Autor: Altares, Pedro. 
   Matar al padre     
 
 Diario 16.    19/05/1979.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Matar al padre

Pedro Altares

Había una pregunta, previa, de cierta importancia para la sociedad española, Se

trataba de saber si el

XXVIII Congreso del PSOE sería el último del pasado o el primero del futuro. En

definitiva, si el

supremo órgano de los socialistas españoles iba a ser capaz, dentro de la

necesaria continuidad, de dar un

gran salto hacia adelante recogiendo su historia, pero no, de alguna manera,

ahogándose en ella. No es

grato decirlo, pero después del segundo día de trabajo el congreso parece

inclinarse por la primera

alternativa, lis decir, por la esteticista postura de afirmar una personalidad

que nadie pone seriamente en

duda, pero que necesita, al parecer, rodearse de alambradas ideológicas y de

presuntos «enemigos»

interiores.

«Hacer morder el polvo» a la ejecutiva. Esa parece ser la obsesión del

inconsciente de algunos delegados

que no se pararon en barras el jueves, tarde y noche, en una sesión de critica

que tuvo mucho de terapia de

grupo y muy poco de examen concienzudo de los fallos, errores e insuficiencias

de los dirigentes. Parecía

como si muchos delegados necesitaran urgentemente «matar al padre», en el más

vulgar sentido

psicoanalítico del término. Sólo así se explica que después de una acerba

critica, tremendamente

ideologizada y las más de las veces perdida en los fáciles meandros de la

demagogia, volaran a favor de

una gestión que minutos antes había sido mostrada casi como el compendio de

todos los males. Felipe

González subió a la tribuna, después de otros miembros de la ejecutiva, no para

defenderse, como él

mismo dijo, sino para recordar ciertos datos elementales a la militancia y que

tuvieron a ratos el tono de

un duro rapapolvos filial. Puso al congreso en pie. Pero a la mañana siguiente

el implacable proceso de

autofagia volvió a estar presente en muchas de las comisiones.

Por mucho que se le dé vueltas, no es posible saber de dónde procede la palpable

crispación de muchos

congresistas. Cien años de historia, una organización fuerte con gran

implantación en la clase trabajadora,

votada por cerca de seis millones de españoles como la única alternativa real

para un cambio político

auténticamente democrático, coautor de un proceso de transición política que ha

asombrado al mundo, es

objeto de un furioso proceso por parte de sus más significados militantes donde,

bajo el espíritu de

cruzada frente a posibles desviaciones ideológicas, se pone prácticamente en

solfa la misma entidad como

partido. Este congreso apenas habla de la realidad circundante y toda la

actividad se vuelca hacia el

interior. En muchas ponencias impera un verbalismo izquierdizante agotador y

escasamente analítico. Y desde luego poco marxista.

Probablemente estamos sólo ante una etapa, lógica dados los cuarenta años de

clandestinidad, que será

superada. Pero dos días de un congreso, por tantos motivos fundamental para toda

la política de este país,

dando vueltas alrededor de un mismo eje y de problemas estrictamente internos,

probablemente

respetables pero sin duda particulares, resulta cuando menos frustrante. De

ninguna manera se puede

justificar esto por esa desviación derechista y burocratizadora que para muchos

delegados tiene la actual

dirección de su partido. El PSOE necesitaba salir de si mismo si quiere

responder con rigor a su papel

histórico. Lo que no puede hacerse bajo el slogan de salvar a Marx, al menos

desde una perspectiva de

izquierda, es negarse a salir del pasado y añorar las catacumbas. Es posible que

algunos salven su

catecismo y queden así gratificados. Lo que no parecen es medir las

consecuencias. Y el precio pura ese

socialismo que se dice defender.

 

< Volver