Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   El horizonte socialista     
 
 ABC.    07/06/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ABC es independiente en su línea de pensamiento y no acepta necesariamente como

suyas las ideas

vertidas en los artículos firmados

EL HORIZONTE SOCIALISTA

En su «réplica marxista» a Felipe González, durante el XXVIII Congreso del PSOE,

Francisco Bustelo

denunció, entre otras cosas, la apelación al triple lema: «libertad, igualdad,

fraternidad», como nacido con

la Revolución Francesa, ya que de lo que se trataba era de «superar» a esta

última. Ahora bien, superar

una revolución no, es, ni mucho menos, dar por totalmente caducados sus

principios. Bustelo parece

entenderlo así; parece entender que, agotada la Revolución Francesa, vino a

desplazarla para siempre la

revolución marxista, logro definitivo, indestructible, como una redención

religiosa resumida en dogma.

Frente a esta postura, Felipe González sostuvo dos verdades rotundas: primera,

que el marxismo significa

hoy una herencia cuyo valor debe ser depurado, o «asimilado», mediante una

critica ejercida desde los

supuestos reales de nuestro tiempo; segunda, que el socialismo está antes y por

encima del marxismo —

no puede encerrarse en «la botella» de los límites dogmáticos que le dio «el

gran sultán de Londres»,

como llamaban al autor de «El Capital» los ácratas españoles de 1871—. Felipe

González precisó con

claridad el alcance de su diagnóstico al advertir que los empeñados en mantener

incólume el credo

marxista están, sin proponérselo, enterrando más y más profundamente a Marx.

Desde una perspectiva histórica entiendo que la época contemporánea supone el

despliegue de dos

grandes ciclos revolucionarios sucesivos: el liberal —que tuvo su explanación y

arranque en la famosa

Revolución Francesa— y el socialista —cuyo momento de despegue, en cuanto cauce

ideológico del

«cuarto estado» no situaría yo en 1847 ni en 1848 sino en 1864 (reunión en

Londres de la Asociación

Internacional de Trabajadores); potenciando el primero la disolución de la

sociedad estamental en nombre

de los «derechos del hombre y del ciudadano», y sumiendo el segundo al hombre-

individuo, mediante una

básica solidaridad de clase, en las reivindicaciones sociales.

Nunca he creído yo que un ciclo excluya al otro: el horizonte humano se abre

hacia síntesis íntegradoras,

que deben asumir lo que cada uno de esos procesos revolucionarlos ha convertido

en conquista perdurable

del progreso. Depurados en su esencia imperecedera, liberalismo y socialismo

protagonizan, en un

fecundo equilibrio, la vida política de los países de Occidente.

El creciente intervencionismo estatal en los conflictos entre capital y trabajo

supuso, ya en el último tercio

del siglo XIX, un reconocimiento tácito de los fallos en que había incurrido, en

su primer despliegue, la

dogmática liberal, y una consecuente rectificación de sus programas. Pero de

igual modo, y a medida que

el liberalismo se iba impregnando de un revisionismo sistemático en sus tesis

socioeconómicas —sin

renunciar a su esencial afirmación del hombre como depositario de derechos

inalienables—, los dogmas

del marxismo, montados frente a una sociedad y unos partidos que habían

evolucionado profundamente

desde 1848, tenían, por fuerza, que abrirse a la autocrítica, que adaptarse al

nuevo tiempo y a la nueva

sociedad mediante, una estricta rectificación de sus supuestos; sobre todo a

partir del momento en que la

revolución rusa, en la confluencia de marxismo y leninismo, ignoró —para

siempre— la libertad del

hombre.

Fijar en el marxismo lo que puede ser «valor definitivo», desprendiendo de él lo

que tuvo de armazón

combativa encaminada a negar o destruir lo que hoy nadie defiende ni sostiene,

es la tarea actual de los

socialistas que han sabido asumir los dos grandes ciclos de la época

contemporánea, profundizando en el

segundo pero evitando un maniqueísmo como el que Felipe González denunciaba

certeramente:

«Tampoco puede el socialismo asumir a Marx como un valor absoluto que marca la

línea divisoria entre

lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto.» Es a ese maniqueísmo, a ese

dogmatismo marxista cerrado a

la critica, atenido a grandes afirmaciones —o negaciones— que corresponden a la

situación histórica

vivida por Marx, pero no a la que nosotros vivimos, al que se han aferrado los

seguidores del senador

Bustelo. (Como muestra ahí está el empeño grotesco de seguir dividiendo, a estas

alturas, la sociedad

española entre «dominantes» y «dominados»: sin más.) En verdad su posición está

mucho más próxima al

comunismo que al socialismo; se comprende la satisfacción con que Santiago

Carrillo acogió, desde

Córdoba, la afirmación marxista del Congreso del PSOE. Cuando alguien le

preguntó si ello facilitaba un

acercamiento entre ambos partidos, «incluso una alianza o fusión», se limitó a

advertir, con una sonrisa,

que «no había que adelantar los acontecimientos»; pero este simple matiz —

«adelantar»— implicaba una

afirmación o posibilidad del propósito. (Carrillo, sin duda, conoce cierto texto

de Bustelo —prólogo a un

libro sobre la evolución del socialismo francés, publicado hace pocos años— en

que nuestro senador y

catedrático afirmaba: «Hay que llegar a la unión de socialistas y comunistas

españoles.»)

En cualquier caso creo que el Congreso del PSOE ha tenido una positiva virtud

clarificadora. Si no me

equivoco, los que hoy se encierran en el inmovilismo marxista acabarán algún día

fundiéndose con las

huestes de Carrillo —que, a su vez, al desprenderse de la adjetivación

«leninista», parecen haber iniciado

un «regreso» a la pureza del marxismo—. Y los comunistas repetirán entonces las

experiencias de la

guerra civil: la eliminación sistemática de los líderes socialistas demasiado

reacios a la fusión

incondicional. Volverá a repetirse lo que ocurrió con Largo Caballero en 1937, y

con Indalecio Prieto en

1938; prevalecerán los «criptocomunistas» al estilo de Negrín y de Alvarez del

Vayo.

Esperemos que, simultáneamente, se produzca la afirmación, depurada, de un

socialismo a la europea que

pueda aportar una auténtica alternativa de gobierno para el centrismo —liberal—

hoy en el Poder. Porque

la plataforma convivencial de los partidos que se mueven en una democracia —por

muy distanciados que

entre sí se encuentren, desde el punto de vista ideológico— requiere de ellos

una mínima solidaridad

frente a las fuerzas agrupadas más allá de las fronteras del régimen. Me temo

que esas fronteras han sido

rebasadas por los filo-marxistas del XXVIII Congreso del PSOE. La postura de

Felipe González —la

definición ética con que reforzó su estrategia política— le ha ganado la

admiración y el aplauso de

socialistas y no socialistas. No creo que él ignore cuánta consecuencia requiere

esa postura para ganar en

credibilidad. Me ha parecido peligroso su temor a resultar «menos izquierdista»

que sus contradictores; su

apresuramiento en rechazar el apelativo de «moderado». Yo me permitiría

recordarle la definición

azañista del termino «moderado»: «Habla usted del moderantismo dando al vocablo

una significación

baja, despectiva, como si la moderación fuese mero empirismo que recorta por

timidez las alas de la

novedad. No es eso. La moderación, la cordura, la prudencia de que yo hablo,

estrictamente razonables,

se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud. Estoy

persuadido de que el caletre

español es incompatible con la exactitud... Nos conducimos como gente sin razón,

sin caletre...»

Esta «moderación» —cordura, prudencia—, inconfundible con la reacción o con el

conservadurismo, es,

precisamente, la que Felipe González ha sabido desplegar en su ajustada

intervención ante las Cortes el

pasado día 30, al sumarse a la casi unánime condena parlamentaria contra los

crímenes del terrorismo. La

intervención de Felipe González fue como el polo opuesto al estridente clarinazo

de don Manuel Fraga;

empeñado en... ¿en qué? ¿Qué quiere el señor Fraga? ¿Una declaración de estado

de guerra, o de estado

de excepción? ¿A qué clientelas se dirige en realidad? Quiera lo que quiera es

evidente que el irascible

caudillo de Alianza Popular se ha disparado desde la derecha a una extrema

derecha; su actitud desborda

el equilibrio democrático en la misma medida en que lo hace, por la izquierda,

el marxismo estólido del

señor Bustelo. Sin proponérselo, uno y otro están delimitando, configurando

«desde fuera», el ámbito

político en que cabe la convivencia basada en unas reglas de juego estrictamente

democráticas.

Nada me alarma tanto, ante la ofensiva creciente contra la normalidad de la vida

española —una ofensiva

resuelta en fuegos cruzados desde posiciones ideológicas que retroceden a los

maximalismos de la guerra

civil—, como que esa ofensiva se produzca cuando se halla abierta la otra

crisis; la de la identidad

ideológica del socialismo español, la de la dirección efectiva del partido, que

deja trágicamente solo, sin

alternativas viables, al Gobierno de UCD. En cualquier momento podría ser

necesario saber si el

socialismo está en condiciones de gobernar en nuestro desgraciado país, siquiera

sea a través de un

hipotético gabinete de coalición mayoritaria, capaz de frenar la descomposición

interna deseada por los

grandes enemigos de la paz. Todos los supuestos son válidos, llegados a la

situación límite en que la

locura terrorista está situando a España.

Carlos SECO SERRANO

 

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