Autor: Pallach, José. 
   La afirmación catalana y la afirmación democrática     
 
 El País.    19/10/1976.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAIS martes 19 de octubre de 1976

Tribuna Libre

La afirmación catalana y la afirmación democrática

JOSEP PALLACH

Líder del Reagrupament Socialista i Democratic de Catalunya, fundado en 1974, decidió el pasado mes de

mayo el cambio de nombre de este grupo por el de Partido Socialista de Catalunya, provocando una

dura polémica en el seno de la izquierda catalana. Es profesor de la Universidad Autónoma de

Barcelona.

La actitud del «Consell de Forces Polítiques de Catalunya» renunciando a estar presente en la reunión

animada por Coordinación Democrática para constituir un órgano unitario de negociación con el poder es

a menudo falsamente interpretada. El «famoso» artículo de EL PAÍS aportó una serie de argumentos

erróneos que pueden nutrir una campaña peligrosa para la convivencia hispánica y que conviene

desmentir y aclarar.

Estos argumentos descansan sobre la tradicional acusación de «separatismo» y de «insolidaridad» que se

hallan a menudo implícitas en las críticas suscitadas por la posición del Consell. Idénticas recriminaciones

han surgido siempre del lado de la ultra-derecha, lo que por si solo ya debería poner en guardia a los

partidos pertenecientes a Coordinación Democrática. En cuanto a nosotros no debe extrañarnos tal

coincidencia. Cuando los partidos catalanes afirmaron posiciones políticas sociales que no

correspondieron exactamente a lo que consideraba justo la clase política madrileña, ésta acostumbró a

tacharnos casi siempre de lo que desmienten siglos de historia y actitudes catalanas en momentos

decisivos. Cataluña no ha sido nunca «insolidaria» ni mucho menos «separatista». No lo fue en 1714, ni

en 1808, ni en el 31 o el 36. No lo es, claro está, en 1976. Ahora bien: Cataluña —antes y ahora— se ha

sentido vejada y separada por los «separadores centralistas» que, si en el plano teórico confunden

conceptos distintos como nación y estado, en el terreno práctico tienden a rechazar cualquier tipo de

estructuración autonomista o federativa, confundiéndola con la disgregación o el separatismo.

Se trata aquí pues de un serio problema de fondo que estamos dispuestos a aclarar. Y a rectificar en lo que

sea necesario, a condición de que se nos demuestre que lo es con argumentos mejores que las nociones de

un bachillerato, aprobado seguramente a base de resúmenes de libros de texto de éstos últimos cuarenta

años. Desdé Muntaner hasta Bosch Gimpera o Vicens Vives nuestros historiadores han afirmado una

determinada noción de lo que es España viéndola como el gran esfuerzo, de pueblos distintos, de

nacionalidades diversas que pugnan por hermanarse, guardando cada cual su personalidad a pesar de las

fuerzas sociales y las estructuras políticas que les oprimen y dividen. No hay duda que la actual coyuntura

peninsular (pues también Portugal formó parte de este conjunto) y europea, abre hoy perspectivas

positivas para este esfuerzo común.

En el tema concreto que nos ocupa hay que repetir que la posición del Consell rechazando la fórmula

unitaria para la negociación con el poder es una garantía democrática que deberían apreciar todos los

demócratas. Los partidos «importantes» de Coordinación Democrática, -ID; PSOE; PSP; y PC-, han ya

comenzado en formas diversas e insatisfactorias, dicha negociación. Afirman todos ellos unos puntos

básicos de acuerdo posible: restablecimiento pleno de las libertades, legalización de todos, los partidos

políticos sin excepción, control de las elecciones por un Gobierno que reúna más garantías de

imparcialidad que el actual, etc. etc. Todo esto ha sido repetidamente expuesto por Tierno Galván, Felipe

González, Ruiz-Giménez o —desde París— por Santiago Carrillo. Sólo muy accidentalmente aparece en

sus declaraciones el tema, de las autonomías y aún conviene reconocer que cuando surge esta cuestión es

para anunciar que es un problema difícil para los «poderes fácticos» y que lo mejor sería dejarlo para las

futuras Cortes.

No criticamos este planteamiento; simplemente lo comprobamos. Y afirmamos además que nos parece

conforme con lo que son y quieren dichos partidos. Pero, si esto es así, la obligación de los partidos

catalanes democráticos parece ser la siguiente:

a) Defender con firmeza lo que nadie defenderá mejor que nosotros mismos: las posiciones autonómicas,

caracterizadas en Cataluña por la reivindicación de la Generalidad y de los principios del estatuto del 32,

como punto de partida.

b) Apoyar siempre las reivindicaciones democráticas de Coordinación y de otros grupos políticos del

Estado, confiando que no olvidarán por su parte la afirmación autonomista.

La creación de un órgano unitario con Coordinación Democrática no únicamente no ayudaría en nada a

conseguir estos objetivos, sino que seguramente los obstaculizaría. Para nadie es un secreto la crisis actual

de Coordinación, que no únicamente no ha conseguido incorporar a los partidos de centro y

centro-izquierda españoles, (liberales y socialdemocratas), sino que ni tan solo ha integrado a los

democristianos de Gil Robles. Además, sus grupos de extrema izquierda (MCE; ORT; PTE; etc.) están en

desacuerdo con las concepciones «negociadoras» de los «importantes» ya nombrados. La presencia del

«Consell» no aportaría más que nuevos problemas a «Coordinación», que ya tiene bastantes. Las

dificultades para concertar una respuesta al plan Suárez son un síntoma de divisiones internas graves que

en nada mejorarían con nuestra presencia.

Por el contrario, Cataluña ha demostrado con el «Consell» y sus acuerdos con la Generalitat y con la

aportación de los partidos que formaron parte de la «Plenaria de la Diada», que nuestra propia afirmación

democrática es capaz de reunir un espectro político más amplio que el de Coordinación y que puede

ayudarla mucho en su propio esfuerzo en cuanto coincide con el nuestro. Las negociaciones con el poder

serán más factibles si Cataluña se presenta con su propia personalidad, como un pueblo que ha logrado

algo que aún está por lograr fuera de aquí: una voluntad común y. un amplísimo consenso para organizar

la convivencia, no únicamente, en nuestro país sino en el resto del Estado.

El «Consell» puede y debe concertar su acción con las otras instancias democráticas unitarias, sin

subordinación de ninguna clase respecto a ninguna de ellas. Cataluña defiende sus derechos, y al mismo

tiempo defiende, —como otras veces—, la democracia, que en España pasa siempre por las afirmaciones

que Joaquín Costa expresó en su día: la auténtica presencia de los pueblos en el Gobierno del Estado. Lo

hacemos a nuestra manera; pacíficamente, pero resueltos. Decididos a convencer con la fuerza de la razón

y del ejemplo a quienes no saben o no quieren oír este viejo grito fraterno que resuena en la «pell de

brau» cada vez que se presenta una nueva ocasión para la conquista de las libertades.

 

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