Autor: Pla, Juan. 
   Título facticio     
 
 El Imparcial.    30/09/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

30 septiembre 1979 EL IMPARCIAL página 5

ES como si todavía estuviésemos en el culto al jefe de la tribu. Casi todos los

españoles, unos hacia una

banda y otros hacia la otra, van en pos de un gran jefe. El congreso

extraordinario del PSOE, si se juzga a

través de informaciones y comentarios, parece centrar su contenido en la pugna

de unos cuantos nombres

que serian, a su vez, jefes de tendencia o, lo que es lo mismo, jefes de tribu.

La tribu de los moderados, la

tribu de los críticos, etcétera. Mientras tanto, la autoridad del pueblo, la

democracia genuina, se atasca en

bagatelas dialécticas, cuya única entidad consiste en el fulgor o en el fragor

de ciertas palabras... que el

viento se ha de llevar.

LAS palabras de Alfonso Guerra, ese corazón alborotado, cuando se refieren a la

posibilidad de que sea el

propio Adolfo Suárez el que vaya «a la grupa» del caballo de Pavía hacia las

Cortes, para desbaratarlas,

son unas palabras hermosas, pero primarias, muy propias de un subjefe de tribu.

El año pasado, cuando a

alguien le dio por sacar a Pavía, don Alfonso Guerra debió de creer que en

España todavía quedaban

corazones alborotados, y una extraña floración de posibilidades involucionistas

vino a poblar su escueta

frente de ideólogo avinagrado y mordaz. Desde luego, en un panorama tan aburrido

como el que nos

depara UCD, sólo el ácido parlamento de los Guerra y similares podrá

despertarnos del letargo y de la

gandulería. Pero se está perdiendo mucha pólvora en salvas al jefe de la tribu.

PERDIDOS en la confusión, multitud de españoles comienzan a buscar la salvación

civil en la

simplicidad. Su esquema político su manera cotidiana de vivir las ideas y los

actos— se resume en

paradigmas tan planos y tan pobres como los que diré a continuación: «El

Gobierno no gobierna», «las

autonomías conducen al separatismo», «Los terroristas asesinan al pueblo», «El

pueblo está asustado»,

«No hay un duro», «Estamos en plena crisis», etcétera. Dentro de poco, todos

calvos. La solución

antañona de los «hippies», esa recua de zánganos que vivían como curas en

Formentera, por ejemplo,

vendrá a ser la solución colectiva de los españoles que sobrevivan a la

catástrofe que el terrorismo nos

está preparando a todos. Hoy, desventuradamente, ha crecido el censo de los

pasotas. La tribu está

mamada de alucinógenos políticos.

CABE preguntarse, un día más, si el jefe nos saldrá del espíritu o, por contra,

de la carne. Hay

candidaturas que, al menos sobre el papel, representan al espíritu, pero no hay

que olvidar el montante de

la cuenta corriente de los grandes jefes espirituales de España. Es un detalle.

Por lo demás, la candidatura

carnal, tocada de materialismos dialécticos, también ha instalado su vivienda en

el barrio de los

millonarios. Dentro de nada, la vida volverá a ser perplejidad, como decía

Ortega.

YO creo, no obstante, que esta situación ha desembocado en algo bueno y

fundamental: desde hace una

temporada, desde que las cosas van como van —en picado hacia la desintegración,

los periodistas, que es

el gremio que más conozco, son más periodistas. Y los generales son más

generales, si se me permite un

juicio de valor, sin citar nombres y sin ofender a nadie. Él contrapunto,

naturalmente, es lamentable: los

explotadores son más explotadores que antes, aunque ahora chapotean en la

piscina de los milagros,

llamada democracia.

 

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