Autor: Altares, Pedro. 
   ¿Lucha ideológica o lucha por el poder?     
 
 Diario 16.    11/08/1979.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Diario16 11-agosto-79

El PSOE entre dos congresos (IV)

Las cuestiones ideológicas no van a dar lugar a la batalla. «Hay diferencias, qué duda cabe, pero no

tantas», escribe Pedro Altares en su análisis de la situación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Lo importante de las ponencias no es tanto lo que dicen como las personas que están detrás de cada una

de ellas.

Todas las ponencias, por otra parte, son posibilistas y el radicalismo histórico del PSOE queda muy atrás.

Teniendo en cuenta que las diferencias ideológicas no son irreconciliables, el control del partido, el poder

dentro del mismo, va a dar lugar a muy escasas concesiones, según Altares, que en este artículo vuelve a

dedicar su atención a la figura y el peso de Alfonso Guerra, número dos del PSOE.

¿Lucha ideológica o lucha por el poder?

Pedro Altares

Un examen mínimamente atento de algunas de las ponencias que, a veces después de una ardua batalla

política, como en Madrid, se han presentado como proyectos de resolución política para el congreso

extraordinario de finales de septiembre, nos indica que en cuestiones ideológicas la sangre no va a llegar,

ni mucho menos, al río. Hay diferencias, que duda cabe, pero no tantas. Y sin minusvalorizar la

importancia del lenguaje, que la tiene, muchas diferencias son esencialmente terminológicas.

Lo importante en las ponencias no es tanto la letra como el espíritu... es decir, las personas que están

detrás de cada una de ellas. En este sentido hay que decir que la línea llamada crítica (Gómez Llorente,

Castellanos, Bustelo, Juan Pastor, etcétera) ha jugado sus cartas mucho más abiertamente. Es decir, que

nunca han ocultado o disimulado su paternidad respecto a la ponencia que apoyaban, y han avalado con

su nombre y firma en multitud de conferencias y artículos peridodísticos, su contenido. No pasa lo mismo

con las llamadas «59 tesis», que ha ganado en algunas agrupaciones de Madrid y de otras provincias, ha

sido objeto de debate por parte de casi un centenar de militantes, redactada en su mayor parte por Enrique

Barón, se considera la más próxima a las tesis de Felipe González pero sin que éste haya asumido nunca

de manera explícita su contenido. La actitud del ex secretario general es sin duda inteligente,

especialmente, porque le confiere un mayor margen de maniobra, pero no deja de levantar recelos

justificados en sus oponentes que consideran que, si Felipe González es una tendencia, como cualquier

otra, dentro del partido debe alinearse con ella y no permanecer como «por encima del bien y del mal».

Esta es una expresión muy oída en estos días en boca del sector crítico. Lo cierto es que Felipe González

ha permanecido al margen de la redacción de las «59 tesis», si bien su influencia, más o menos directa en

ella, eso es lo de menos, es innegable. Basta ver el calor que con sus más fervientes partidarios la han

defendido, en algún caso, como la agrupación madrileña de Chamberí (agrupación de Gómez Llorente y

Bustelo), con excesivo ímpetu y afán avasallador.

No hay posiciones antagónicas

Pero volviendo al contenido de las ponencias, y a pesar de su alto grado de abstracción y de

un nivel teórico que circula a menudo en todas por caminos escasamente innovadores, nada hay en ellas

que refleje posiciones antagónicas, ni posturas encontradas en lo ideológico. La famosa, y para muchos

inútil, polémica de «marxismo sí o no», queda bastante diluida ya que los críticos rebajan su contundencia

en relación con la declaración del XXVII congreso. Por su parte, los moderados la globalizan como una

«influencia fundamental». De alguna manera los moderados han conseguido ya un cierto triunfo al

conseguir que el nivel emocional en relación con el término marxismo haya descendido bastantes grados.

De todas maneras esta polémica» presentada por la prensa como estelar y causante principal de la crisis,

puede hacer de árbol que impida ver el bosque de otras cuestiones que, curiosamente, están pasando

inadvertidas, y que tiene mayor trascendencia de futuro y que reflejan algo mucho más importante que la

discusión de los problemas teóricos como es en definitiva éste.

Por ejemplo; todas las ponencias, apenas sin excepción, son posibilistas, si se va al fondo de las

cuestiones que plantean y no a la letra, que a menudo endurece el lenguaje. Se nota especialmente en el

acatamiento y apoyo sin ambages a la Constitución que es considerada como un instrumento

perfectamente útil para la emancipación y liberalización de la clase trabajadora. Ninguna tendencia se

permite en este tema ningún tipo de concesiones, ni reticencias. El radicalismo histórico del PSOE queda

muy atrás. Ello es especialmente relevante si tenemos en cuenta que la Constitución española entroniza la

monarquía parlamentaría como forma de Estado. El republicanismo es dejado de lado en todas las

ponencias y nadie hace de él su bandera. Parece ser un tema superado y, sobre todo, sin ninguna

capacidad de movilización. Es posible que en algunos casos se trate de una táctica («los críticos podemos

ser radicales pero no ingenuos» me decía un significado dirigente de este sector), pero la eliminación de

cualquier debate sobre Monarquía o República, tema hasta hace poco tiempo básico y catalizador, indica

bien a las claras el posibilismo en que se mueven unos y otros. De seguir las cosas así, y nada indica lo

contrario, el XXIX congreso extraordinario del PSOE puede significar el entierro del republicanismo de

este partido.

Que vaya a resucitar en este o en aquel momento es ya otra cuestión y, obviamente, no depende sólo de

los socialistas. Por lo pronto, Luis Gómez Llorente, el exponente más cabal y apreciado de todo el sector

critico y respetado absolutamente por todas las tendencias, en su conferencia en la Agrupación Socialista

Madrileña y en medio de una expectación inusitada, dijo nada menos que esto: «La Constitución del

Estado no me parece solamente un cauce, es decir algo de lo que nos podamos servir. La constitución del

Estado me parece también la garantía de unos niveles de conquista de derechos y libertades y no se puede

separar dentro de la constitución del Estado, el entramado de las distintas instituciones... entiendo que el

conjunto de las instituciones del Estado ha de ser respetada... y que incluso aquellas instituciones que

encajan menos con nuestros sentimientos, han de ser respetadas y me parecería puro aventurerismo

cualquier actitud que tienda al destronamiento del monarca...»

Posibilismo

El mismo posibilismo, palabra que por supuesto muchos rechazan de plano, se observa en el examen de

otro tema igualmente «histórico»: el Frente Popular o, sí se quiere, la unidad de la izquierda. No hay

cantos ni entusiasmos en ese sentido. Más bien el tema se despacha como sobre ascuas. El PSOE es visto

en los distintos textos como partido «hegemónico de la clase trabajadora», «mayoritario en la izquierda»,

etcétera. Pero las nostalgias de unidad son más bien reducidas. Por supuesto que ha desaparecido

cualquier tinte anticomunista, tan frecuente en los congresos organizados desde Toulouse, pero no se ven

tampoco cálidas llamadas a la unidad.

Los dos ejemplos anteriores son especialmente llamativos pero no únicos, además de significativos, en

relación con un posibilismo común a todas las tendencias e indican bien a las claras que el abanico

posicional del PSOE no es tan abierto como, en principio, algunas actitudes verbales, o una visión

apresurada, pudiera dar a entender. Ni los radicales lo son tanto como parecen, ni están tan claras algunas

de las líneas divisorias entre estos y los llamados moderados o socialdemócratas.

Más diferencias hay, sin embargo, entre ambos campos en el tema de la concepción del partido. Es

evidente que mientras unos lo quieren como una organización de masas y descentralizado al máximo

(línea crítica), los moderados hacen hincapié en que los órganos ejecutivos del partido deben de tener

suficiente margen de maniobra en la aplicación de la linea política «sin cortapisas paralizantes». El

dilema de organización de masas o partido de cuadros está un poco en el subsuelo y a veces no tanto en el

punto 55 de las «59 tesis» que dice literalmente: «La lucha política de los socialistas españoles ha de ser

coordinada por una organización eficiente. Ello plantea, salvando el principio básico e irrenunciable de la

máxima democracia interna, la necesidad de prestar un fuerte impulso a la formación de cuadros

competentes y de garantizar, también, una mínima estabilidad de los órganos de dirección. Los cambios

no debidamente justificados por la práctica política, conllevan a una inevitable pérdida de identidad ante

el electorado y la sociedad en general, asi como a un desgaste interno y un funcionamiento ineficaz, como

consecuencia de las rupturas de la continuidad.»

El poder en el partido

En principio podría pensarse que ambas posturas son complementarias. La realidad es más compleja. Los

radicales se sitúan frente al aparato anterior del partido que consideran monopolizado por el grupo

sevillano en general y Alfonso Guerra en particular. No es infrecuente oírles decir que el secretario de

organización en la ejecutiva anterior llegó a monopolizar de tal forma el aparato del partido que nada

podía hacerse sin su consentimiento y aprobación.

En este sentido se cuentan anécdotas e historias significativas, no toda a decir verdad igualmente

rigurosas. Lo cierto es que Guerra acumuló mucho poder en todos los órganos de decisión del PSOE y su

tendencia a descentralizar, salvo en incondicionales, fue reducida. Ello le llevó a un alto grado de

impopularidad en bastantes núcleos de la militancia y, concretamente, en Madrid.

La figura de Guerra, que en el plano ideológico y de actitudes podría muy bien alinearse con los radicales,

condiciona todo el planteamiento teórico sobre cómo «debe ser» el partido. Muchas de las criticas acervas

que se hacen a Guerra pueden pecar de parciales y a menudo de injustas, Pero es evidente su tendencia a

los cuadros y a la concentración de poder. Y los críticos quieren corregir a toda costa lo que consideran

reiterados abusos de poder. Por su parte, el sector cercano al núcleo mayoritario de la anterior ejecutiva

considera que la dirección del partido debe partir de la confianza de la base. Y que basta el comité federal

y los congresos para ejercer el control. La situación política española necesita cierta capacidad de

respuesta inmediata y no se puede estar consultado todo en todo momento.

Dentro de este contexto, el tema de un posible Gobierno de coalición, que se ha alejado bastante, después

de la aprobación del Estatuto de autonomía para Euskadi, actúa como catalizador. El sector crítico

considera que en ningún caso la ejecutiva debe de tomar esa responsabilidad, sin acuerdo previo de un

congreso extraordinario. Aunque en la letra pequeña digan después que, si las circunstancias lo exigen, la

ejecutiva puede tomar ese acuerdo que después el congreso extraordinario tendría que retificar. Los

sectores cercanos a Felipe González consideran que tal cosa es un auténtico disparate, dado que, si tal

situación se plantea, sería por causas absolutamente excepcionales que no dejarían tiempo para la

convocatoria... No estamos, desde luego, ante una discusión académica sino en un tema que lleva a dos

concepciones antagónicas de lo que debe ser el partido y sus órganos de dirección. Alrededor de este

supuesto, por ahora teórico, va a desarrollarse una de las batallas fundamentales del próximo congreso de

septiembre.

Por lo demás una cosa está quedando muy clara en todo este debate previo, que podría ser realmente

enriquecedor si no resultase a menudo empanado por la crispación: las diferencias ideológicas no son

fundamentales, o si se quiere el poder dentro del mismo, va a dar lugar a muy escasas concesiones.

Mañana: Declaraciones de Pablo Castellano

 

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