Autor: P. R.. 
   Laureano     
 
 Arriba.    29/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

LAUREANO

LO que hace ahora mi tía Pepita, la de Luarca, los domingos por la noche es sintonizar «El Parte», a ver

cómo ha quedado Laureano. Hace cuarenta años, mi tía Pepita, la de Luarca, ponía «El Parte» a ver lo que

habían hecho las tropas de Yagüe. Hace diez, no se dormía sin saber cómo había ido el domingo de Paco

Camino. Ahora, desde que se ha levantado la veda de los mítines, mi tía Pepita lleva en una libretilla de

tapas de hule unas tablas input out put con las ovaciones, interrupciones y gritos de ritual, y alza,

victoriosamente, su cabeza del transistor e informa, enardecida, a la familia: "¡Laureano, 35!» Mi tía

Pepita, la de Luarca, es que, además, ya digo, está suscrita al «Ya», porque es muy buena mujer, y ha

leído el domingo que el corresponsal del «Ya» en Valencia describía así el instrumento oratorio del ilustre

político: «Con su brazo derecho, largo y lacerante como un flagelo, el profesor López Rodó ha lanzado

trallazos continuos», etc., etc. Inmediatamente, he prometido a mis hijos llevarles el domingo próximo a

ver el flagelo. Además, creo que es verdad: los domingos al mediodía, López Rodó se transfigura. Se

transmuta. Mientras «el ciego sol, la sed y la fatiga» de la plaza de todos circunda su esbelta silueta, el

profesor mercantil entra lentamente en trance. Un halo, un aura, nimba su noble frente, el sudor perla su

flagelo derecho y, al hablar de Carrillo, la ardorosa sangre que engendró el Plan de Desarrollo

Económico, aunque también Social, ingurguríta en sus venas y fustiga justicieramente las espaldas del

Pecé mientras Carrillo grita arrepentido dentro de si: "Basta, basta.» Don Laureano es ya el hi¡o del

trueno político, el martillo de infieles, un lobo solitario en el arca de la Alianza, el Bengador Gusticiero,

ahito ya de aquellos "Potitos Bledine» que le servían a las siete de la mañana en la España oficial; un

López Rodó sauvage como los limones del Caribe.

Dice mi tía Pepita, la de Luarca, que no es porque sea «e/ soltero de oro" de la política española, pero que

a ella le parece muy buen señor, y que, a sus alcances, debe ser una cosa mala bailando el tango, aunque a

ella, las cosas como son, antes no se lo imaginaba así, Laureano de los Domingos, cuando desenfundaba

parábolas de Santa Teresa ante Monseñor Casaroli. Pero que, a lo mejor, pues son cosas de la vocación

tardía, y que, a lo mejor, el Señor, en su sabiduría, ha dispuesto para tan ilustre político el camino de la

arenga, dale que dale al flagelo, y que muerto Benito, el Duce, y retirado Solis, Laureano, Laureano y

nadie más.

P. R.

 

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