Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Socialismo democrático y socialismo marxista     
 
 Diario 16.    16/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Socialismo democrático y socialismo marxista

Ignacio Sotelo

Nadie niega el poder incontrolado que puede otorgar la propiedad privada de los

bienes de producción,

pero tampoco cabe ignorar la diversidad de formas en que este poder se encarna

en los distintos sectores

económicos. En vez de partir de la generalización abstracta -eliminar la

propiedad privada de todos los

bienes de producción es el acto revolucionario por antonomasia- lo decisivo es

ir definiendo el distinto

poder que otorga la posesión privada de los bienes de producción en relación con

su eficacia en cada

sector productivo, así como la correlación de fuerzas en litigio, conscientes de

que cualquier paso hacia la

colectivización exige previamente alternativas concretas de gestión democrática.

El problema clave del socialismo, tal como lo plantea el marxismo en el siglo

XIX, consiste en la «toma

del poder por la clase obrera, cuyo primer acto revolucionario es la

nacionalización de los bienes de

producción». Conseguido esto, lo demás se nos daría por añadidura. El problema

clave del socialismo

contemporáneo no es tanto la expropiación de los bienes de producción, como la

concepción y puesta en

práctica de una gestión democrática, apropiada a cada sector productivo.

Superación del socialismo decimonónico

Los socialistas decimonónicos creyeron que, eliminada la propiedad privada de

los bienes de producción,

la organización democrática de la producción no ofrecería mayores dificultades.

En último término,

mientras dominasen relaciones capitalistas de producción, no sería posible

concebir en concreto, ni

mucho menos poner en práctica, modelos alternativos de organización: las

«superestructuras» políticas e

ideológicas dependerían de la «base productiva». Ahora bien, una vez modificadas

revolucionariamente

las relaciones de producción, se desencadenaría una dinámica creadora de tal

envergadura, que los

trabajadores, por fin en libertad, no sólo mantendrían en marcha la producción,

sino que la desarrollarían

vertiginosamente, desaparecidas las contradicciones y la anarquía productiva

propias del capitalismo.

Para los más cautos y realistas que no querían creer en la espontaneidad

milagrosa de la simple

desaparición de la propiedad privada, se reconocía un periodo de transición, en

el que el Estado

desempeñaría una función primordial de coordinación y planificación -dictadura

del proletariado- pero

con la seguridad de que este poder, sin base económica, iría desapareciendo

paulatinamente.

Hoy nadie que tenga cabeza sobre los hombros puede creer, bien en la

espontaneidad creadora de las

masas por la mera desaparición de la propiedad privada, bien en el carácter

accidental y transitorio del

nuevo poder del Estado. Abandonada la producción a la «espontaneidad creadora»

de los trabajadores,

asistiríamos a un rápido derrumbe, con la penuria y el caos social

correspondientes, hasta que un nuevo

poder dictatorial intentase de la manera más drástica, la reconstrucción del

viejo sistema productivo. En

cambio, la producción en manos del Estado inaugura una nueva formación social -

el colectivismo

burocrático- cuyos directos beneficiarios son los detentadores del poder

político. Una nacionalización

repentina y revolucionaria de todos los bienes de producción conduce al caos y a

la contrarrevolución, o

bien inicia una nueva era de poder altamente centralizado en beneficio de la

«clase política» que controla

al Estado.

En base a la experiencia histórica de nuestro siglo, cabe cuestionar la

ingenuidad revolucionaria de los

clásicos socialistas. El problema para ellos consistía en llegar a la gran

revolución en la que la clase

obrera, organizada en un gran partido, con la conquista del poder político,

llevaría a cabo la

«expropiación de los expropiadores». Las contradicciones crecientes del

capitalismo y sus crisis

periódicas, reportando cada vez mayor gravedad, constituían la garantía objetiva

de que este gran día

llegaría indefectiblemente. Hoy sabemos que todas estas expectativas que

popularizó el marxismo no

tienen el menor apoyo en la realidad. Por un lado, es más probable que el

capitalismo acabe con el planeta

—su capacidad de destrucción militar y ecológica supera lo concebible- que se

derrumbe, abatido por sus

propias contradicciones. Por otro, aun cuando el capitalismo desembocase en un

colectivismo burocrático,

en vez de haber avanzado hacia el socialismo, entendido como «asociación libre

de hombres libres», bien

pudiera incluso desaparecer del horizonte al usurpar esta denominación.

Meta o punto de partida

El problema clave del socialismo no consiste en llegar a ese gran acto

revolucionario en el que de un

plumazo se suprime la propiedad privada de los bienes de producción. Esta noción

del acto revolucionario

proviene de una abstracción cabalmente histórica. No se salta en un día de una

etapa en la siguiente. La

socialización de los bienes de producción es el logro final de la construcción

del socialismo, y por tanto la

meta última de un largo proceso histórico, y no como ingenuamente se creyó en la

pasada centuria,

tomando el rábano por las hojas, el comienzo de la construcción del socialismo.

Aquí se patentiza la

diferencia abismal que separa el socialismo democrático contemporáneo, para el

que la socialización de

los bienes de producción es el fin de un largo proceso histórico, del socialismo

marxista, para el que la

socialización revolucionaria de los bienes de producción es el requisito

fundamental para empezar una

política de construcción del socialismo. Para el socialismo democrático, la

socialización de los bienes de

producción es el fin de un largo proceso de edificación socialista, para el

socialismo marxista, el inicio y

requisito fundamental para poder de verdad hacer política socialista.

 

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