Autor: Cabellos, Carmelo . 
   Guerra se sube a la grupa del PSOE     
 
 Diario 16.    30/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 27. 

Diario 16/30-septiembre-79

La semana política nacional

Guerra se sube a la grupa del PSOE

Carmelo Cabellos

Alfonso Guerra irrumpió con fuerza en el congreso del PSOE. Su intervención en

la primera jornada de la

asamblea socialista era su vuelta, por la puerta grande, a las responsabilidades

del primer partido de la

oposición. Todo su plan, preparado con la minuciosidad y astucia que caracteriza

al personaje, había

comenzado a dar sus frutos desde el primer momento del congreso. Sólo un

exabrupto de distracción

enturbió el aire del triunfo.

El exabrupto de Guerra -de hecho, sólo calificable de recurso dialéctico sin

más- colocaba a Suárez en la

grupa del caballo de Pavía «cargándose» el Parlamento. Lo cierto es que al

inteligente dirigente socialista

le había fallado el don de la oportunidad, del que nunca se debe apear ningún

político. Sólo unos días

antes, el presidente del Gobierno había cancelado un largo viaje por América por

requerir su atención

otras cuestiones urgentes de política interna. Evidentemente, el horno no estaba

para bollos.

Pese a que al escribir estas líneas aún no ha concluido el congreso

extraordinario del PSOE, ya se pueden

adelantar algunas primeras impresiones de urgencia. Esto no quita que los

próximos días se pueda hacer

un análisis más reposado, no ya de las conclusiones y resoluciones tomadas por

el primer partido de la

oposición, sino también de la trascendencia que éstas van a tener en el devenir

del socialismo en España,

así como su directa implicación en la vida política española de los próximos

años.

Guerra, motor del PSOE

No es nuevo descubrir lo que Alfonso Guerra ha sido para el Partido Socialista:

hombre-base y alma

organizativa de todo lo que se ha venido llamando últimamente el felipismo -cuyo

origen está

precisamente en el grupo sevillista que sirvió de núcleo de actualización del

centenario PSOE-, ha sido el

indudable motor que ha puesto en marcha el aparato del aparato de un partido que

ha logrado una extensa

implantación y un indudable éxito electoral y peso político en la vida del país.

Guerra está en un lugar muy alto en la nómina del capital personal del Partido

Socialista. Es un activo, no

el único, que el PSOE no podía permitirse el lujo de perder. Por eso, en la

sesión primera del congreso,

Alfonso Guerra salió de nuevo con la camiseta del número dos, que volverá a

vestir los dos años

próximos.

Así, el fino político sevillano saltó a escena con todo el caudal de sus

recursos, exabrupto incluido. Robó

literalmente las argumentaciones a sus posibles adversarios en la lucha por el

poder interno en el partido

y repartió argumentaciones frente a todas las tentaciones: tanto a la debilidad

por la socialdemocracia

como a las inclinaciones procomunistas de los más radicales.

El «felipazo» y los radicales

Los llamados «críticos» del PSOE han hablado estos días de «felipazo»,

atribuyendo a sus contrincantes

moderados una presunción de aplastamiento. La terminología utilizada es,

evidentemente, peyorativa y

encierra, cuando menos, una especie de intención de golpe de fuerza que no se ha

dado. El congreso del

PSOE ha sido un estimulante ejemplo de democracia interna y la única posible

crítica está en el miedo de

algunos militantes hacia su continuidad.

En todo debate político-ideológico existe una trama de demagogia que suele

enturbiarlo. Así, en el PSOE,

ni son tan radicales los que lo presumen, ni tan moderados algunos de los así

etiquetados. El propio Felipe

González calificaba de radicales a hombres próximos a él como Redondo, Obiols o

el propio Alfonso

Guerra.

La nueva dirección del Partido Socialista, en esta primera visión de urgencia,

representa ese equilibrio de

lo que es el Partido Socialista en España y lo que es un partido socialista del

sur de Europa. Los que

querían una socialdemocracia a la sueca o a la alemana pueden haber quedado

defraudados; los que

pretendían que el PSOE fuera una decimonónica vanguardia obrera revolucionaria.

El debate ideológico originario, centrado en la polémica sobre el marxismo y su

colocación en el

frontispicio del PSOE, quedó aparcado ya hace semanas ante la irrupción de la

lucha por el poder.

Por ello no ha habido obstáculos para que, al final, triunfara la tesis

sostenida por Felipe González ya en

los prolegómenos del XXVIII Congreso. En la resolución adoptada por el congreso

socialista se dice que

el PSOE reafirma su carácter de partido de clase, de masas, democrático y

federal, desapareciendo la

terminología introducida por el XXVIII Congreso, que lo definía como

«revolucionario, marxista, de

clases, de masas, autogestionario, federal, internacionalista y

antiimperialista».

A la poda de epítetos radicales ha seguido la matización sobre el tema del

marxismo. En este sentido, el

texto aprobado es suficientemente expresivo: «El PSOE asume el marxismo como un

instrumento teórico,

crítico y no dogmático para el análisis y la transformación de la realidad

social, recogiendo las distintas

aportaciones, marxistas y no marxistas, que han contribuido a hacer del

socialismo la gran alternativa

emancipadora de nuestro tiempo y respetando plenamente las creencias

personales.»

La larga cita merece la pena. El PSOE deja un peligroso exclusivismo para

acercarse más a la realidad

española y cubrir plenamente la sociología de sus electores y militantes.

Difícilmente, por estos términos,

se puede hablar de una derechización de este partido, que asume principios

netamente de izquierdas. El

tiempo y el juego democrático han acabado por dar la razón a Felipe González, Y

sin un caballo de Pavía

que aplaste a sus adversarios.

ETA nos lo juega todo

Los planes terroristas de ETA, su peculiar y trágica planificación del miedo de

su campaña contra el

Estatuto vasco, fueron la causa fundamental de la suspensión del viaje que el

presidente del Gobierno

debería haber realizado por tres países iberoamericanos y los Estados Unidos.

Los hechos que configuraron las causas de la suspensión del viaje de Suárez -

encubiertos por la

diplomática expresión de los asuntos internos que requerían la mayor atención

del jefe del Gobierno- no

daban pie precisamente, al exabrupto de Guerra sobre el caballo de Pavía. El

dirigente socialista había

dado, sin embargo, una clave de la situación al señalar la existencia de

«peligro e intranquilidad en los

sectores institucionales».

El origen claro de esa intranquilidad estaba en el enésimo incremento del

terrorismo. Los asesinatos por

ETA de altos mandos militares provocaron algunas reacciones en parte del

generalato, cuyas actitudes

criticas sobre las medidas tomadas contra el terrorismo provocaron una no

escondida inquietud y una

larga estela de rumores.

Fueron los capitanes generales de Canarias, González del Yerro, de Sevilla,

Merry Gordon, y de

Valencia, Miláns del Bosch, los protagonistas de la aparente protesta militar.

De una u otra forma, los tres

expusieron sus dudas sobre el proceso político seguido, siendo particularmente

críticos al calificar de

ineficaz la acción contra el terrorismo.

El prestigio del terror

Dentro del Ejército no hay alarma, hay preocupación. Pero de ahí no se puede

deducir ni el más leve

intento de golpismo, que, por lo demás, no esta en el ánimo de tan ilustres

militares. No había lugar para

la referencia a Pavía.

Donde realmente está el peligro es el terrorismo de ETA. Si se ha dicho hasta la

saciedad que de aquí al

25 de octubre esta tétrica organización se lo juega todo –des de su razón de ser

hasta su presunta

justificación-, también es cierto que en estos días decisivos somos los

españoles lodos los que nos

jugamos todo.

ETA intenta incrementar lo que acertadamente calificó este periódico de

«prestigio del terror» en su

editorial de ayer. Y de eso, triste es tener que reconocerlo, está viviendo. Ahí

nace la ofensiva de la

«operación septiembre» —ataques y asesinatos de altos mandos militares-, así

como las otras acciones

previstas por su «estado mayor» para las próximas semanas y que han motivado el

aplazamiento del viaje

de Suárez. Y todo ello arropado en campañas como las de los llamados «refugiados

vascos».

Este último extremo merece una acotación aparte, pese a haberse tratado ya

ampliamente en este

comentario semanal. Si es comprensible la utilización del ensaño por parte de

ETA y su cohorte

«batasunera», es del todo incomprensible la simple utilización del término por

parte de otras fuerzas

políticas vascas.

Si esos partidos y organizaciones acatan la Constitución y defienden posiciones

pro Estatuto, es

incomprensible e irresponsable que califiquen de «refugiados» a quienes o son

emigrados vascos en el sur

de Francia, o son etarras que quieren mantener su «santuario» intacto.

El respeto a la libertad

El simple respeto y reconocimiento de que este país disfruta de una libertad

recobrada arduamente debe

hacerles cambiar de actitud. La idea del refugiado si no han cambiado ni el

diccionario, ni el Derecho

internacional- implica un directo reconocimiento de que las libertades no

existen o son conculcadas en el

país originario de la persona afectada.

Otra cosa es que se defienda la impunidad del refugio-santuario que ampare las

actividades de los etarras.

Si es eso lo que se defiende, que se diga claramente. Si a la política de este

país le hace falta una larga y

amplia campaña contra el eufemismo, en el País Vasco, esta debería ser declarada

con interés prioritario.

El exabrupto-anécdota improcedente de Alfonso Guerra tenia tras de sí esta larga

carga. Es posible que ni

sus palabras estuvieran en la intención literal de lo pronunciado, ni, por

supuesto, escondieran las

argumentaciones aquí expuestas. Guerra, que es, además de buen político, un

amante de la literatura,

sabrá disculpar el uso de este recurso.

 

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