Autor: Altares, Pedro. 
   I La resaca     
 
 Diario 16.    08/08/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Diario 16/8-agosto-79

El PSOE, entre dos congresos

opinión

I. La resaca

La «espanta» de Felipe dejó sin aliento a mucha gente, a otros con sentimiento

de orfandad; para muchos

representó un elemento de inseguridad. De este modo cuenta Pedro Altares los

primeros momentos de la

dimisión espectacular del primer secretario del Partido Socialista Obrero

Español (PSOE), Felipe

González.

En el primero de los artículos de esta serie sobre el suceso socialista, Altares

recuerda aquellos momentos

en que la sorpresa del país fue mayúscula tras escuchar de boca de Felipe el

anuncio de su dimisión. Poco

faltaría para que se iniciara «una soterrada lucha por el poder, encubriendo

una, a pesar de todo, saludable

polémica por dos concepciones del partido hasta ahora diametralmente opuestas».

Pedro Altares

Fueron muchos los militantes socialistas, incluidos bastantes de los

participantes en las tareas del XXVIII

Congreso, que el lunes día 21 de mayo creyeron haber vivido un mal sueno. Para

los casi seis millones de

votantes del mismo partido, lo predominante era una cierta sensación de estupor.

La intervención

televisada en la sobremesa del domingo, en que se dio en diferido el discurso de

Felipe González donde

anunciaba su irrevocable dimisión, había conmocionado psicológicamente a todo el

país. Nadie sabia

exactamente lo que había pasado, incluido los protagonistas, lo que quedaba era

que uno «de los padres»

del país, uno de los tres rostros más conocidos y una de las personalidades

políticas más atrayentes,

arrojaba la toalla, por lo que parecía resultado de una polémica que muchos no

llegaron a comprender

nunca, y que, de hecho, jamás tuvo auténtica resonancia popular.

No cabe engañarse; el impacto de la dimisión de Felipe González fue enorme y su

imagen en la pequeña

pantalla apareció dramáticamente agigantada. A los delegados del Congreso les

cayó como un mazazo,

sin que en ningún momento la mayoría de ellos relacionasen sus actitudes en él

con la marcha de un líder,

en el fondo no discutido por nadie dentro de su partido, los psicólogos de

masas, porque masivas fueron

las reacciones que se produjeron dentro del Palacio de Congresos y Exposiciones,

tendrán algún día que

explicarnos cómo se compagina el rechazar las ideas de una persona y, al tiempo,

aceptar inequívocamente

a esa misma persona. Aunque, probablemente, la explicación la daría mejor un

poeta describiendo, con

más o menos frivolidad, los síntomas del enamoramiento. Y el que crea que

desvario, puede leerse el

famoso poema que está en todos tos textos del bachillerato de Lope de Vega sobre

el amor. Y completarla

con la no menos famosa «Carta al Padre», de Kafka. Y es que para analizar el

XXVIII Congreso del

PSOE, y aun a costa de ser tachado de reaccionario provocador, hay que manejar,

junto a parámetros

estrictamente políticos, algunas nociones elementales de otras disciplinas.

Desde luego, y claramente,

algo de Freud y bastante de psicología.

Un elemento de inseguridad

El caso es que la «espanta» de Felipe dejó sin aliento a mucha gente. Y a otros

con sentimiento de

orfandad. Todavía no se había producido la última de las semanas negras de

Madrid, con el asesinato de

tres altos mandos del Ejército y la bomba de California 47, pero en un contexto

político tan inestable

como lo es periódicamente el español, la dimisión de Felipe González, vista

desde muchos círculos

como un problema de Estado, introdujo en el ambiente un nuevo elemento, quizá no

tanto

desestabilizador, pero sí de inseguridad. Felipe González, uno de los pocos

políticos granados de la

generación del 68, que en todo el mundo introdujo el aire fresco de una rebelión

juvenil, después perdida

en los meandros inexorables de la integración, era una de las dos figuras

claves, no sólo a nivel español,

de la transición política desde la dictadura a la democracia. Su figura para el

gran público contenía una

curiosa mezcla de renovación juvenil y de precoz madurez que despertaba simpatía

y emanaba segundad.

A nivel de Estado, Felipe era el único líder político no contaminado por el

pasado, ni el de la guerra ni el

de la dictadura. Su personalidad, magníficamente «vendida» por la publicidad

electoral, fue una

referencia decisiva en el fulminante éxito electoral del PSOE en el 77. Pasar de

la clandestinidad y la

ilegalidad a más de cinco millones de votos en menos de un año es un fenómeno

bastante singular.

Naturalmente, actuó la «memoria histórica» del pueblo en relación con el Partido

Socialista Obrero

Español, pero no actuó sin embargó con otros partidos políticos incluido el

PSOE, y la palabra

socialismo, que no olvidemos fue profusamente empleada por otros muchos partidos

incluidos el PSP de

Tierno, ejerció su magnética atracción. Pero la imagen de Felipe González fue

absolutamente decisiva a la

hora de las urnas. Cualquiera que asistiera a un mitin de cualquier ciudad

española, no digamos ya en los

últimos días de campaña, en junio del 77, en los mítines de Valencia, Barcelona

y Madrid, con asistencia

de decenas de miles de personas, sabe a qué me estoy refiriendo.

Después de junio del 77 Felipe González acentúa su imagen de «hombre de Estado»

por encima de su

significación partidista. Es la hora de la «alternativa de poder». Con ella se

presenta a las elecciones de

marzo de este año. El PSOE, que había conseguido el gran triunfo interno de la

práctica unidad de todos

los socialistas españoles, a excepción del PSA y de algún pequeño grupúsculo,

inicia un proceso de

estabilización en los votos, que introduce un elemento de frustración en sus

bases, ya que se compaginan

mal los resultados con las expectativas despertadas por la dirección del

partido. El relativo fracaso se

carga en el debe de Alfonso Guerra y del comité federal. Pero la figura de

Felipe González sigue

incólume, a pesar de que ya sus ideas, especialmente a propósito de unas

escasamente meditadas y poco

matizadas declaraciones sobre el «abandono» del término marxismo en Barcelona,

sensacionalmente

presentadas por la prensa, empiezan a ser más que debatidas, crispadamente

contestadas.

El liderazgo de Felipe

Pero una cosa es la contestación y otra muy distinta el que nadie, dentro y

fuera del PSOE, pusiese en

duda el liderazgo de Felipe. De modo que el domingo por la noche, el final del

Congreso XXVIII fue

como un jarro de agua fría. Atrás quedaban las pequeñas intrigas, que no fueron,

a pesar de todo, muchas

y el ambiente pasionalmente crispado y las idas y venidas, los conciliábulos

para formar una nueva

ejecutiva, los tímidos intentos conspirativos de algún tartufo de salón, el

marxismo entre profesoral y de

catón de Bustelo, y bastantes lágrimas por los pasillos en una amalgama confusa

y poco acorde con lo

que, al menos en teoría, debería ser el Congreso del primer partido político

español. Al filo de la media

noche, y con el «lapsus» de la ponencia económica sin debatir y sin redactar

como ejemplo y compendio

de las carencias y las sublimaciones de las tres disparatadas jornadas, el

canto de «La Internacional» fue

como una mueca casi religiosa, que rememoraba el final de alguna piadosa

sabatina. Empezaba «la

resaca». Después de haber conseguido «matar al padre» las huestes socialistas se

miraban unos a otros

con conciencia de culpabilidad.

«... el relativo fracaso se carga en el debe de Alfonso Guerra y del comité

federal. Pero la figura de Felipe

González sigue incólume...»

Se ha intentado después quitar importancia al hecho, personalmente intachable y

reflejo de una entidad

moral, en política muy poco usual, de la dimisión de Felipe González. Sus

detractores vieron en los

aspavientos y desmesurados elogios de la derecha una prueba inequívoca de su

fragilidad. Se olvida que

no sólo en la derecha el gesto cayó bien. Los jóvenes, por ejemplo, que habían

«pasado» de acudir a votar

dos mese y medio antes, vieron en ese gesto, la posibilidad de un juego, a pesar

de todo, no siempre

establecido y con capacidades de sorpresa. Además la libertad de decir no es uno

de los escasos reductos

de libertad que van quedando. Pero si a nivel individual la actitud de Felipe

González, elogiado o no por

los sectores más reaccionarios del país, es un ejemplo de conducta ética, no se

puede ocultar tampoco que

su postura colocó a su partido y al país en un atolladero de difícil salida.

Felipe González suele decir que

en política cuando se da un paso hay que saber cuál es el siguiente. Tiene

razón, pero no parece que

predicase con el ejemplo. Su inesperada salida, y aunque los delegados del

Congreso hubieran debido

medir también las consecuencias de sus actitudes y la coherencia de sus

planteamientos, además de haber

prestado atención a la intervención de su secretario general contestando a la

furiosa crítica contra la

ejecutiva, pone al PSOE ante varios riesgos que distan mucho de estar

despejados, Como siempre,

estamos ante el eterno dilema entre la primacía de la conciencia individual,

absolutamente respetable,

sobre los valores colectivos. Felipe González, como persona, estuvo en su

perfecto derecho de hacer lo

que hizo, situando a su partido ante su propia responsabilidad política de todo

el país, su decisión parece

algo más que discutible. La conseguida casi «in extremis» solución de la gestora

no palia, al entender de

muchos, la responsabilidad pero, en fin, Felipe González imitió abriendo un

proceso de consecuencias

imprevisibles. Y los delegados fueron llegando a sus agrupaciones no

precisamente en olor de multitud, ni

saboreando ningún triunfo. Más bien con el amargor de algo que, ante el estupor

general, se les había ido

de las manos. Sin Felipe, con un Guerra que «había mordido el polvo», en el

marco de una situación

política general cargada de presagios y muy difícil. En la batalla, algunos

hombres puente, como Luís

Gómez Llorente, se habían decididamente alineado en el sector más contestatario,

con un Tierno visto

desde las bases con indisimulado recelo y sospechoso de propiciar supuestas

conspiraciones, y con la

personalidad misionera de Bustelo emergiendo sobre el horizonte. Los militantes

se apresuraron a asistir

a sus agrupaciones en busca de alguna explicación y no faltaron en algunas las

votaciones de censura. Se

iniciaron muy duros debates. Pero la discusión ideológica dejó paso muy pronto a

una soterrada lucha por

el poder, encubriendo una, a pesar de todo, saludable polémica por dos

concepciones del partido hasta

ahora diametralmente opuestas. Mientras, Felipe González, con sólo un voto en

contra y cuatro

abstenciones, era reelegido portavoz del grupo parlamentario socialista. Seguía

siendo autoridad hacia

dentro y hacia fuera de su partido. La orfandad se mitigaba.

Consecuencias imprevisibles

Mañana:

«... los psicólogos de masas tendrán que explicarnos cómo se compagina el

rechazar las ideas de una

persona y, al tiempo, aceptar inequívocamente a esa misma persona...»

Declaraciones de José Federico de Carvajal

 

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