Autor: Cruz Hernández, Miguel. 
   Un congreso importante     
 
 Ya.    30/09/1979.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Un congreso importante

Estos días el PSOE celebra un congreso de trascendental importancia. Lo que

resulte de él no sólo

importa a sus miembros y simpatizantes, sino a toda la vida política española.

Se ha dicho, y no sin razón,

que el nuevo sistema político español no quedará definitivamente probado hasta

que, por voluntad

democrática, el partido socialista acceda al poder. Que un partido pueda acceder

al poder y dejarlo

pacíficamente es la única muestra real del talante liberal y democrático. Y en

nuestras circunstancias

históricas, la única alternativa real de cambio respecto del grupo gobernante es

la representada por el

Partido Socialista. Esta situación, guste o no, es uno de los muchos elementos

de la «ruptura» estructural

derivada de la vieja dialéctica de «las dos Españas» y de su «solución»

violenta: la guerra de 1936-1939.

Como toda guerra civil, la nuestra se resolvió mediante una dictadura. Este lo

he escrito así en vida del

Generalísimo Franco, en 1973. Es un hecho histórico que siempre se dio. Si el

bando

republicano hubiera triunfado, el resultado también habría sido una dictadura,

bien a las claras fue dicho.

Pero suponer que la dictadura iniciada en octubre de 1936 era el mismo sistema

vigente en noviembre de

1975, es un disparate útil para ser utilizado como tópico propagandístico. A

principios de los años

cuarenta el Generalísimo Franco no regateo el uso del término dictadura. Pero

ningún sistema se conserva

si no evoluciona. A lo largo de treinta y nueve años, y siempre dentro de un

talante autoritario y

personalista, se sucedieron muy distintas etapas.

Lo que ahora importa es que se creó una «entidad» política: el «movimiento

franquista», que estuvo

compuesto por una primitiva, lejana y menguada base inicial: el «franquismo

ideológico»; una

infraestructura mucho más amplia; «franquismo sociológico» y una gran masa no

definida políticamente

y multivariada: el «franquismo coyuntural». Quien no pudo o no quiso entrar en

la «oposición», participó

«vellis nollis» en el «franquismo coyuntural», que fue el principal apoyo del

sistema y el más

desinteresado y leal.

Las primeras defecciones del «sistema» surgieron del «franquismo ideológico»,

como es bien sabido.

Tras de la «apertura» hacia Europa, las detecciones cundieron en el «franquismo

sociológico», que era el

mejor «instalado». La mayor parte del «franquismo coyuntural» mantuvo su lealtad

tanto como duró la

vida de Franco. Naturalmente, muerto aquél, cada cual estaba libre de lealtades.

No es, pues, un azar que

la herencia de las «jefaturas» que ejercía Franco las hayan recibido el suceso

que él eligió y propuso a los

españoles: nuestro Rey don Juan Carlos y un hombre del "franquismo coyuntural»:

el presidente Adolfo

Suárez.

Tras treinta y nueve años de un sistema de evolución parsimoniosa era natural

que la «oposición», y aun

muchos ciudadanos que colaboraron con el régimen del general Franco, tuviesen

grandes reservas acerca

de la real voluntad de cambio y transformación de quienes habían sido en mayor o

menor medida

«franquistas». Pero ante la imposibilidad fáctica de conseguir una auténtica

«ruptura» (y algunos bien que

pulsaron la violenta a principios de 1976) y las pruebas de voluntad de reforma,

la «oposición» tuvo que

admitir que el camino marcado por un Rey joven y decidido y su inteligente

presidente era el único

sistema de cambió posible.

En esas circunstancias se celebraron las elecciones de junio de 1977. De ellas

salieron dos importantes

«movimientos»: la UCD y el PSOE. La primera recogió algunos grupos del

«franquismo sociológico»,

una gran parte de la oposición «democrática interior» y parte de las amplias

bases del «franquismo

coyuntural». La gran sabiduría política del presidente Suárez se mostró a la

hora de no negar su pasado

«coyuntural». Por eso triunfó e hizo triunfar la difícil empresa de la

«reforma», mientras los «genios» de

grupo y tertulia seguían con sus «conspiraciones» de «cinco tenedores» y

abundante «escocés» y tuvieron

que tragarse su derrota o ingresar como acólitos en el grupo del vencedor.

SIN embargo, muchos otros españoles, casi tantos como los que hicieron triunfar

a UCD, creyeron que

Suárez y su equipo no constituían garantías suficientes para el cambio que ellos

estimaban necesario. De

todos ellos, sólo un grupo minoritario, disciplinado y formado duramente en la

cárcel y la persecución,

tenía un objetivo perfectamente delimitado: el PCE. El resto se encontró ante un

abanico de actitudes,

cuando no de personas, cuyas posibilidades reales eran muy difícil de discernir,

salvo tras la velación.

Todos los cálculos de los «entendidos» resultaron fallidos. Salvo los

disciplinados comunistas y algunos

grupos «testimoniales», los españoles que deseaban un «cambio real» y creían que

UCD no podía hacerlo,

votaron aplastantemente al PSOE. Fue este voto masivo el que ha dado su

auténtica fuerza al PSOE.

A ello contribuyeron de un modo eminente un grupo de hombres relativamente

jóvenes, el llamado

"grupo sevillano» y un auténtico y muy inteligente líder: Felipe González, que

en tres años, al igual que el

presidente Suárez, ha alcanzado una indudable madurez humana y política.

AHORA bien, si UCD tenía sus raíces también las tiene el PSOE, con una larga

historia; con sus éxitos y

sus fracasos; con sus nombres gloriosos (Pablo Iglesias, Araquistáin, Besteiro,

De los Ríos, Largo

Caballero, Prieto) y con sus errores sonados, como el de octubre de 1934,

Historiar lo que dentro de la

larga historia del PSOE ha significado el término «marxismo» escapa a los

límites de este artículo y de

mis capacidades, y exige una obra en varios volúmenes. Pero por mi experiencia

universitaria conozco

muy bien que a principios de los arios setenta, el término «marxista» se había

hecho inevitable. Imitando

al dicho decimonónico podía decirse: «quien que es no es marxista».

Desgraciadamente se trataba por lo

general de una «mitificación» nominalista. Pocos habían leído «El Capital», no

digamos la «Ideología

Alemana» o el «Anti-Dühring».

El marxismo de que se hacía gala —salvo honrosas excepciones— era el de

ciclostil o panfleto, o de

interpretaciones tan discutibles como las de Althuser, Garaudy, Lefevre, Sartre

y la «escuela de

Frankfurt». Por tanto, a nivel de principios de los años retenía era inevitable

la no renuncia a un término

al que se le daban dimensiones míticas y salvíficas ilimitadas, y que, además,

tenía la virtud de poner

nervioso al «establecimiento», porque éste tampoco había leído a Marx, Engels y

Lenin, y no digamos el

resto. De este poder «mitificante» del término «marxismo» tampoco podía verse

libre el PSOE.

Pero la tarea que tienen hoy los hombres del PSOE no es establecer una

discusión, ideológica teórica; se

trata de comprender la razón por las cuales un 30 por 100 de los votantes

españoles les han preferido: una

voluntad de cambio y una perspectiva de poder. Es cierto que los dos

grandes «movimientos»

políticos nacionales: UCD y PSOE, para convertirse en dos grandes «partidos»

precisan definir sus

«territorios». Acaso el primero deba absorber algunos grupos de los que les

separan reservas personales

más que ideológicas, y debe renunciar a extenderse por las zonas de una

auténtica socialdemocracia.

El segundo, en cambio, debe renunciar a invadir dialécticamente el

«territorio» del eurocomunismo del

PCE, a la inclusión de actitudes utópicas y a la palabrería del revanchismo

«nominalista». Entonces sí

que podría hacer honor el PSOE a alguno de sus pasados carteles de propaganda.

Miguel CRUZ HERNÁNDEZ

 

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