Autor: Altares, Pedro. 
   Antecedentes de una crispación     
 
 Diario 16.    10/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Diario 16/10-Agosto-79

El PSOE entre dos congresos (III)

Tras la ascensión de Isidoro a la máxima responsabilidad en el partido, el PSOE

sufre varias

transformaciones que van a provocar momentos de tensión. Lo más notable, al

menos desde el punto de

vista de la influencia pública, es el papel preponderante que va adquiriendo

Alfonso Guerra dentro del

aumento de peso del equipo de los sevillanos.

Ello y otras causas motivaron una serie de frustraciones aún no superadas, y no

solamente ideológicas,

que han emergido a la primera oportunidad, escribe Pedro Altares, según el cual,

en momentos claves

para el desarrollo del partido, la ejecutiva no sabe, no puede o no quiere abrir

el juego delegando

responsabilidades, integrando nombres nuevos y posibilitando caminos y equipos

de trabajo. Altares

concluye: «El aparato, en lugar de abrirse, se cierra, Es un error que se va a

pagar muy caro».

Antecedentes de una crispación

El Congreso de Suresnnes se celebra en 1974. Dos acontecimientos capitales

dentro de la historia del

PSOE tendrán lugar en él: la ruptura con la línea política impuesta por el

exilio, con el consiguiente

traslado de los órganos de ejecución al interior, y el surgimiento de un joven y

radical laboralista

sevillano, colaborador en la cátedra de Jiménez Fernández, viejo luchador

democratacristiano y singular

personalidad de la oposición antifranquista, que acude al Congreso acompañado de

un homogéneo equipo

andaluz. Su nombre de clandestinidad es Isidoro, seudónimo que muy pronto la

prensa española se

encargará de «destapar». A Suresnnes acude Pablo Castellano después de varios

años de duro trabajo en

Madrid para dar a conocer una nueva imagen del PSOE, reorganizar los cuadros del

partido y de la UGT,

y reagrupar a los muchos dispersos, desilusionados o apartados por la

incomprensión de Tolouse.

Castellano, que había asumido posturas muy contestadas por la escasamente

numerosa base, (como

algunas conversaciones con áreas del poder, declaraciones a la revista «Criba»

de fuerte matiz

anticomunista, entre otras) era por aquel entonces la moderación y el grupo

sevillano el radicalismo.

Isidoro, Felipe González, deslumbró al Congreso, el último del exilio, y

mediante una hábil alianza con la

Federación Guipuzcoana, la más numerosa en votos administrados por Enrique

Múgica, sale elegido

primer secretario. Pablo Castellano es el secretario de relaciones

internacionales, con un cierto deje de

frustración frente al acuerdo vasco-andaluz.

El poscongreso deja una cosa meridianamente clara: la hegemonía del grupo

sevillano, aunque haya algún

refuerzo de otras provincias andaluzas, sobre el resto de las federaciones,

algunas todavía en estado de

embrión o, como la de Asturias, sin despertar del todo del letargo impuesto por

la dictadura. Para la

federación de Madrid, el golpe fue duro y nunca del todo asimilado: era una

federación joven y pujante

que incorporaba a marchas forzadas a gentes de bastante personalidad y peso

específico que de alguna

manera se sintieron relegados por la concentración del poder del partido

alrededor de Sevilla. Algunos

entraron en el partido entonces «captados» por Pablo Castellano y otros, rotas

las trabas del «llopismo»,

que les había mantenido un tanto alejados, reverdecieron su militando, como fue

el caso de Gómez

Llorente, que nunca llegó a romper desde sus orígenes en las Juventudes

Socialistas, Revilla, Boyer,

Bustelo, Solana, Alonso Puerta, etc.

La acogida en Madrid a Felipe González fue fría, y de hecho, su integración en

los círculos de su propio

partido distó mucho de ser fácil. Salvo algunas excepciones, entre las que hay

que destacar las del propio

Pablo Castellano y la de Miguel Boyer, aparte la de otros amigos más personales

que políticos, como la

de Enrique Sarasola, Felipe González y su equipo se encontraron en Madrid

bastante desasistidos de todo

tipo de apoyos. Ello facilitó cierto repliegue sevillano. No hubo ayuda, ni

simpatía hacia ellos por parte de

Madrid.

La historia hay que contarla tal y como es, y las culpas, si las hay, del

aislamiento del nuevo equipo del

PSOE están bastante repartidas. Meses después dimitiría de su puesto en la

ejecutiva Pablo Castellano,

que seguiría en la de UGT, y más tarde Paco Bustelo, prácticamente tos dos

únicos eslabones de las bases

madrileñas en la ejecutiva federal. Dentro de las limitaciones que imponía la

cada vez más diluida

clandestinidad, uno y otro dejaron muy claros los motivos de su salida: «el clan

sevillano» era

absolutamente impermeable e imponía sus decisiones.

Las dimisiones fueron aceptadas por Madrid como algo inevitable y consecuencia

de esa impermeabilidad

sevillana a elementos ajenos o a discrepancias. El ambiente era tal que, cuando

se propuso a Gómez

Llorente pura sustituir a Bustelo, aquél inició una ronda de consultas la

mayoría de las cuales le

aconsejaron no entrar en la ejecutiva, porque «no había nada que hacer». Pero,

después de una larga

conversación con Felipe González, Gómez Llorente decidió aceptar. Después se

vería que su permanencia

en la ejecutiva había sido un paso trascendental para una cierta normalización

en las relaciones con

Madrid, relaciones que, por lo demás, nunca dejaron de ser conflictivas.

El «alter ego» de Felipe

Es importante retener la cronología de estos hechos, sin los cuales pueden

resultar absolutamente

ininteligibles algunas de las cosas que sucedieron después en el seno del PSOE.

Alfonso Guerra va

perfilándose como el número dos del partido, una especie de «alter ego» de

Felipe en cuyas manos

empiezan a estar todos los hilos de la organización. El trabajo desarrollado por

este equipo sevillano en

los dos años anteriores al XXVII Congreso, diciembre del 76, es apabullante.

Evidentemente no sólo por

ellos, pero si son el núcleo fundamental a partir del cual se desarrolla un

crecimiento, primero contenido,

pero después espectacular. Nadie podrá regatearles ni negarles ese esfuerzo que

se desarrolla hacia el

interior del partido, pero también hacia el exterior, la sociedad española, y

cobra dimensiones

internacionales.

Después del XXVII Congreso, Felipe González no sólo será un líder del socialismo

español, aunque la

palabra líder no guste a los socialistas, sino también europeo. Pero ese

esfuerzo, esa enorme labor de

hacer del PSOE prácticamente el primer partido político del país, se realiza

dentro de una cada vez más

apreciable concentración de poder y de los órganos de decisión. La dinámica es

perfectamente

comprensible, aunque como después se ha visto, tremendamente peligrosa. Mientras

las tensiones que

originaba esa concentración de poderes se mantuvieron dentro de los límites de

una militancia reducida,

la cosa no planteó mayores problemas.

Se vio en el ahora mitificado XXVII Congreso, donde el «aparato», entre el

convencimiento, tas pequeñas

intrigas y su mayor capacidad de movimiento, impuso no sólo su programa, sino

también todos y cada

uno de los nombres que formaron la ejecutiva elegida. Fueron prácticamente

barridos los históricos de los

órganos decisorios, a pesar de la reciente e incompleta unión, y otros nombres

que no gozaban de la

confianza de Guerra. Ello motivó una serie de frustraciones aún no superadas, y

no solamente

ideológicas, que han emergido a la primera oportunidad.

Por lo demás, es a partir del XXVII Congreso y desde éste a la legalización, con

sus perspectivas

electorales, cuando el PSOE inicia un vertiginoso crecimiento de afiliación y

militancia. Por primera vez

en su historia centenaria, el PSOE acoge, prácticamente sin ningún filtro, a una

multitud de afiliados para

los cuales la idea de socialismo viene envuelta en confusos sentimientos, muy

legítimos por otra parte, de

protesta y frustración por los cuarenta años de dictadura. Las agrupaciones se

llenan de «nuevos», y de no

pocos convertidos, y de bastantes radicales.

Pocos han vivido la evolución del partido en el cual acaban de integrarse. En

muchos casos se entra

directamente a puestos de cierta responsabilidad, lo que engendra de inmediato

una dialéctica muy

complicada con el aparato que actúa con bastante rigidez. «Siempre oí decir a mi

padre, viejo militante

socialista, que el socialismo era unte todo solidaridad y compañerismo. Pero

cuando entré en el partido

me di cuenta que ante todo estaba la lucha por el poder». Así se expresaba un

joven obrero después de

asistir en su provincia a varias cerradas batallas por los puestos en la

ejecutiva local.

Elecciones y éxito

La formación de candidaturas para las elecciones del 77 llega en el momento

álgido del crecimiento. El

«aparato» no se fía, y algunas razones tiene para ello, de algunas de las

propuestas provinciales. Por otra

parte, en algunas agrupaciones no existen candidatos con suficiente entidad, de

modo que se inicia un

trasiego desde Madrid, donde obviamente «sobran» figuras, hacia otras ciudades.

En algunos sitios los madrileños son recibidos con recelos indisimulados, dado

su falta de raíces y

conocimientos específicos sobre los problemas de cada lugar. El Comité Federal,

que es quién

nominalmente elabora las candidaturas sigue las «sugerencias» de la ejecutiva en

general y de Alfonso

Guerra en particular. Este conoce muy bien el partido y no pierde oportunidad de

situar hombres de su

confianza en bastantes listas. Hay que decir que el sistema no es tan

disparatado ni tan autocrático, como

se dice, pero se actúa a menudo con excesivo, no tanto despotismo, como rigidez.

Como es lógico las

fricciones son numerosas y saltan los primeros chispazos en los que se mezclan

razones objetivas por

ambas partes con motivaciones personales y ambiciones no siempre legítimas. El

fulgurante éxito

electoral socialista, que sorprende a todos, lava una herida que, no obstante,

permanece abierta.

El éxito de la campaña ha sido total, pero Alfonso Guerra, empieza a ser

presentado como el malo de la

película y compendio de los males centralistas que asolan el PSOE. Lo cierto es

que su acumulación de

poder, por propia capacidad y también por la dejadez de otros, empieza a parecer

desmesurada en círculos

cada vez más amplios de las bases.

Y después de las elecciones, la unidad socialista, la elaboración de la

Constitución, el consenso, las

preautonomías, los pactos de la Moncloa y la alternativa de poder. La ejecutiva

federal tiene constantes

decisiones que tomar y la dialéctica política de la transición es endiablada. A

la concentración de poder,

se añaden otras responsabilidades que van cerrando el círculo. Los niveles de

información son muy

distintos y los canales de participación de abajo arriba no funcionan. Las bases

sienten que se les están

escamoteando los problemas.

La duplicidad en los puestos de la ejecutiva con cargos públicos sobresalientes,

hace que determinadas

secretarías estén prácticamente abandonadas en su labor hacia dentro del

partido. José Luís Albiñana, por

ejemplo, es presidente del Consell Valenciano, y ostenta la secretaria de

emigración. Gómez Llorente,

vicepresidente del Congreso, es secretario de formación, etcétera. Y además en

estos momentos claves

para el desarrollo del partido, donde los contestatarios ganan posiciones

velozmente en muchas

agrupaciones, la ejecutiva no sabe, no puede o no quiere (probablemente las tres

cosas) abrir el juego

delegando responsabilidades, integrando nombres nuevos y posibilitando caminos y

equipos de trabajo.

Falta generosidad y valor para descentralizar y hay acusaciones de nepotismo,

probablemente

desmesuradas, pero con ciertos visos de realidad.

En cualquier caso, «el aparato» en lugar de abrirse, se cierra. Es un error que

se va a pagar muy caro.

 

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