El congreso socialista     
 
 ABC.    02/10/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. MARTES, 2 DE OCTUBRE DE 1979.

EL CONGRESO SOCIALISTA

Del Congreso extraordinario del Partido Socialista Obrero Español, clausurado el

pasado domingo, cabe

subrayar, en primera instancia, el triunfo personal de Felipe González, que

obtuvo, para la candidatura de

la nueva ejecutiva que encabezaba, una abrumadora mayoría. Se cerraba así el

paréntesis abierto, al final

del XXVIII Congreso del partido, el pasado 20 de mayo, cuando Felipe González

dimitió de su cargo,

forzado por la posibilidad de provocar una auténtica escisión en las filas de

los socialistas. Entonces el

caballo de batalla fue la definición, como marxista, del partido. Cuatro meses

después, el PSOE ha

quedado definido como un «partido de clases, de masas, democrático y federal»,

que asume el marxismo

como un instrumento teórico y crítico «para el análisis y transformación de la

realidad social».

Sin embargo, aunque los socialistas hayan perdido dogmatismo en sus

planteamientos definitorios, y se

haya cerrado la crisis abierta en mayo, el Congreso ha resultado menos

importante y menos clarificador

que lo esperado. El PSOE ha acallado las diferencias surgidas en su seno,

aplastando prácticamente al

llamado «sector crítico», del que ha tomado sus planteamientos a la hora de

perfilar la ponencia

ideológica, pero al que ha descartado absolutamente a la hora de conformar los

órganos directivos del

partido. Si bien es cierto que no por ello ha acentuado su izquierdismo, con los

obligados matices

revolucionarios, tampoco ha reforzado sus fundamentos social demócratas. El PSOE

busca, en definitiva,

una democracia socialista, no una socialdemocracia, y la sociedad que sus

postulados preconizan es una

alternativa global y completa a la sociedad que llaman, genéricamente,

«capitalista», «por ser ésta

intrínsecamente injusta y explotadora».

No ha habido, en definitiva, cambio de orientación, aunque los delegados al

Congreso hayan rechazado

una posible unión y entendimiento con el Partido Comunista. Felipe González ha

conseguido reforzar su

persona dentro de las estructuras socialistas, triunfando sobre una tradición

marxista dogmática que podía

considerarse como un lastre para la posibilidad de erigirse, en el terreno de lo

práctico, como una

alternativa de poder al Gobierno de UCD. Con una resolución vagamente

revolucionaria y una ejecutiva

moderada, Felipe González ha logrado una síntesis que, al menos de momento,

parece revelarse como

suficiente para mantener unido al bloque sustancial del partido y para

homogeneizar tendencias. El eje

fundamental del PSOE es desde ahora, sin ningún género de dudas, la propia

persona —y la

personalidad— de su confirmado secretario general.

Con todo, el Congreso extraordinario ha devuelto las aguas socialistas a su

cauce, evitando

radicalizaciones que pudiesen traspasar el terreno teórico y transvases

significativos a otros partidos

situados más a la izquierda. Nuestra democracia pluripartidista, el equilibrio

de fuerzas e intereses del

espectro nacional y la deseable convivencia nacional, necesitan —siguiendo el

modelo europeo que

también nos hemos marcado como meta— de un Partido, Socialista fuerte y

homogéneo en su

moderación, cuyas presiones sirvan para vitalizar el cuerpo social y no para

quebrantarlo con indeseables

y peligrosas utopías.

Ni los socialistas de Felipe González, ni los partidarios de un modelo de vida y

de sociedad cristiana y

occidental, democrático y evolucionista, alejado de tentaciones revolucionarias

de cariz totalitario, entre

quienes nos contamos, hemos sufrido ningún tipo de convulsión con los acuerdos y

las personas elegidas

en e] Congreso extraordinario del PSOE. Las distancias respecto a una serie de

aspectos fundamentales,

en lo social, lo económico y lo político, con este socialismo, permanecen

invariables —porque la

eliminación de la palabra marxismo de la definición partidaria ha sido un gesto

más efectista que

efectivo—, pero cabe la satisfacción de señalar que no han aumentado, que

tampoco se han cegado las

posibles y deseables vías de diálogo.

 

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