Autor: Catalán, José (¿"Catalá, Josep"?). 
   El Felipazo, por detrás     
 
 Interviú.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El Felipazo, por detrás

Larguísimos pasillos llenos de rincones fueron la localización exacta, del

Congreso del PSOE. El gran

salón de actos, simple escenario teatral de lo que se decidía en ellos. La hora

clave en realidad fueron las

seis de la tarde del sábado: recodo — cómo no— de pasillo, con sillones y

lamparita estilo imperio; al fin

la lista, la definitiva después de cincuenta incompletas. Pablo Castellano

comenta: «¡El felipazo!, catorce

del aparato y cuatro guindas»; en el gran salón un joven con gafitas de listo

clama por la democracia

dentro del partido con las palabras de siempre: defiende como si aún se pudiera

una enmienda a la

ponencia.

—«Si es que son unos maniobreros» (profesor barbudo del sector critico

palentino). «¡Anda, si este

cabrón está defendiendo en la tribuna justo lo que yo defendía cuando

discutíamos!» (diputado socialista

catalán defenestrado). «Pablo Castellano se ha vendido a cambio de la

presidencia de la Comisión de

Conflictos, lo sé de buena tinta» (periodista que va de experto). «¡Cuánto me

gustaría ligar con Felipe!»

(una chica que vendía botijos de Talavera a los representantes suecos). «Mira,

mira, los chicos del PSOE»

(macarra faltón al cruzarse por una calle próxima al hotel Meliá con tres

diputados, cinco alcaldes y dos

directores generales socialistas de conspiración en un descanso).

Al secretario general saliente y entrante no «le gestionó las camisas» esta vez

su esposa. Y al final de la

sesión inaugural se le vio acompañando a una bella rubia que parecía tener algún

problema. Muchos

delegados quisieron ligar con las guapas chicas que abundaban atendiendo al

público. Hubo cantidad de

putillas disfrazadas que lanzaban tiernas miradas repentinamente interesadas por

«felipistas» o «críticos».

«Estos de "organización" se creen que vamos a follar cuando ellos quieran»,

decía una chica con

escarapela a otra, mientras subían en el ascensor hacia las habitaciones.

«Bueno, a ver si ligamos esta

noche.» «¿Tienes dinero?» «Mira qué fajo.» «Entonces, ahora mismo», cuchicheaban

dos delegados. Pero

para ser exactos, el noventa por ciento del tiempo los congresistas se dedicaron

a sus estrambóticas

intrigas.

- Un senador de joviales canas aún se definía largocaballerista. Diez o doce

señoras (y alguna suegra)

vigilaban a su esposo-delegado y luego le aleccionaban en los descansos. La

última noche

aparecieron octavillas hablando de «Alfonso Guerra Torquemada» y luego los del

servicio de orden

zarandearon a la mujer de un parlamentario y a otra chica con credencial de

prensa falsificada, que

repartían el escrito de dos rupturistas valencianos: «Dejemos al aparato con sus

amos burgueses, con

su Rey, sus generales y sus obispos. Nos vamos con los trabajadores a levantar

el partido

revolucionario».

- Muy pocas delegadas y una de ellas con dos sujetadores en vez de uno: complejo

de pechugona, nos

explicaron. En el PSOE gustan las militantas, pero a ser posible guapas,

perfectas secretarias en la sede o

dóciles ayudantas. Y es que las que atraviesan la barrera machista suelen llegar

muy alto.

— Las ponencias me traen sin cuidado, las guardo en un cajón», dicen que dijo

Alfonso Guerra en la

madrugada del sábado. «La ideología es a la acción política lo que la

masturbación es al coito»,

susurraría Felipe González confidencialmente horas después.

JOSE CATALAN

 

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