Autor: Altares, Pedro. 
   La responsabilidad no es moderación     
 
 Diario 16.    01/10/1979.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La responsabilidad no es moderación

Pedro Altares

Fueron muy pocos los que, al ser proclamado secretario general, gritaron «Fe-li-

pe, Fe-li-pe»... Las pocas

voces que lo hicieron fueron rápidamente acalladas por las de «P-SO-E, P-SO-E».

No, Felipe González,

probablemente el mayor «descubrimiento» político de la transición española, no

ha salido «tocado del

ala» del congreso extraordinario de su partido como algunos de sus detractores

pretendían.

Pero, sin embargo, su figura ha sufrido con la crisis un interesante proceso de

delimitación de su opción

política y, por tanto, de integración con unas bases con excesiva tendencia a la

deificación o al

improperio. El deterioro de la figura de Felipe González hubiese supuesto una

grave erosión para el

socialismo español y para la democracia. Pero su constante despegue hacia

Olimpos supuestamente

arbítrales habría causado daños irreparables a su partido donde, como en todos,

la tendencia a convertir el

lícito liderazgo en cesarismo no siempre depende de la voluntad del sujeto.

Por eso la intervención final en el congreso de Felipe González no despertó

ningún tipo de histerias ni de

entusiasmos indescriptibles. Y, obviamente, no era sólo problema de hora, ya

entrada la madrugada del

domingo. Su intervención, excelente y muy medida, no era un discurso para poner

a nadie en pie. Sino

para dejar a su partido muy amarrado a la silla de una realidad, la del país,

sobre la que se ciernen algo

más que sobrados motivos de preocupación.

Felipe González, al tiempo que daba las claves de su conversación con Suárez de

hace apenas una

semana, habló con un apabullante sentido de la responsabilidad histórica que

compete al socialismo en

este crucial momento. No nos engañemos: la responsabilidad es otra cosa distinta

a la moderación. Y las

palabras del renovado por los votos de sus compañeros secretario general del

PSOE no iban dirigidas al

congreso, sino al país. Buena prueba de que estos egocéntricos meses no pueden

repetirse sin lesionar

irreparablemente la imagen socialista.

Bien, el congreso extraordinario ya es historia. Esperemos que asumida por los

militantes. La negociación

fue probablemente su rasgo definitorio. Más probablemente en lo ideológico que

en lo personal. Las

posturas personales habían cristalizado excesivamente pronto, de modo que no hay

que asombrarse de

que no se llegase a una candidatura de síntesis. El rígido reglamento del

congreso hurtó una buena parte

de los elementos más atractivos de una polémica que llegó a los plenos

prácticamente acabada en los

pasillos. Ello restó credibilidad a la discusión y dio excesiva «cancha» a los

cazadores de intrigas.

Alfonso Guerra, no hay que dudarlo, fue el artífice de la ejecutiva entrante.

Pero sería injusto no añadir

que entre los hombres elegidos hay bastantes que nunca han estado en su área de

influencia ni se han

distinguido por su docilidad al llamado «felipismo».

La ejecutiva responde a un amplio espectro de la familia socialista. Aunque,

evidentemente, no lo cubre

del todo. Lo mismo que sería un engaño creer que ese excesivamente modesto 8 por

100 de los críticos en

la votación final responde exactamente al número de sus partidarios. El peso,

por poner un ejemplo, de

Luis Gómez Llorente es, sin duda, mucho mayor. Y también lo que él representa

para la base.

Para terminar: ¿este periodo de crisis ha supuesto un reforzamiento de cara al

país del socialismo, o por el

contrario le ha erosionado con su inevitable carga de lucha por el poder y de

desgaste público? Creo que

la respuesta nos la va a dar la propia actuación del PSOE en los próximos meses

dentro del complicado

contexto que vivimos. La credibilidad se gana todos los días. Consolidar la

imagen del PSOE y no de

Felipe González o de cualquier otro, u otros líderes socialistas y dentro de

esta débil democracia va a ser

un ejercicio de permanente responsabilidad.

Si a los «moderados» se les achacó el apoyo que recibieron por parte de la

derecha, a los críticos habría

que hacerles reflexionar sobre el eco que inesperadamente encontraron en núcleos

de la prensa más

reaccionaria. Y es que, en definitiva, hay algo de lo que la izquierda no puede

de ninguna manera abdicar

y menos que nunca ahora: la responsabilidad de consolidar la democracia y la

libertad. Antes que el

partido, cualquier partido, está el país. Por eso el discurso de Felipe González

no fue un mitin, sino una

reflexión.

 

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