Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Marxismo y democratización     
 
 Diario 16.    08/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Marxismo y democratización

Ignacio Sotelo

Hemos insistido en la crítica del marxismo por razones coyunturales. En un país

como el nuestro, sin la

tradición filosófica, científica y política que recogió el pensamiento de Marx,

el marxismo tiende a

reducirse a unas cuantas fórmulas mágicas, evidentemente falsas en su

simplicidad. Desde luego que cabe

una recepción más fructífera y diferenciada del pensamiento de Marx, pero esta

labor se inserta todavía en

el futuro. Una discusión científica y responsable en torno al pensamiento de

Marx es algo en España

todavía por llegar; aún tenemos que salvar unas cuantas etapas, tanto en la

organización del saber

científico, como en el desarrollo del movimiento obrero. Todo esto no es óbice

para que nadie

medianamente informado y de buena voluntad pueda ignorar a estas alturas lo que

significa Marx a la

hora de un análisis científico de la sociedad capitalista. Lo que afirmamos no

más es que el marxismo

residual que pervive en el movimiento obrero español constituye un pesado lastre

que impide o dificulta

grandemente el establecer una estrategia socialista, acorde con los imperativos

y posibilidades de nuestra

situación.

Contra el marxismo residual

Hoy urge la critica del marxismo residual, estableciendo metas y métodos que

rompan conscientemente

con la tradición marxista del socialismo. No dudo que en un futuro no muy lejano

tendremos que volver a

Marx, a su critica del capitalismo, para oponernos a las simplificaciones

apologéticas de la sociedad

capitalista en boca de algunos de los «socialistas» hoy más empeñados en

combatir el dogmatismo

marxista. Las simplificaciones mágicas no son exclusiva de los que se proclaman

marxistas; abundan

asimismo entre los críticos del marxismo, tentados a tirar por la borda

cualquier perspectiva socialista con

el pretexto de que están limpiando el socialismo de todo contenido «ideológico»

o «dogmático».

Este vaivén entre una simplificación dogmática del marxismo, convertido en

camisa de fuerza que

sostiene al movimiento obrero en los baches más profundos -se comprende que en

las largas décadas de la

dictadura el socialismo español fuera proclive a congelarse en sus «esencias

tradicionales»-y su

renacimiento como fuente de nuevos conceptos y perspectivas de cambio

revolucionario en los momentos

de ascensión crítica de las masas populares, pertenece a la ambigüedad

constitutiva del pensamiento de

Marx, que permite muy diferentes lecturas. Mientras exista una sociedad basada

en el trabajo asalariado,

el marxismo irá renaciendo, cual nueva ave fénix, una y otra vez de sus cenizas.

Podemos centrar la critica del marxismo en la siguiente tesis: No es cierto que

la propia dinámica del

desarrollo capitalista cree las condiciones objetivas para el advenimiento del

socialismo. No pensamos

que el capitalismo sea eterno, como quieren sus defensores, pero son varios, con

muy diferentes

consecuencias, los modos concebibles de su desaparición. Al capitalismo pueden

suceder distintas

formaciones sociales —una de ellas, el colectivismo burocrático, ya es plena

realidad- y en ninguna

dialéctica objetiva de la historia está escrito que el socialismo sea la única

salida, o la más probable, del

capitalismo. Conformémonos con decir que es simplemente la más destacable, pero

ello implica

establecer una estrategia coherente para conseguirlo, deshaciéndonos de

cualquier forma de determinismo

histórico, disfrazado de objetividad científica. El definir una estrategia

socialista acoplada a nuestra

situación histórica supone por lo pronto el replantear críticamente las

relaciones entre fuerzas productivas

y modo de producción, por un lado, y las llamadas «superestructuras» políticas e

ideológicas, por otro.

Una simplificación «materialista» de estas relaciones puede hoy por hoy cerrar

el paso a cualquier

alternativa socialista.

El corolario más importante que se deriva de esta tesis es el cuestionar el

supuesto de que basta la

eliminación de la propiedad privada de los bienes de producción para que

automáticamente desaparezcan

todas las contradicciones de clase, y con ellas, todas las formas de dominación

y de opresión. La

experiencia de nuestro siglo ha puesto de relieve los riesgos y los costos de

una economía totalmente

estatalizada, sin que por ello, antes al contrario, disminuya el grado de

explotación y de opresión.

La socialización de los bienes de producción, lejos de surgir de «un acto único

revolucionario», para

decirlo con palabras de Federico Engels, resulta de un largo proceso histórico

en el que el tratamiento que

recibe la propiedad privada de los bienes de producción puede y debe ser muy

distinto, según el sector

económico de que se trate y el grado de concentración monopolista que haya

alcanzado.

Lo que se pensó como un acto revolucionario, se revela como un largo proceso

histórico que además sólo

indirectamente gira en torno a la socialización de los bienes de producción.

Cierto que el concepto de

socialismo implica una economía comunitaria al servicio de la comunidad, pero lo

decisivo no es tanto la

expropiación como el crear los requisitos sociales mínimos para su éxito, es

decir, las pautas de conducta,

el grado de desarrollo cultural y los órganos democráticos de gestión para que

la producción pueda ser

realmente comunitaria. Si se logra el control democrático de los grandes centros

de poder económico, en

los sectores en los que funciona la competencia y las posibilidades de

concentración son limitadas, la

propiedad privada puede resultar incluso compatible con los intereses

mayoritarios. Frente a un concepto

economicista y revolucionario de la transición al socialismo, hoy se impone uno

sociopolítico y paulatino

en torno al concepto clave de democratización.

 

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