Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   El congreso del equilibrio     
 
 ABC.    02/10/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC. MARTES, 2 DE OCTUBRE DE 1979.

EL CONGRESO DEL EQUILIBRIO

Tanto de puertas afuera como de puertas adentro, Felipe González y sus

colaboradores han conseguido,

en el Congreso extraordinario algo que hace tan sólo cinco días parecía

imposible. Si hubiera que

etiquetarlo de alguna manera, este concilio socialista pasaría a la historia

cómo el de la racionalidad y el

equilibrio.

De un lado, el PSOE ha logrado ampliar el espectro de su electorado potencial,

flexibilizando su proyecto

político, pero sin caer en la trampa de la «derechización» excesiva que sólo a

los comunistas habría

beneficiado. En el plano doméstico la alternativa vencedora ha sido capaz de

rehuir la poco operativa

tentación de la «Ejecutiva de síntesis», avalada por muchos delegados, sin que

ello haya supuesto la

institucionalización de la fractura habida en el partido hace cuatro meses.

Creo que el PSOE sale multidireccionalmente reforzado de este difícil envite y

que, en el peor de los

casos, tiene asegurado a medio plazo el mantenimiento de su posición hegemónica

en el seno de la

izquierda. Si de lo que se, trata es de fortalecer la democracia, hay que

reconocer que éste ha sido el

primer episodio de signo positivo desdé las elecciones del 1 de marzo.

Dos han sido las grandes claves de tal éxito político: ambigüedad ideológica a

la hora de elaborar las

ponencias, sentido del liderazgo a la hora de recobrar las riendas del partido.

Comparando las resoluciones de este fin de semana con las anteriormente vigentes

no puede decirse que

el PSOE sea más o menos marxista que en el pasado, pero sí que se ha liberado de

una parte considerable

del dogmatismo acumulado durante la clandestinidad. Prácticamente cualquier

ciudadano con un sentido

equivocadamente igualitario de la vida —y en este país los hay muchos— podrá

sentirse a partir de ahora

cómodo a la sombra del emblema socialista, independientemente de cuál sea su

procedencia ideológica.

Tratando de desdibujar un poco los perfiles rotundos de su fracaso, los

dirigentes del «sector crítico»

afirmaron durante el Congreso, e insistirán sin duda en el argumento, que los

«moderados» habían

asumido prácticamente todas sus posiciones políticas, falsificando así el

sentido del debate. De acuerdo

con este planteamiento, los próximos meses traerán consigo un claro fenómeno de

«guy molletismo» —la

Ejecutiva moderada traicionará con su praxis el radicalismo asumido en el

terreno de los principios—

que ellos se encargarán de denunciar.

Al margen de que no sea del todo cierto —en las ponencias ha quedado el espíritu

de los discursos

pronunciados por Felipe González en el XXVIII Congreso y no el del pronunciado

por Francisco

Bustelo—, este enfoque les viene de perlas a los vencedores, pues les cubre

frente a quienes señalan que

esto no ha sido sino el principio de la peregrinación hacia Bad Godesberg.

Por lo que se refiere a los problemas que los «guardianes de la ortodoxia»

puedan ocasionarles en el

futuro, poco o nada tienen que temer los nuevos ejecutivos. El Congreso ha dado

la medida de sus

posibilidades. Como profesionales de la política, Gómez Llorente, Castellano,

Bustelo y el profesor

Tierno —implicado en la derrota tanto como sí hubiera asistido al cónclave— han

demostrado ser un

auténtico desastre. Su Inocuo paso por el Congreso extraordinario ha recordado

el de los más dóciles

corderos por las dependencias del matadero. Ninguno de ellos llegó tan siquiera

a intervenir en los

debates plenarios, dejando como portavoces de sus ideas a dos peones tan de

tercera división como

Sánchez Ayuso y Manuel de la Rocha. Los hechos han venido a dar la razón a

quienes sugerían que los

«críticos» ya habían proporcionado el verdadero perfil de sí mismos el día que

no se atrevieron a subirse

al carro del poder que Felipe González dejara aparcado.

El contraste entre su inconsistencia y la madurez política que paulatinamente va

demostrando Felipe

González fue demasiado obvia como para que el resultado del Congreso pudiera

haber resultado otro. El

poco espectacular pero sólido discurso de clausura proporcionó una imagen del

secretario general

reelegido bastante más próxima al hombre de Estado seriamente preocupado por los

problemas generales

que al desenfadado aventurero concitador de irritación y simpatía.

La composición de su nuevo equipo va a ayudarle a profundizar en esa línea. Con

hombres como Ignacio

Sotelo, José Antonio Maravall —muy bien visto, por cierto, en algunos medios

diplomáticos occidentales

acreditados en Madrid— y el propio Gregorio Peces-Barba, la Ejecutiva ha ganado

muchos quilates en

cuanto a respetabilidad Intelectual. Complementariamente, la presencia de los

Ciríaco de Vicente, Joaquín

Almunia, Raimon Obiols y Pedro Bofill refuerza su capacidad de gestión y su

eficacia operativa.

Felipe González y Alfonso Guerra han construido un equipo serlo y homogéneo. Tan

sólo ha faltado

Enrique Barón, a quien el secretario general trató baldíamente de incorporar a

la candidatura: su

beligerancia en la defensa de las «59 tesis» le ha creado excesivas enemistades

políticas.

Si a este fortalecimiento del estado mayor del PSOE, añadimos la devaluación del

colectivo

gubernamental en la última crisis, está claro que habrá que ir arrinconando uno

de los más socorridos

tópicos de la transición. De ahora en adelante resultarán gratuitas muchas de

las bromas sobre la

hipotética catadura de los ministros y. altos cargos en caso de acceso

socialista al Poder.

Contra todo pronosticó la aventura de la interinidad ha terminado estupendamente

bien para el PSOE.

Aprendan la lección quienes huyen de la democracia interna como del agua

hirviendo. Es a la UCD a

quien ahora le corresponde mover la próxima ficha y debe hacerlo pronto.—• Pedro

J. RAMÍREZ.

 

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