura había de enmarcarse en sus previsiones.

Su impacto en la sociedad

burguesa trasciende con mucho los efectos que hasta hoy conocemos porque remueve

los cimientos de la

sociedad civil para transformarla en una sociedad diferente. De modo que la

importancia del marxismo en

la lucha de clases se reafirma en el constante proceso de desarrollo social.

¿A quién puede extrañar que la burguesía se desgañite contra Marx, el marxismo y

los marxistas? ¿A

quién puede extrañar que se utilice contra el marxismo todos los medios

imaginables?

Desde su aparición, el marxismo, ha sido un dardo en el centro neurálgico del

sistema de producción.

Igual que en su tiempo, el cristianismo lo fue en el Imperio Romano y la

burguesía para el feudalismo. Es

lógico que la reacción intente instrumentarlo como arma arrojadiza y trate de

utilizar el marxismo como

sinónimo de insulto, cuando ya no dispone del Tribunal de Orden Público.

Resulta inaudito que representantes del proletariado dejándose querer por la

burguesía traten de

reemplazar por decreto en el socialismo, la ética marxista por la llamada moral

burguesa. ¿Es que la

computadora no ha previsto que en este partido hubo militantes que no se

doblegaron ante el franquismo

y que los hay que tampoco se van a doblegar ante ningún nepotismo que pretenda

tutelar las ideas ni las

organizaciones?

La tribuna del PSOE

Sorprende que desde las filas del proletariado y una vez en la cúspide del poder

al cual se ha llegado

precisamente como abanderado del marxismo, se utilice ese poder para dinamitar

la democracia y la

honradez, que son las herramientas fundamentales con las que el socialismo debe

transformar la sociedad.

Condición ésta que ha identificado al PSOE a lo largo de la historia y lo

contraponía con la llamada moral

burguesa. Las convicciones de millones de hombres y mujeres, que heroicamente

supieron mantener en la

contienda permanente a la que el proletariado se ve forzado, es lo que le ha

dado al partido el poder

persuasivo haciéndolo depositario de conductas ejemplares de cuantos mandatarios

y mandantes en la

vida del partido han sido. Hoy se pretende cambiar ese modelo de organización y

de comportamiento por

tres minutos de TV y un aparato tecnocrático de incondicionales.

Al amparo de supuestos estudios sociológicos y con discursos sensibleros se

intenta cambiar la tribuna

política del PSOE en pulpito para determinados católicos. Para estos igual que

para los budistas mis

mayores respetos siempre que recen en sus respectivas iglesias, pero que se les

pida que se manifiesten

como tales en las Casas del Pueblo, es una clara invitación a la tendencia.

No parece serio que quién aspira a gobernar la nación diga: «...en ocho días

acabo con el gobierno.»

Pasen los años y siga de aspirante. Es amoral ejercer el leninismo dentro del

partido para ganar unas

elecciones democráticas y encima perderlas estrepitosamente. Hay quienes admiten

que ser leninista y

esconderse tras los comisarios políticos, pero ganando, de lo contrario se

impone darle vacaciones. Quién

piensa que: («...el pueblo se ha equivocado», «que ha tenido miedo», «que ha

perdido una oportunidad»),

demuestra el concepto que tiene del pueblo, la capacidad para dirigirlo y la

certeza de que le iría mejor en

otro oficio. Los endiosados tienen su sitio en organizaciones autoritarias,

nunca en las democráticas. Pero

en modo alguno tiene el derecho de adaptar éstas a sus apetencias de poder,

mientras por otra parte el

Gobierno juega con él al ratón y al gato.

Desde su aparición, el marxismo, cuenta con detractores de lo más variopinto a

los que no se puede

subestimar. Hay que analizar con cierto rigor los métodos que emplean en cada

momento e impedir que la

historia se repita. Lo que hoy se intenta con el socialismo español, no es más

que la traslación mimética

de las mutaciones habidas en otros socialismos allende nuestras fronteras, sólo

que subrepticiamente y de

un solo golpe y sin que sus errores se hayan tomado en consideración. Los

antimarxistas proliferan

porque la burguesía en su afán de perpetuarse contra toda ley natural, ha

incorporado al actual sistema de

producción, la profesión de los teóricos del antimarxismo. En cualquier caso

tratan de cubrir dos

objetivos: neutralizar el poder mágico del marxismo aireando lo accesorio y

ocultando lo fundamental de

su obra, y desnaturalizando las organizaciones con pretendidas teorías

superadoras de la lucha de clases.

Se dice que los marxistas, para serlo, han de estudiar a Marx. Lo que supone

negar la necesidad de la

reforma educativa. ¿A caso los analfabetos no pueden ser marxistas? ¿Acaso todos

los socialdemócratas

conocen el Bad Godesberg? Estudioso del marxismo es una cosa, y marxista otra,

que no siempre

coinciden y en ocasiones hasta son opuestas.

(*) Miembro de la ejecutiva de UGT. Secretario de Propaganda

 

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