Autor: Lago, Julián. 
   Felipe I el ratificado     
 
 Interviú.     Página: 109-110. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

Dirige: Julián Lago. Coordina: Andrés Carabantes. Redactores y colaboradores: José CaJabuig, Cándido,

Julio Cebrián, José Catalán, Raimundo Castro, Martinmorales y Raquel Heredia. Fotógrafos: Germán

Gallego y María España.

FELIPE I EL RATIFICADO

Miren: estaban tal que asi. Narcís Serra que se pasa la vida haciendo cola en Castellanatrés, en espera de

recoger las migajas que cada semana le ofrece Abril-miserias-Martorell, se fundió en un abrazo con

Alfonso Guerra. El alcalde de Barcelona, en su cara de chico bueno, de niño cantor de los coros Clave, no

podia ocultar su satisfacción, al tiempo que susurraba a su interlocutor al oído algo como esto:

— Bueno, como el de aquí no ha querido venir, vengo yo.

La ocurrencia hizo que el flamante vicesecretario general del pesoe sonriera de oreja a oreja,

naturalmente. El de aqui, es decir, el que no había querido ir al congreso socialista, no era, no es, sino el

alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván. Vencido y derrotado, pues, a Tierno no le queda otra cosa que

sentarse a la sombra del árbol socialista y esperar pacientemente a que la fruta caiga de madura. Esta, más

o menos, es su tesis: Felipe está condenado, coyunturalmente, a entenderse con Suárez en un gobierno de

coalición; cuando esto se consuma será él quien, inmaculado y virgen, aparecerá en el desierto marxista

como el moisés redentor del socialismo español.

Sin duda que, estos días atrás, y las vísperas de estos días atrás, le habrán servido a Tierno para repetir

aquello de qué error, qué inmenso error cometió cuando, en contra de los consejos de Raúl Morado, no

recicló en un momento el tercermundismo del pesepé en pura socialdemocracia. Así las cosas, el

tiernismo ha quedado enterrado (no sé si definitivamente o resucitará al tercer año como don Enrique

pretende) en este congreso extraordinario, a pesar de que dos alumnos aventajados del viejo profesor —

Donato Fuejo y Pedro Bofill hayan encontrado acomodo en el aula magna de la nueva ejecutiva. Una

ejecutiva de la que hay que destacar la beatería más total y absoluta del felipismo, aun en contra del deseo

del propio Felipe, la verdad sea dicha, quizá por ese toque cristianizador que los socialcatólicos Peces-

Barba, De Vicente y María Izquierdo, sobre todo, han dado al remozado aparato.

Pero no contemos la verdad a medias y reconozcamos en público que, cuando el sábado por la noche los

romeros del Rocío llegaron a la ermita de la socialdemocracia, hasta los más ateos del partido se

postraron a los pies y rezaron en voz alta: Felipe nuestro que estás en los cielos. Y es que Felipe I, el

Ratificado, ha sido elevado a la peana de los grandes santones del socialismo español.

Aunque no piensen ustedes que para los felipe-boys estuvo el congreso tan atado y bien atado como se ha

dicho, no. En dos ocasiones, Alfonso Guerra se las vio y se las deseó. En una, cuando los tercerviistas le

plantaron cara, bajo amenazas de abstenerse en bloque en las votaciones, si Txiki Benegas, al que se le

quería cargar, no continuaba en la dirección. Al final, hubo transacción con Txiki pero no así con Alonso

Puerta, quien, habiendo querido jugar a Indalecio Prieto, tuvo que resignarse con pasear un busto de

bronce de Besteiro por los pasillos. A punto estuvo también, la noche del veintiocho, de romperse la

delegación andaluza que él mismo encabezaba, cuando Almería y Granada, especialmente, consideraron

la posibilidad de apoyar a los críticos al entender que Guerra estaba saltándose a la torera los llamados

pactos de Antequera: voto unitario, representación de todas las tendencias dentro de lo posible y de lo

compatible y no concentración del poder de la ejecutiva en el califato de Sevilla.

Hubo, igualmente, por parte de los críticos catalanes, otro amago de ruptura al jugar a colar en la ejecutiva a tres de sus correligionarios —Llorente, Lerma y la Felguerosa —

o, en su defecto, si el primero de éstos no entraba, solicitar la salida de Enrique Múgica, al objeto de

conseguir cierto equilibrio. Sin embargo, después de todo, tos críticos catalanes no insistieron demasiado

y se limitaron a practicar el terrorismo de pasillo.

Múgica salió ileso del atentado: «No te lo decía yo, ¡ahí!, y toma buena nota, que los socialdemócratas ya

no somos en el pesoe los villanos de la película».

¿Pues qué tipo de ejecutiva ha salido?, se preguntarán ustedes, y con razón. Pues sencillamente ejecutiva,

en principio de fidelidades, y por otro lado con imagen, con imagen de gobierno, a ver si nos entendemos,

con el objeto de reforzar la teoría de un pesoe que sea alternativa de ucedé. Porque, desde fuego, Suárez,

sobre todo Suárez, es el gran perdedor de este congreso que, te guste o no, te ha escorado definitivamente

hacia la derecha. Sin duda, nunca a Suárez le habrá dado tanta Impresión, como ahora, de estar de

realquilado en La Moncloa. Yo, que tú, tendría las maletas preparadas, forastero.

JULIÁN LAGO

 

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